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200 años de creación literaria

La creatividad de nuestros escritores ha hecho de la literatura colombiana una de las más importantes de América Latina y un orgullo nacional.

Por Jorge E. Rojas Otálora
Profesor Asociado Departamento de Literatura Universidad Nacional de Colombia


Fotografía: archivo particular.

Cuando se pretende mostrar un panorama de 200 años de producción literaria se debería abordar el problema de la periodización, el de la agrupación generacional o el de los géneros literarios. Al mismo tiempo se hace necesario hacer explícitos los criterios de selección y establecer los mecanismos de relación intertextual que se privilegian en la exposición. Sin embargo, este ejercicio académico exige mayor espacio del que se dispone, por lo cual es posible soslayar esta problemática para reducir el trabajo a una relación de obras y autores sustentada en una selección personal y arbitraria que, sin embargo, intenta mantener un equilibrio de momentos significativos a lo largo de estos dos siglos de producción textual. Muchos quedan al margen, pero la mayoría de los lectores encontrará justificados los momentos que se destacan.

Los autores que escriben en el contexto de las luchas emancipadoras tienen una clara formación neoclásica y sus textos están marcados por la impronta de la Ilustración; su actitud frente a la independencia, más que su producción estética, es lo que hace destacar a José Fernández Madrid, autor de versos y dramas de corte neoclásico. Crecieron en medio de la guerra dos autores que contrastan: Luis Vargas Tejada, famoso por su sainete Las convulsiones, pero también por haber participado en la conjura contra Bolívar. Sin formación académica, fue un gran lector y publicó numerosas poesías en hojas sueltas, pero su mayor actividad fue política, pues fue secretario del Senado, secretario privado del general Santander y miembro de la Convención de Ocaña en 1928. Sus diferencias con el Libertador se expresan en diversos textos como el violento panfleto titulado Recuerdo histórico y en diálogos teatrales como La madre de Pausanias y Catón en Útica. Su prima, doña Josefa Acevedo de Gómez, hija de José Acevedo y Gómez es considerada la primera escritora de la época republicana, pues publicó en 1854 un libro de versos patrióticos con el título Poesías de una granadina.

En el proceso de consolidación de la república, la necesidad de enfrentar los problemas de la nueva nación desarrollan la narrativa romántica y el ensayo social; se destacan las figuras de José Caicedo y Rojas y de José Joaquín Ortiz, quienes cultivan igualmente el teatro y la poesía. El primer gran poeta romántico fue José Eusebio Caro, prolífico escritor, periodista y político de corte conservador. Con todo, la gran figura de la poesía romántica es Rafael Pombo, más conocido por sus fábulas infantiles. Su evolución lírica se sitúa entre dos composiciones: Hora de tinieblas, de 1855, que se construye alrededor de una interrogación sobre el sentido de la existencia, y Noche de diciembre, de 1874, que muestra dos momentos diferentes, casi opuestos de su sentimiento vital y de su propuesta formal, pues prometía ser el “gran poeta de la interiorización y terminó como el versificador de la didáctica, el patriotismo y la doctrina”, en palabras de David Jiménez.

Existen muchas figuras que se pueden ubicar dentro del romanticismo en Colombia, sin embargo, se debe destacar el desarrollo de la novela que incluye diversas expresiones, pues hay novela sentimental, histórica, etcétera. Se considera que la primera novela del siglo XIX fue María Dolores o la historia de mi casamiento, de José Joaquín Ortiz, escrita en 1836 y publicada por entregas en el periódico El Cóndor en 1841. Dentro de los muchos cultivadores del género se deben destacar autores como Felipe Pérez, Eustaquio Palacios o Soledad Acosta de Samper, pero la gran figura del romanticismo en nuestro país es indudablemente Jorge Isaacs.

Novelistas del siglo XIX

  • José Joaquín Ortiz

    José Joaquín Ortiz

    Escribió la primera novela de la vida republicana del país y ayudó a difundir la literatura colombiana, al editar obras de Luis Vargas Tejada y José Eusebio Caro.

    Crédito: José Joaquín Ortiz. Grabado de Rodríguez. 1881-1887. Colección del Banco de la República.

