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Cultura y sociedad colombiana tras el Bicentenario

En la celebración del Bicentenario de la Independencia es necesario reflexionar sobre qué tan incluyente y democrático ha sido el proceso de construcción de nuestra nación.

Por Fabián Sanabria
Antropólogo y Doctor en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Actualmente profesor asociado de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia


Fotografía: archivo particular.

India de la Libertad

Los próceres utilizaron en los primeros años de Independencia la imagen de una indígena como alegoría de la libertad y de América. Con el paso de los años, esta imagen cayó en desuso y fue reemplazada por el emblema de la libertad de la Revolución francesa.

Dentro de poco se reinaugurará la Casa Museo del 20 de Julio, donde se exhibirá restaurado el famoso florero de Llorente, que dio lugar a una de las anécdotas más importantes de la celebración de nuestra independencia. Lo que queda de esa pieza es una suerte de base para un jarrón de estilo barroco, de loza blanca y follaje verde que simulaba hojas, y que posee el sello real de Carlos III de Borbón, cuya composición tiene vidrio con óxidos de plomo, esmaltes de cobre, pan de oro, polvo de oro y oro coloidal en diferentes partes, lo cual ratifica que en su momento fue un objeto que le daba un gran estatus a quien lo adquiriera.

“La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre donde este se proyecta y reconoce (…) un espejo crítico que transparenta su imagen (…) Es posible deshacerse de una neurosis, pero no curarse de sí mismo”.

Jean-Paul Sartre, Las palabras
Florero de Llorente: Aunque hoy se discute si ese objeto fue el que causó la reyerta del 20 de julio, no cabe duda de que se ha convertido en uno de los principales símbolos de la independencia. Base del florero del 20 de Julio. 1810 . Colección de la Casa Museo del 20 de Julio.

Más acá del mito que se cuenta, hay un valor que cabe resaltar en el hecho de conservar esa pieza “rota”: la obra da testimonio de su tiempo, pero no lo describe completamente. Ese resto de algo que pretende contarnos “lo que ocurrió” nos muestra la necesidad de reaprender a sentir el tiempo para tomar conciencia de la historia, pese a que todo conspire para hacernos creer que esta se ha acabado porque el mundo se ha vuelto un espectáculo. Debemos pues reencontrar el tiempo a través de sus ruinas para recrear el pasado y, con mayor razón, actualizarlo frente a la ruptura de un objeto que significaba distinción y exclusión, por no decir segregación y repudio de la diferencia.

Como el florero de Llorente, en estos 200 años de República hay una larga colección de objetos y símbolos que también deberían re-significarse. ¿No será hora de generar un gran debate nacional en torno a ciertas estrofas rococó de nuestro himno, así como a propósito de algunos elementos anacrónicos presentes en el escudo de Colombia? Es bien sabido que para un joven ciudadano imbuido de las dinámicas de la globalización, el cóndor, el gorro frigio, el istmo de Panamá o las cornucopias del emblema patrio poco significan.

¿No habría que buscar más bien entre los magníficos diseños de piezas precolombinas del Museo del Oro para encontrar un símbolo más adecuado?

Todo ello máxime cuando la identidad no es un rompecabezas cuya carátula prescribe lo que se debe armar, sino algo que se reinventa permanentemente del mismo modo que la historia: una interpretación del pasado en función del presente.

Vicente Azuero Plata (1787-1844)
Abogado santandereano, prócer de la Independencia de la Nueva Granada y uno de los principales ideólogos del liberalismo utilitarista del país. Vicente Azuero. Dibujo de Espinosa. Colección del Banco de la República.

Paralelamente, la celebración del Bicentenario de nuestra independencia debe convocarnos para tratar de averiguar si la promesa democrática del Cabildo abierto de Santafé, ratificado un año después en Cartagena, se ha cumplido o no, así como para evaluar, a dos décadas de la Constitución de 1991, cuáles son los problemas pendientes en la tarea de construcción de nuestro Estado-Nación.

En ese horizonte, siguiendo los cuatro trazos ideales típicos que caracterizan la conformación de un Estado moderno según Max Weber (control del territorio, monopolio de la violencia física y simbólica, captación de impuestos y generación de seguridad y bienestar para los ciudadanos), cabe preguntarse si el Estado que hay en Colombia ha sido un “acto fallido” y, de ser así, cómo superar esa debilidad de cara a un mundo global.

