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Cuando la sangre se mezcla

El mestizaje demostró que fracasaron los esfuerzos de la Corona y la Iglesia por mantener la pureza racial.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Tipo africano y mestizo. Carmelo Fernández. 1851. Colección Biblioteca Nacional.

Territorio mestizo

La Nueva Granada, en comparación con otras zonas de las colonias españolas en América, tuvo un proceso de mestizaje mucho más rápido. Según el censo de 1776, de 826.500 habitantes, 277.068 eran blancos, 368.093 libres (nombre con el que se conocía a los mestizos), 136.753 indígenas y 44.636 negros esclavos. El amplio número de mestizos hizo que los conflictos raciales fueran menos intensos que en otras sociedades, como por ejemplo Venezuela.

A pesar de vivir en una sociedad vigilada y dividida por razas, los indígenas, blancos españoles y esclavos negros, al mezclarse entre sí, dieron origen a lo que se conoce como el mestizaje, la base de la diversidad y la riqueza de Colombia. En la cúspide de la sociedad estaban los blancos y los criollos, que representaban el 32,7 por ciento de la población del Nuevo Reino de Granada, y cuyos miembros recibían el título de Don o Doña. Los blancos vivían en las ciudades, poseían las tierras, las minas, monopolizaban el comercio, controlaban los cargos públicos y, además, podían ingresar a las universidades y a la carrera eclesiástica y militar.

Los indígenas representaban casi el 17 por ciento de la población y, en el mejor de los casos, eran considerados por las autoridades y los criollos como menores de edad, pero generalmente se les tildaba de idiotas. A pesar de su pobreza o de las malas cosechas, debían pagar sin falta el tributo a la Corona. Vivían en zonas rurales, en sus pueblos, y tenían prohibido habitar las ciudades de los blancos.

Otros, los llamados ‘indios bravos’, como los pijaos, se resistieron a ser sometidos y cristianizados. Algunos funcionarios coloniales calculaban que podían ser unos 200.000, muchos de los cuales ponían en serios problemas a la Corona con sus ‘insultos y correrías’. Robaban ganado, atacaban a los pueblos y destruían las misiones.

Ñapanga y mestizo del Cauca. Manuel María Paz. 1853. Colección Biblioteca Nacional.

Eran particularmente temidos los cunas en la zona del Chocó, pues controlaban la navegación por el río Atrato y mantenían acuerdos comerciales ilícitos con los ingleses. A pesar de las numerosas expediciones militares, al iniciarse el siglo XIX todavía estaban sin someter los chimilas, arahuacos y guajiros. Igualmente, eran de temer los andaquíes, que actuaban entre las provincias de Popayán y Neiva, y los indómitos motilones, situados a orillas del río Catatumbo.

Por su parte, los esclavos, que representaban el 6 por ciento de la población, se encontraban subyugados por su condición legal, aunque durante los siglos XVII y XVIII conformaron la fuerza laboral que necesitaban las haciendas costeras y las minas de oro en el occidente del país, al reemplazar a la diezmada mano de obra indígena.

No hay datos precisos acerca de cuántos esclavos arribaron al puerto de Cartagena de Indias desde el siglo XVI, pero se cree que fueron 43.210. A estos hay que sumar un número indeterminado que entraron de contrabando por el río Atrato, Buenaventura, Chirambirá, Gorgona y Barbacoas, en el litoral Pacífico; y por el Darién, Tolú, Riohacha y Santa Marta, en el Caribe. Cuando los africanos llegaban a tierra americana se les denominaba ‘bozales’. Si intentaban la fuga se les llamaba ‘zapacos’, y si persistían en la rebelión, ‘cimarrones’.

En las zonas costeras de Santa Marta y Cartagena, los esclavos fugados de las haciendas se unieron con otras castas en rochelas, lugares situados en los montes y selvas para librarse del control de la Corona y la Iglesia. Otros se refugiaron en sitios inaccesibles y fundaron palenques de esclavos huidos.

El mestizaje de blancos, negros e indios produjo, a fines del siglo XVIII, una recuperación demográfica en la que los libres de todos los colores o castas serían la mayoría de la población. Sin embargo, a pesar de representar el 44 por ciento de todos los habitantes, ese grupo de mestizos, pardos y zambos era considerado inferior. Como tales carecían de honor, riqueza y de un lugar claro en la sociedad colonial, no tenían cabida en las ciudades, ni en los pueblos de indios, ni en las villas de los blancos.

