Bautismo de sangre

Ubicada en la frontera del mito y la realidad, la masacre de las bananeras se convirtió en uno de los referentes más importantes del movimiento obrero colombiano.

Por Editorial
Bicentenario


Foto: Tren de la muerte 1950-1960. Débora Arango. Banco de la República.

Entre mitos y realidades

Si bien las cifras señalaban que en la masacre fueron asesinadas entre 15 y 1.000 personas, la literatura y el arte crearon la idea de que miles y miles fueron asesinados y sus cuerpos tirados al mar.

Fruto extraño
Las primeras semillas de banano fueron traídas de Panamá a Ciénaga en 1885.

Desde finales del siglo XIX, la agricultura de exportación de Colombia estuvo orientada a producir tabaco, quina, tintóreas y café. Sin embargo, en el ocaso de ese siglo y los albores del XX, la agricultura extensiva se orientó a la exportación de otro producto traído desde Panamá por el señor José Manuel González: el banano Gros Michel.

Este producto se empezó a sembrar en Ciénaga (Magdalena) a partir de 1885, con la idea de experimentar. La Sociedad de Agricultores de Santa Marta, de la cual era miembro González, comenzó a cultivarlo y obtuvo buenos rendimientos en tiempos y calidad. Pero para exportarlo a Estados Unidos y Europa se necesitaba sembrar grandes extensiones e instalar una infraestructura que demandaba invertir un capital que ni él ni sus asociados poseían. Fue entonces cuando llegó a Colombia Minor Keith, gerente de la empresa United Fruit Company, con sede en Boston, para comprar las primeras 6.100 hectáreas de banano, que llegarían a ser 60.000 a finales de 1930.

Al desarrollar su enclave en el departamento del Magdalena, el banano atrajo gentes de la costa y del interior del país, especialmente de Santander. Hacia 1930 la zona llegó a contar entre 25.000 y 30.000 trabajadores. Gran parte de ellos no eran contratados directamente por la compañía, sino mediante el sistema de subcontratación, que en muchas ocasiones se convertía en una cadena de dos o más subcontratistas. Por ejemplo, la United Fruit pagaba al contratista 5 pesos por cada obrero, quien a su vez le reconocía a un subcontratista 3,50 y finalmente al trabajador le quedaban dos pesos al día, según el número de racimos cortados. Ese jornal resultaba oprobioso, pues los trabajadores hacían jornadas de 16 a 20 horas diarias en las que se les exigía cortar entre 300 y 400 racimos.

La explotación era posible gracias a la enorme afluencia de personas en busca de trabajo y a la falta de una legislación laboral clara en el país. Esta modalidad de vinculación le permitía a la multinacional afirmar que los jornaleros de las distintas fincas productoras no eran sus empleados sino de los contratistas, lo que en la práctica la exoneraba de cualquier responsabilidad laboral frente a los obreros.

Una versión mágica

José Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al niño de los hombros y se lo entregó a la mujer. ‘Estos cabrones son capaces de disparar’, murmuró ella. José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar, porque al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán haciéndoles eco con un grito a las palabras de la mujer. Embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad del silencio y, además, convencido de que nadie haría mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación de la muerte, José Arcadio Segundo se empinó por encima de las cabezas que tenía en frente y por primera vez en su vida levantó la voz.

-iCabrones! –grito–. Les regalamos el minuto que falta.

Al final de su grito ocurrió algo que no le produjo espanto sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y 14 nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea. De pronto, a un lado de la estación, un grito de muerte desgarró el encantamiento: ‘Ayyy mi madre’. Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva. José Arcadio Segundo tuvo tiempo de levantar al niño, mientras la madre con el otro era absorbida por la muchedumbre centrifugada por el pánico.

Gabriel García Márquez, Cien años de Soledad.