  • José Asunción Silva

    José Asunción Silva

    Novelista y poeta bogotano, es considerado el precursor del modernismo en Colombia.

    Crédito: José Asunción Silva, el poeta más grande de nuestro país. Semana.

    Intelectual versátil, interesado tanto por la literatura como por la política, la economía, la etnografía y los viajes de exploración, su amplia obra ha sido soslayada por el reconocimiento logrado por su novela María, considerada sin lugar a dudas la mejor novela romántica de América Latina. Isaacs escribió también numerosas poesías –entre las que se debe destacar Saulo, pequeña obra maestra de la poesía amorosa-, dramas históricos y ensayos etnográficos. En María se deben resaltar, además de su sólida y compleja estructura, la sencillez de su argumento y la elaborada calidad de su prosa, la presencia de elementos costumbristas en la medida en que este movimiento se encontraba en pleno desarrollo cuando se escribe la novela.

    En cuanto al costumbrismo colombiano, heredero directo del español, se expresa esencialmente en lo que se ha denominado cuadro de costumbres, pequeña composición que describe en detalle escenas, tradiciones, lugares y personajes llenos de color local; se trata de narraciones simples y de carácter estático que se complacen en el detalle. Muchos autores deberían mencionarse, pero la figura destacada es sin duda José Manuel Marroquín. Del mismo corte es la novela costumbrista cuyo paradigma es Manuela, de Eugenio Díaz.

    David Jiménez considera que los inicios del Modernismo en Colombia se encuentran en la antología que Rivas Groot publicó en 1886 con el título de La lira nueva, pero únicamente por la presencia de ocho poemas de Silva en esta selección. José Asunción Silva (1865-1896) produjo la obra poética más importante en la historia de Colombia y con ella inició la poesía moderna en nuestro país; su obra es breve, como su vida, pues comprende unos 150 poemas organizados en cuatro libros; El libro de versos, Intimidades, Poesías varias y Gotas amargas. También hay un amplio número de notas críticas y, sobre todo, la novela De sobremesa. Al respecto, Rafael Maya, uno de los grandes estudiosos de Silva, señala que mientras sus versos preludian la revolución modernista, su prosa aparece como un fruto maduro de esa revolución; considera que en esta novela se expresan todas las lecturas de Silva elaboradas por medio de una prosa plenamente lograda. La novela De sobremesa ha llegado a ser considerada el paradigma de la novela modernista que responde así al modelo del autor comprometido, ante todo, con la estética, con la creación artística, pero también con la problemática de la época. En diversos periódicos y revistas aparecieron algunos fragmentos en 1906, 1917 y 1924, antes de ser editada integralmente en 1925.

    La producción novelística del modernismo es notable, aunque hasta hace poco no se consideraba en su conjunto. Al establecer el canon de la novela modernista latinoamericana se encuentran cerca de 40 novelas y más de 21 autores que incluyen obras colombianas, como la citada De sobremesa (1896), de José Asunción Silva; las conocidas novelas Ibis (1899) y Rosas de la tarde (1900), de José María Vargas Vila, y las obras de José María Rivas Groot, Resurrección (1901) y El triunfo de la vida (1911).

    Baldomero Sanin Cano, Porfirio Barba -Jacob, Jose Eustasio Rivera, Antonio Gomez Restrepo y Tomas Carrasquilla. Mural de Luis Alberto Acuña 1.965. Semana.


    Personajes de la literatura española y colombiana

    Mural de Luis Alberto Acuña (1965), pintado en la Academia Colombiana de la Lengua, en la cual aparecen representados Baldomero Sanín Caro, Porfirio Barba Jacob, José Eustasio Rivera, Arturo Gómez Restrepo y Tomás Carrasquilla.

    Hijo de Medardo Rivas, activo intelectual y político, además de autor de novelas costumbristas, Rivas Groot se destacó como hombre público y como literato. Como hombre de letras, su producción es notable ante todo por la variedad de temas que le ocuparon. Autor de la ya citada antología poética titulada La lira nueva, al igual que del ‘Estudio preliminar’ del Nuevo Parnaso Colombiano, del mismo año, publicó también cuentos y novelas cortas, como Resurrección, pero la mayor celebridad en su época se derivó de una extensa novela que escribió en compañía de Lorenzo Marroquín con el título de Pax, publicada en 1907, y aunque se trata de una de las primeras novelas urbanas editadas en el país y que cuenta con algo de la prosa melodiosa del modernismo, no tuvo mayor trascendencia ni histórica ni literaria.