Igualmente conviene cuestionarse por la manera como ha evolucionado la sociedad colombiana, en particular el “alma de Estado”, es decir la Nación, pues es bien sabido que desde la Conquista de América se enraizó en nuestros territorios una complicidad entre el trono y el altar que luego se patentizaría con una suerte de “concubinato” entre Estado e Iglesia. Cuatro elementos también son característicos de ello y en términos de “identidad nacional” no podemos olvidarlos: primero, la identificación de los ciudadanos por medio de la partida de bautismo más que a través del registro civil de nacimiento; segundo, el monopolio extraordinario que tuvo la Iglesia en el terreno de la educación y la cultura, formando especialmente a las élites del país; tercero, la presencia de misiones eclesiásticas encomendadas a órdenes religiosas en territorios apartados, y cuarto, la multiplicación de obras de benevolato y beneficencia (entre las cuales cabe mencionar a los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios, las Lauritas y los numerosos barrios obreros de algunas ciudades del país) en cabeza de la Iglesia. Todos esos elementos fueron fundadores de una relación muy estrecha entre los asuntos estatales y la injerencia católica en Colombia, dificultando asimismo la construcción de un Estado laico dotado de una clara separación de poderes.

Una relectura de la Patria Boba

Entre 1810 y 1886 se puede hablar de una suerte de “siglo federal” en Colombia que, pese a su sepultura definitiva, nos invita a revaluar su “fracaso” y a repensar hoy la fuerza de nuestras regiones. Del mismo modo, el momento histórico denominado peyorativamente Patria Boba (establecido entre 1810 y 1816) es quizá el instante en que tras el “grito de Independencia” los padres fundadores de la República trataron de construir su propia Ilustración, ensayando cuál sería la forma más adecuada de gobierno que se debía implantar en la Nueva Granada.

Es importante tener en cuenta que un par de acontecimientos significativos influyeron, grosso modo, en las ideas independentistas: la Revolución francesa y la Constitución de Filadelfia. En ese contexto, dos discursos ilustrados, con una década de diferencia, merecen recordarse, no tanto para hacer apología de “aquello que pudo haber sido y no fue”, sino como voluntad de descentralizar la forma de gobierno que se vislumbraba imperante. En primer lugar, amerita ser evocada la propuesta de “Aplicación de los principios y ventajas del sistema federativo a las provincias del Nuevo Reino de Granada” de Miguel de Pombo y, en segundo lugar, el discurso de Vicente Azuero, enmarcado en la pregunta de si “¿No será conveniente variar nuestra forma de gobierno?”.

Esos dos discursos, enunciados en dos momentos distintos (el de Miguel de Pombo en 1811 y el de Vicente Azuero en 1822), ante todo crean una disposición mental socialmente concebida para pensar un medio entre riguroso federalismo y aventajado sistema central, una vez que la autoridad “retornó al pueblo” por vacancia del Rey y la antigua colonia se vio obligada –tal vez por primera vez– a pensar por sí misma: los americanos presintieron sus derechos y se preocuparon por construir una época de transformación política.


Llaneros herrando ganado i recortándole las orejas. Provincia de Casanare. Manuel María Paz. 1856. Colección de la Biblioteca Nal. de Colombia.

Llaneros herrando ganado

Durante el siglo XIX, los ilustradores de la Comisión Corográfica y los viajeros nacionales y extranjeros fueron testigos de la diversidad cultural del país. Sin embargo, muchas de sus pinturas y relatos fueron conocidos por sus contemporáneos, incluso por las élites políticas e intelectuales colombianas.

El discurso de Miguel de Pombo, pese a reconocer las ventajas del sistema estadounidense, prevé una deficiente articulación entre confederación y vínculo federal, y acepta las debilidades de la forma confederativa de la Constitución de Filadelfia –casi como un asombroso anticipo de la experiencia colombiana que así se autodenominaría (1810-1886): “Si cada provincia después de su independencia hubiera querido existir aislada de las otras, con absoluta soberanía y demás derechos (…) cada una habría querido ordenarlo todo con respecto a las demás, rompiendo los vínculos de la justicia y provocando toda clase de calamidades que afligen a la humanidad”. De Pombo veía como “ventaja” del sistema estadounidense que –en caso extremo y no deseable– la confederación podía ser disuelta y los estados confederados quedar soberanos.