La desprotección era casi total. Además de vivir en un completo hacinamiento en los tambos, que carecían de los mínimos servicios de agua potable, baños, retretes, ventiladores y camas, no contaban con una atención oportuna en caso de accidentes laborales tales como golpes con racimos, cortes con el machete, mordeduras de serpiente o picaduras de insectos transmisores de enfermedades como el paludismo. Los obreros accidentados en las plantaciones tenían que ser atendidos por sus compañeros. Y quienes padecían enfermedades o dolencias que demandaban atención médica prioritaria, terminaban por fallecer, mientras esperaban de los administradores de las fincas la boleta de remisión al hospital. Para rematar, la empresa no cumplía sus obligaciones salariales ni con lo exigido por la exigua legislación colombiana. Los pagos, que debían hacerse cada 15 días, casi nunca se cumplían, lo que obligaba a los obreros a endeudarse o pedir anticipos que, en muchas ocasiones, la compañía les daba en vales que solo podían redimirse en su propio comisariato.

Al problema obrero en la zona se le sumó el de los colonos que desde comienzos del siglo XX se habían asentado en tierras cercanas a las plantaciones. Con el tiempo ellos extrajeron algunos productos agrícolas que vendían en los mercados locales. A medida que el enclave se expandía, la United forzó a muchos colonos, ahora convertidos en campesinos, a vender por precios irrisorios. Otros fueron expropiados y obligados a convertirse en jornaleros al servicio de la multinacional. Todo sucedió ante la mirada complaciente de los gobiernos de turno.

“La primera descarga se hizo sobre una multitud inerme y pacífica”

El Espectador, 12 de diciembre de 1928.

El grado de maltrato, abuso y explotación de que eran víctimas los obreros del banano propiciaron que allí tuvieran eco las ideas socialistas y la organización sindical. El 6 de octubre de 1928 comenzó una huelga de trabajadores y colonos que con el paso de los días se radicalizaba cada vez más ante la negativa de la United de negociar el pliego de peticiones.

Como una constante que se vería después en la historia del país, la respuesta a las exigencias de los trabajadores fue militar. El general Carlos Cortés Vargas fue el encargado para resolver la situación de “revuelta peligrosa y extremadamente grave” de la zona bananera. Se desplazó con tres batallones, cuya misión era intimidar y apresar a los huelguistas y forzarlos a renunciar al pliego de peticiones. A pesar de algunos intentos de negociación, a comienzos de diciembre todavía no se había firmado ningún acuerdo. La situación empeoró el 4 de diciembre cuando los protestantes retuvieron a 25 soldados que escoltsaban un corte de banano. La acción causó el trágico desenlace de la huelga. En la noche del 5 de diciembre, el general Cortés, con órdenes desde la capital de dispersar “toda reunión mayor a tres personas”, rodeó con 300 efectivos la plaza de Ciénaga, lugar donde se encontraban congregados los trabajadores y sus familias, y exigió a los huelguistas dispersarse. Como nadie obedeció, ordenó abrir fuego.

Las cifras oficiales señalaban que hubo de 15 a 20 muertos, mientras los datos suministrados por Raúl Eduardo Mahecha, dirigente del Partido Socialista Revolucionario (PSR), aseguraban que habrían sido por lo menos 1.000. Desde ese momento el gobierno intentó acallar lo sucedido en Ciénaga, en lo que un historiador denominó “la conspiración del silencio”, pero la memoria popular mantuvo viva la versión de Mahecha y de Jorge Eliécer Gaitán, quien meses más tarde de ocurridos los hechos denunció en el Congreso de la República la responsabilidad del Ejército en la masacre. Tal versión fue recogida años después por la pintora Débora Arango y por Gabriel García Márquez.

Aunque mucho se ha discutido sobre el número de muertos y sobre si lo sucedido en Ciénaga fue en realidad una masacre, las recientes investigaciones históricas tienden a desmentir las fuentes oficiales de la época y confirmar lo relatado por los dirigentes del PSR. Estas, basadas en los archivos de Washington, sugieren que los muertos fueron más de 100 y en los días posteriores al 5 de diciembre fueron entre 600 y 1.000 personas.

Independientemente de la cantidad de muertes, los hechos ocurridos en Ciénaga tuvieron una importante repercusión en la historia política del país, pues por una parte legitimaron la existencia del PSR, que dos años después se convertiría en el Partido Comunista, y por la otra fueron una de las causas de la crisis de la Hegemonía Conservadora que finalizó con el triunfo liberal de 1930.

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