    La selva es una protagonista más de La vorágine, ella interactúa con los personajes, es el escenario de la perenne violencia del país y al final se ‘traga’ a los otros protagonistas.

    Por su parte, la obra de José María Vargas Vila ha sido objeto de una conflictiva mirada que se centra más en su actitud rebelde que en su valoración artística; algunas de sus novelas, como Rosas de la tarde e Ibis, se encuadran plenamente en la estética modernista. Hijo del general José María Vargas Vila, quien murió defendiendo las ideas liberales en una de las tantas guerras civiles del siglo XIX, Vargas Vila nació el 23 de julio de 1860 en Bogotá. Siendo muy joven hizo parte de las tropas enviadas por el gobierno liberal a debelar la revuelta conservadora de 1876. Se desempeñó como maestro en varios colegios de la capital y de la provincia colombiana, pero muy pronto su militancia liberal lo llevó a participar en la lucha contra el poder conservador y, finalmente, al exilio, primero en Venezuela en 1885, luego en Estados Unidos en 1891 y finalmente en Europa a partir de 1896. Su vida está llena de anécdotas y leyendas que él mismo patrocinó, y su obra ha sido muy controvertida.

    Considerado el iniciador de la moderna crítica literaria en Colombia, la figura de Baldomero Sanín Cano (1861-1957) se proyecta sobre dos siglos. Inició su labor intelectual como maestro y luego se dedicó al periodismo, pero su insaciable curiosidad y su marcada inclinación por el estudio de los idiomas lo llevaron muy pronto a consolidar una amplia cultura que se interesaba por aspectos de arte, política, historia, filosofía y literatura. Con sus traducciones y sus múltiples ensayos, organizados en siete libros, logró que “el país entrara en un periodo de contemporaneidad latinoamericana y universal”, en palabras de Gutiérrez Girardot. De corte similar, pero bastante posterior, es la obra de Germán Arciniegas (1900-1999), ensayista de largo aliento, divulgador, pero ante todo historiador de la cultura desde una perspectiva liberal.

    Como ya se indicó, De sobremesa, la novela de Silva, se imprimió en el año 1925. En 1924, José Eustasio Rivera (1888-1928) publicó La vorágine. Unos años antes, en 1921, dio a la estampa un libro de sonetos bajo el título Tierra de promisión, obra que le dio un inmediato renombre, pues llegó a ser reconocido como uno de los mejores sonetistas del país y su texto Los potros fue seleccionado como el mejor soneto colombiano. Con todo, el inmediato éxito de su novela opacó el resto de su producción. En efecto, La vorágine se convirtió rápidamente en una de las obras más leídas en Hispanoamérica y en un clásico de la llamada literatura de la tierra; la narración cuenta el viaje de un intelectual que huye con su novia hacia los llanos y la selva. Rivera da cuenta del progresivo descubrimiento de un mundo de explotación y miseria, sin presencia del Estado, en el que el poder de los empresarios del caucho es absoluto. Desde el punto de vista de la elaboración estética, la riqueza y complejidad textual de la novela atrapa al lector por medio de una serie de narradores que se entretejen y se relevan para contar fragmentos que le permiten al lector reconstruir la historia hasta un punto en el que los protagonistas desaparecen en medio de la selva. La frase final “se los tragó la selva” es el cierre de un rico sistema de ambigüedades que utilizan la naturaleza como referente de un amplio juego de conflictos, voces y experiencias que conforman ese infierno en que el ser humano se diluye.