Once años después (tras el Congreso de Cúcuta), Vicente Azuero subrayaba la importancia de instaurar la “unión federal”, es decir, ese “gobierno general” que aunque limitado en su campo de acción, estaba dotado con suficientes poderes para asegurar su eficiencia dentro de él. El núcleo de la novedad constitucional estadounidense radicaba en la combinación de una república de enormes dimensiones, con un gobierno central fuerte aunque de atribuciones limitadas, y autonomías estatales irreductibles –salvo en lo alienado en la institución ejecutiva central. La unión federal –para el caso norteamericano– era precisamente la meta que preservaba enormes porciones de soberanía para los distintos estados, y no una mera fase intermediaria.

La idea de los criollos de considerar la falta de ‘homogeneidad social interna’ como un defecto de la Nación colombiana impidió que desde inicios de la República nos reconociéramos en la diversidad.

Ahora bien, como al inicio del caso norteamericano, entre nosotros la unión era indispensable pero nos resistimos a formarla. Los criollos no pudieron negar el interés y la fuerza de atracción del sistema federalista. Sin embargo, se aferraron a una supuesta impertinencia para nuestro caso (una suerte de dos Américas paradójicas en los imperios del Atlántico), justificada por la falta de una “homogeneidad social interna” para que funcionara el federalismo. Esto impidió reconocernos en la diversidad y aprender muy poco del ser distintos formando al tiempo lazos comunes de convivencia: iguales ante la ley y diversos entre culturas.


Comunidades afrocolombianas: Uno de los logros de la Constitución de 1991 fue reconocer a los indígenas y afrodecendientes la propiedad de los territorios que han poblado por más de varios siglos y que se constituyen en base de su identidad y cultura. Foto León Darío Peláez.


En efecto, el federalismo suponía un contexto distinto al subdesarrollo social y al mismo tiempo la supresión de la ignorancia. Pero, ¿no sería que ese sistema también podía formar aquello que presuponía? Para Miguel de Pombo, las colonias de Norteamérica se fundaron sobre pueblos que se reconocieron diversos, argumentando que entre nosotros el sistema federal sería más fácil pues “todos éramos equiparables”. Para Vicente Azuero, la diversidad cultural debilitaba las relaciones comunes por constituir un cuerpo heterogéneo, disminuyendo el espíritu nacional y retardando el progreso de los pueblos.

Supuestamente en Norteamérica –más que por la diversidad, gracias a ella– se logró configurar un grupo social homogéneo básico. Por el contrario, en la Nueva Granada, el “gran problema” supuestamente fue el mestizaje: visto como “conjunto de sabotaje mutuo” –incapaz de aprender de la necesidad de formular lazos comunes fundamentales para vivir sin violencia la diferencia–.

Doscientos años después vuelve del suspenso una gran pregunta: nosotros (también híbridos de Colonia y Virreinato), ¿qué debemos construir para que la tragedia no retorne como comedia? ¿Cómo reconciliar unidad con diversidad en un mundo claramente global?

Diferencia y reconocimiento

Como en repetidas ocasiones lo subrayara Michel Foucault en sus cursos del Colegio de Francia, es necesario hacer que lo invisible sea visible para que quienes buscan reconocimiento sean vistos y no solo tolerados, sino que interactuando con otros, estos reconozcan la posibilidad de ser interpelados por aquellos. Porque es lo diferente aquello que se reconoce, no lo similar que debe ser conocido. Pero para poder ver lo diferente es necesario un lenguaje que mencione lo que hay que ver y las maneras como ello debe ser visto.


Minga Indígena 2008: A pesar de que la Constitución de 1991 ha consagrado sus derechos, los indígenas han tenido que organizarse y movilizarse para solicitarle al gobierno el respeto y la defensa de los derechos constitucionales. Ejemplo de ello fue la minga de 2008 organizada por los indígenas del Cauca. Foto León Darío Peláez. Revista Semana.