Pelea por el ‘Don’

“Destiérrese como polilla que roe la felicidad pública el epíteto de Don en aquellos que no lo tienen, sino porque el público se los quiere dar.”

Recomendación de un vecino de Girón al Virrey, 1802

MEZCLAS RACIALES

Español + india = mestizo
Español + negra = mulato
Español + española = castizo
Mulato + española = morisco
Español + morisca = albino
Mestizo + india = cholo
Negro + india = zambo
Negro + zamba = zambo prieto

En esta sociedad de castas la movilidad social dependía del color de la piel. Por eso se llevaban estrictos controles para impedir que advenedizos con sangre india o negra se hicieran pasar por blancos. Se prohibían los matrimonios de razas distintas, los negros no podían circular por algunas zonas y las castas, incluso, eran diferenciadas con el vestuario y los adornos. En ese sentido, el ‘blanqueamiento’, tanto racial como jurídico, fue una forma de ascenso social. Algunos tuvieron que comprar ante la Corona costosas ‘cédulas de gracias sacar’, que les permitían, a pesar de su origen oscuro, recibir el título de Don para entrar al mundo de los blancos y acceder a riqueza y poder.

Otros, por el contrario, retrocedían, volvían al mundo indígena o negro de sus orígenes y empezaban a recibir nombres dicientes como ‘Tente en el aire’ o ‘Salto pa’tras’.

UN SOCIEDAD EN CONFLICTO

Indias sálivas. Provincia de Casanare. Manuel María Paz. Acuarela de 1856. Colección Biblioteca Nacional.

A finales del siglo XVIII, los libres hacían parte de la población de las ciudades y se dedicaban a diversos oficios. Muchos de ellos se empleaban en el servicio doméstico, otros eran propietarios de pequeños negocios como tiendas y chicherías, unos pocos se especializaban en la artesanía y muchos realizaban trabajos como cargadores de agua y lavanderas. Otros muchos formaban un grupo más grande: el de los mendigos, vagos o mal entretenidos, que tanto preocupaban a las autoridades coloniales.

Los más decididos habían colonizado y fundado nuevos sitios o aldeas, y no pocos, a pesar de las prohibiciones de la Corona, invadían las tierras de los resguardos indígenas lo que propiciaba numerosos conflictos entre libres e indígenas.

Los criollos, si bien eran blancos y sus padres peninsulares o criollos sin mezcla conocida, tuvieron sobre sí la mancha de la tierra al haber nacido en el nuevo mundo. Esta discriminación había estado presente durante toda la Colonia, pero se agudizó a partir de las reformas borbónicas en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el afán centralizador de la Corona pretendió ponerles límite al poder y a las ambiciones de los criollos en los puestos oficiales. La Corona buscó rehispanizar la administración de sus colonias.

Bajo esta política se redujo el número de criollos que ocupaban altos cargos de la burocracia colonial y se restringieron los matrimonios entre funcionarios peninsulares y criollos. A partir de 1808, bajo el peso de la discriminación y con la crisis de la monarquía, los criollos utilizaron como arma política el rechazo contra los peninsulares, a quienes llamaron despectivamente ‘chapetones’ o ‘gachupines’, y los señalaban como responsables del atraso, la pobreza y la ausencia de luces en tierras americanas, mientras reclamaban para ellos los cargos y honores que les arrebataban inescrupulosos e ineptos funcionarios peninsulares.

La rochela

“Indios, mestizos, mulatos, negros y zambos, y otras gentes de la inferior clase. Todos se congregaban de montón, sin orden, ni separación de sexos, mezclados los hombres con las mujeres. Unos toman, otros bailan, y todos cantan versos lascivos, haciendo indecentes movimientos con sus cuerpos. En los intermedios no cesan de tomar aguardiente y otras bebidas fuertes, que llaman guarapo, y chicha, y duran estas funciones hasta cerca del amanecer”

Descripción de una rochela por José Fernández Díaz de Lamadrid, obispo de Cartagena en 1781.

Danza en la aldea de Bordo, Grabado de A. Sirouy.

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