    Contemporáneo de Silva, el escritor antioqueño Tomás Carrasquilla (1858-1940) publica su primera novela, Frutos de mi tierra, en el mismo año en que se suicida el poeta bogotano. Ha sido comparado con Benito Pérez Galdós en la medida en que tiene la misma pretensión de abarcar la historia contemporánea por medio de su producción novelesca. Los particularismos regionales no impiden que en su obra se exprese el proceso de modernización que enfrenta la sociedad antioqueña, en particular, y la colombiana, en general. Según Gutiérrez Girardot, la trilogía expresa la Colonia moribunda en La Marquesa de Yolombó, la República en Hace tiempos y el fin de siglo XIX en Frutos de mi tierra. Mientras desarrolla la trilogía, Carrasquilla publica numerosos relatos en los que enfatiza un regionalismo que opone al centralismo cultural de la capital del país.

    Escritores de mediados del siglo XX

    • Álvaro Mutis

      Álvaro Mutis

      Poeta y novelista colombiano, su talento ha sido reconocido con el Premio Príncipe de Asturias (1997) y el Premio Cervantes (2001), entre otros.

      Crédito: Agencia AP. Foto Guillermo Arias.

    • Gonzalo Arango

      Gonzalo Arango

      Fundó el movimiento nadaísta que, bajo la idea de “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”, revolucionó la literatura nacional.

      Crédito: Gonzalo Arango / El Espectador

    • Eduardo Zalamea Borda

      Eduardo Zalamea Borda

      Escritor y periodista, innovó en la literatura nacional al utilizar técnicas narrativas como el lenguaje del cuerpo y la conciencia interior.

      Crédito: Archivo particular

      En 1908, Miguel Ángel Osorio (1883-1942) llega a la ciudad de México para triunfar con diversos seudónimos entre los que finalmente perdura el de Porfirio Barba Jacob. Se desempeña con éxito dentro del periodismo mexicano mientras continúa desarrollando una obra lírica marcada por un modernismo ya desfasado cuando empieza a publicar en 1907. En su obra, constituida por algo más de 120 poemas, se destacan textos como Canción de la vida profunda, Balada de la loca alegría, Parábola del retorno y Acuarimántima, que no solamente han gozado de extrema popularidad sino que le aseguraron un lugar destacado en la historia de la literatura colombiana.

      Dentro de la poesía colombiana del siglo XX aparecen una serie de grupos que se configuran alrededor de alguna publicación, bien porque la crítica los reconoce en la medida en que percibe características comunes o bien porque sus integrantes se declaran solidarios con concepciones estéticas compartidas. En 1925 se edita la revista Los Nuevos, en la que se publica la producción intelectual de un grupo de jóvenes inquietos con propuestas modernizadoras, entre los que se destacan León de Greiff, los hermanos Lleras Camargo, Rafael Maya, Jorge Zalamea y Luis Vidales, entre otros.

      Hacia 1939, Jorge Rojas publica su poema La ciudad sumergida en el primer cuaderno de una serie denominada Piedra y Cielo, alrededor de la cual se compactó un grupo de poetas que ante el calificativo de vanguardistas se defendieron subrayando su entronque hispanista que los acercaba a los poetas del 27. La nómina de los piedracielistas la completaban Eduardo Carranza, Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Darío Samper y Gerardo Valencia. Un poeta de la calidad de Aurelio Arturo, dueño de una voz propia, de un lenguaje seguro y trabajado que expresa la emoción de la naturaleza, se señala a veces como integrante de este grupo, pero por lo general se mantuvo al margen y se le puede sentir más cerca de los poetas que en la década de los años 40 se congregan alrededor de los cuadernillos de Cántico en los que publican por primera vez Jaime Ibáñez, Fernando Charry Lara y Andrés Holguín. En la década de los 50 fue la revista Mito la que acogió a los poetas que comenzaron en Cántico y además a un grupo numeroso entre los que se destacan Eduardo Mendoza Varela, Daniel Arango, Álvaro Mutis, Jorge Gaitán Durán, Rogelio Echavarría, Fernando Arbeláez y Eduardo Cote Lamus. Hacia finales de la década, después de la dictadura, apareció en Medellín el Manifiesto Nadaísta, en el que Gonzalo Arango formula su programa de subversión cultural que se apoya en la irreverencia y el inconformismo para cuestionar a la sociedad colombiana. Los más destacados nadaístas han sido, además de Arango, Eduardo Escobar, Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario Arbeláez y Mario Rivero.