Afortunadamente la identidad hoy no es más que una categoría abstracta de la que se habla cuando se pierden los valores forzados y forzosos que como artículos de fe se prescribían para creer. Hoy la identidad, como la cultura, se presenta en gerundio, es decir, a través de un quehacer permanente que solo cuenta entrelazándose con la sociedad.

Resulta bastante deplorable que en un país tan diverso como Colombia solo hasta hace 20 años se reconociera jurídicamente a las comunidades indígenas y afrodescendientes que a él pertenecen, puesto que antes se les consideraba como menores de edad o “incapaces de autodeterminarse”, y por consiguiente se les privaba de los derechos que les permitían asociarse libremente o reformarse dentro del mundo en el que vivían.

Felizmente, el artículo 70 de la Constitución de 1991, en uno de sus apartes declara: “la cultura en sus diversas manifestaciones es el fundamento de la nacionalidad”, dándole la vuelta a la idea de una unidad preexistente a los grupos que integran la Nación, reconociendo y obligando a proteger la igualdad y la dignidad de todas las culturas que conviven en el país.

Es allí cuando se evidencia que el primer paso (el de la visibilidad) se dio hasta hace muy poco, quedando pendiente el ámbito no tanto de la aceptación o de la tolerancia, sino el del reconocimiento y respeto en la práctica de esa diversidad.

Conjugar la cultura en plural

El caso del reconocimiento a las comunidades indígenas y afrodescendientes que forman parte de la Nación colombiana es tan solo un ejemplo del inminente ejercicio que debe realizarse en materia cultural. Es necesario superar las visiones reduccionistas (tanto conservadores como supuestamente progresistas) que pretenden aislar a dicha noción, protegiéndola del mestizaje y la hibridación, en aras de esencialismos que en modo alguno se sostienen en el mundo contemporáneo.

Para 1998, la población afrocolombiana ascendía a un poco más de 10 millones de personas, de las cuales el 70 por ciento vivía en centros urbanos y el porcentaje restante, en áreas rurales.

Del mismo modo que hay muchas formas de ser, hay igualmente indefinidas maneras de expresar los modos de sentir, pensar y actuar de un individuo o grupo de individuos. Conjugar la cultura en plural implica promover la libertad para que una persona pueda expresarse y darse a conocer, así como identificarse sin ser marginada por ello, del mismo modo que generar una promoción para que cada individuo pueda elegir los elementos de identidad que le son propios frente a los contenidos de su cultura.

Rock al Parque: En el ámbito distrital, uno de los experimentos exitosos del reconocimiento de la diversidad ha sido el desarrollo de eventos culturales que congregan a las distintas culturas urbanas que se encuentran en Bogotá, como Rock al Parque, al que han asistido 3.092.000 personas en 15 ediciones. Foto Alejandro Acosta

Más allá de la noción de “campo cultural”, es indispensable promover la movilidad. Numerosos estudios demuestran cómo lo sociocultural no puede ser pensado en un espacio nacional acotado, delimitado por fronteras estatales. Múltiples investigaciones en el ámbito de las culturas juveniles dan cuenta hoy de la explosión de subjetividades, estéticas, gustos y vínculos transnacionales que indudablemente desconciertan a las nociones cosificadas de cultura.
En Colombia vale la pena preguntarse por el tipo de sociedad y relaciones sociales que culturalmente hemos forjado. Porque no basta con la valoración de las artes y las letras, ni con la reivindicación y patrocinio de las culturas populares si los elementos elitistas e informales no se conjugan en mejores ámbitos de convivencia. De suerte que la pregunta por el tipo de ciudadanos que queremos formar en Colombia es altamente pertinente cuando se aborda el tema de la cultura.

Un diagnóstico bastante acertado, circunscrito a condiciones históricas que deben ser rigurosamente analizadas, nos muestra un profundo desajuste entre lo que establece la ley (deber ser), lo que se dice que se hace (la moral), y lo que en realidad se practica (la cultura). Si bien es cierto que en la mayoría de sociedades no existe un equilibrio entre estas tres dimensiones, para el caso colombiano es conveniente tratar de armonizarlas pues actualmente se presenta un abismo entre ellas, recreando ámbitos capaces de permitir a nuestros ciudadanos una correcta inserción en otros registros y horizontes culturales. Saber que no estamos solos y que no podemos aislarnos como país, implica un compromiso para pensar una vez más nuestra diversidad, propendiendo por su reconocimiento y justa compresión, más allá de los conflictos que consecuentemente esto genere.