      La narrativa colombiana que se publica después de La vorágine intenta continuar por la senda de la denuncia social con alta calidad estética. Sin embargo, aunque los resultados son desiguales, se debe destacar la novela Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda, como la más moderna tanto en su estructura narrativa en forma de diario en el que el narrador protagonista expresa su visión de la realidad acudiendo a menudo al monólogo interior, como en su concepción estilística con un gran predominio de la metáfora. Igualmente destacables son las obras de Manuel Zapata Olivella y Eduardo Caballero Calderón, en las que los conflictos sociales se expresan en una prosa trabajada que supera la mirada costumbrista para ahondar la denuncia social. En esta misma perspectiva, pero en un entorno predominantemente urbano, se encuentra la producción de José Antonio Osorio Lizarazo, que a menudo cae en un esquematismo reductor de corte naturalista.

      Literatura del ultimo cuarto de siglo

      • Gustavo Álvarez Gardeazabal

        Gustavo Álvarez Gardeazabal

        Escritor y político, adquirió el reconocimiento literario por su novela sobre la violencia partidista de mediados del siglo:Cóndores no entierran todos los días.

        Crédito: Gustavo Alvarez Gardeazabal. Carlos Vásquez. Mayo 8 De 1998. Revista Semana.

      • Germán Espinosa

        Germán Espinosa

        Considerado uno de los mejores escritores del país, investigaba a profundidad los temas y elementos históricos que incorporaba en sus libros, por lo que algunas de sus obras son consideradas novelas históricas.

        Crédito: Guillermo Torres. Revista Semana.

      • Andrés Caicedo

        Andrés Caicedo

        Escritor caleño que desde sus obras literarias y el teatro abordó los problemas de la juventud urbana.

        Crédito: Un adolescente empantanado. Andrés Caicedo.  Revista Semana.


        En la década de los 60, la novela parece adaptarse a los procesos de modernización del país. El crítico Álvaro Pineda Botero establece una clasificación de la novelística nacional desde una mirada regional destacando figuras como Eduardo Caballero Calderón y Fernando Soto Aparicio en el centro del país, y Manuel Mejía Vallejo en Antioquia, para contrastarlos con la riqueza de la narrativa de la costa Caribe dentro de la cual sobresale con mucho la figura de Gabriel García Márquez, premio Nobel en 1982, y la de Héctor Rojas Herazo, pintor poeta y novelista.

        En las décadas posteriores, la novela ha demostrado su vitalidad al superar el reto que implicó la fama internacional de Gabriel García Márquez, que a después de Cien años de soledad (1967) y El otoño del patriarca (1975), se reafirmó con Crónica de una muerte anunciada (1981) y El amor en los tiempos del cólera (1985). En efecto, aunque la temática predominante sigue siendo la diversidad de formas de violencia que vive el país, obras como Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal, y Una y muchas guerras, de Alonso Aristizábal, elaboran una mirada que explora las causas más profundas de los conflictos sociales. Muchas otras obras deberían ser reseñadas en esta perspectiva.

        Una vertiente muy productiva de la narrativa reciente se orienta hacia la exploración de la historia. El mejor exponente de esta mirada es Germán Espinosa, autor de un buen número de relatos y de novelas dentro de las que sobresale notablemente La tejedora de coronas, relación de la vida de Genoveva Alcocer, quien participa en muchos de los acontecimientos históricos y que representa el espíritu de la Ilustración. Las vivencias de la protagonista se expresan por medio de un extenso monólogo interior en una prosa poéticamente elaborada a través de un relato que se llena de referencias eruditas y atrapa al lector en un mundo de conocimientos y vivencias de los tiempos coloniales.

        Una larga lista de obras y autores expresa las múltiples vertientes de la narrativa contemporánea: Que viva la música (1975), de Andrés Caicedo; La otra raya del tigre (1976), de Pedro Gómez Valderrama; la sugerente trilogía Fémina suite, de Rafael Humberto Moreno Durán, compuesta por Juego de damas (1977), Toque de Diana (1981) y Finale caprichoso con madonna (1983), y Sin remedio, de Antonio Caballero, serían apenas ejemplos significativos de la riqueza temática, estilística y compositiva que muestra una producción literaria en plena vitalidad.

        creatividad, literatura, novelistas, premio nobel de literatura

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