Porque el mundo se ha urbanizado y es indispensable convivir con ello, corresponde saber que a grandes y medianas escalas conviven la ciudad mundial, con todas sus promesas de desarrollo tecnológico y conectividad, con la ciudad mundo, saturada de contradicciones e inequidades sociales que obligan a multitud de individuos a desplazarse por razones de la injusticia, la pobreza o la guerra. Esas contradicciones globales empiezan a multiplicarse en Colombia y es necesario prepararse para enfrentarlas, sin perder de vista la noción aristotélica de vida buena que desafortunadamente pareciera reservada a unos pocos privilegiados de la sociedad.

Cuatro ángulos de política cultural

Marcha del orgullo LGBT: Con el objetivo de hacerse visibles, desde hace 14 años la comunidad Lgbt de Bogotá, entre los meses de mayo y junio, ha organizado una marcha a la que se le denomina Marcha del Orgullo Gay o de la Diversidad. Foto Juan Carlos Sierra. Revista Semana.

Defendiendo una noción plural de cultura, vale la pena preguntarnos si le corresponde al Estado dirigir los procesos culturales, o más bien ser un orientador altamente flexible de los mismos, sabiendo que son las sociedades y los grupos humanos asociados a él los que pueden concentrar en un momento dado las apuestas que en materia de cultura un país debe desarrollar. En ese sentido, las políticas culturales tendrían que cumplir unas funciones transversales que recorran el tejido de la sociedad, adaptándose a cada región para sostener los diversos procesos que allí se desarrollan, sin presionar en direcciones específicas, con criterios lo suficientemente amplios y flexibles para darle cabida a la diversidad, de modo que no caigan en preferencias ni elitismos. Más que una lista de acciones o un directorio de actividades folclóricas que con patrocinios estatales se dan en las regiones, las políticas culturales deben ser unos lineamientos facilitadores para que un país como Colombia se reconozca a sí mismo en el conjunto de naciones, actualice su memoria y potencialice sus valores en el mundo global.

“La Carta de 1991 es la Constitución de la diversidad, pues no solo reconoce y ampara las diferencias, sino que constituye e instituye mecanismos jurídicos y políticos para potenciarlas”

Rodrigo Uprimny

Desde la perspectiva de reconocernos “unidos en la diversidad”, cuatro ángulos deberían promoverse en el campo de las políticas culturales colombianas:

Primero:

Creación e investigación. Definiendo el Estado democráticamente las direcciones que deben tomar los procesos creativos, así como la necesaria investigación de la historia de cada pueblo y región del país, desde los elementos más visibles tales como las relaciones que se establecen con el medioambiente, las dinámicas tecnoeconómicas y sociopolíticas, hasta el ámbito de lo ideológico, es decir los mitos y ritos, cultos y creencias, cosmovisiones y lenguas que en cada contexto se practican.

Segundo:

Formación y comunicación. Comprometiendo el Estado no solo al sector público sino al privado en invertir en dinámicas y procesos culturales, por medio de la fundación de escuelas y academias especializadas, consciente de la importancia del crecimiento en ese campo, así como de la comunicación de la diversidad a través de emisoras, periódicos, páginas web y canales virtuales que permitan el reconocimiento y la valoración de la alteridad.

Tercero:

Conservación y restauración. Porque la pregunta por el patrimonio (no solo material sino inmaterial) es fundamental en toda política cultural, un patrimonio reducido a su simple exhibición carece hoy de sentido. El Estado debe incidir en la sociedad para que esta se concientice, defienda, valore y actualice todos sus patrimonios, traduciéndolos al mundo de lo actual y lo cotidiano, de acuerdo con las necesidades y apuestas que en cada región y localidad se determinen.

Cuarto:

Producción y bienestar. Porque cultura y economía no son incompatibles, el Estado debe multiplicar geométricamente sus recursos de inversión en cultura, involucrando a la empresa privada para fomentar las industrias culturales desde lo local hacia lo global, de modo que se generen dividendos que redunden en el bienestar de los ciudadanos.

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