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De la fragmentación a la Regeneración

La ilusión de crear una República moderna chocó con una economía en crisis y las diferentes concepciones de lo que debía ser el Estado.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Carniceros de Bogotá. Ramón Torres Méndez. 1849. Museo Nacional de Colombia.

Difícil acceso: La topografía accidentada del país dificultó en gran medida su integración durante el siglo XIX. Fotografía: Tuquerres. Vista de la capilla de Las Lajas. 1853. Colección Biblioteca Nacional de Colombia.

Desde la Independencia, las élites del país se plantearon el problema de la organización del Estado. Los nuevos gobernantes, influenciados por tendencias ideológicas provenientes de Estados Unidos y Europa, comenzaron a debatir en torno al ordenamiento del territorio y al modelo de gobierno que se debería adoptar. Sin embargo, esta no era una mera disputa de ideas, pues detrás de cada proyecto ideológico existían intereses materiales muy concretos. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX los grandes cultivadores santandereanos de tabaco, la gran mayoría de ellos pertenecientes a las filas radicales del Partido Liberal, veían en el federalismo un sistema que beneficiaba mucho más sus intereses políticos y económicos que el centralismo, pues este les quitaba parte de su independencia económica. En otras palabras, lo que se vio en el siglo XIX fue un enfrentamiento entre poderes regionales y el poder central, entre un modelo de Estado centralista o federal.

Esta disputa fue una herencia del pasado colonial que cobró especial importancia en las discusiones sobre la formación del Estado: las provincias que se habían creado en la Colonia consideraron que el nuevo Estado debería responder a sus necesidades e intereses sociales, políticos, económicos e, incluso, culturales. Por eso no estaban dispuestas a dejarse imponer un régimen jurídico y administrativo elaborado por unas élites ubicadas en el ‘centro político’ del naciente país. Esta tensión se hizo evidente en la Guerra de los Supremos (1839-1842), la primera guerra civil de la historia del país.

Entre las filas de conservadores y liberales, la pugnacidad aumentaba cada vez más. A mediados de siglo los liberales y reformadores impusieron un modelo de Estado federal que garantizara la autonomía radical de las regiones. El federalismo radical se impuso y plasmó su impronta en la Constitución de 1858, también llamada ‘de la Confederación Granadina’, que reconocía la realidad de la Nación que se venía haciendo evidente desde la Constitución de 1853 y que se caracterizaba por la autonomía de los Estados.

El sueño radical: La Constitución de 1863 fue el último intento de los liberales por establecer un sistema federal y totalmente liberal en el país. Fotografía: Constitución Política de los Estados Unidos de Colombia. 1863. Biblioteca Nacional de Colombia.

Estos jóvenes partidos reprodujeron disputas violentas por el poder y compitieron por el dominio de cada provincia, formando grupos de autodefensas campesinas que, en todo caso, el Estado central se veía impedido para sofocar por mandato constitucional y por incapacidad material. Para 1857, la profunda descentralización del Estado disminuyó los ingresos fiscales del Estado central y ello se vio reflejado en la decisión de recortar el tamaño del ejército a tan solo 500 hombres. En la práctica, los estados federales llegaron a tener más poder que el Estado central, y en casos como Panamá la ruta hacia la separación parecía inevitable.

La Nueva Granada era el centro del mundo moderno gracias a la línea del ferrocarril de Panamá, que se utilizaba para comunicar la mayor parte del comercio entre el Pacífico y el Atlántico. Paradójicamente, esta realidad benefició más a los Estados Unidos de América, que encontró en el istmo una ruta para comunicar sus dos costas, que a los habitantes del país. Esto se tradujo en una profunda influencia de los estadounidenses en la transformación de la vida en ciudades como Colón y Panamá. A pesar de ello, el Estado colombiano no obtuvo mayores beneficios de dicha condición de privilegio geoestratégico y, por el contrario, el resto de colombianos observaban impávidos cómo Washington se acercaba más a Panamá que a Bogotá.

“Las repúblicas hispanoamericanas necesitan ante todo simplificar su existencia ó su organización; aniquilar el caudillaje político; fundar la soberanía de la ley como la más conspicua fórmula de la soberanía individual y popular”

José María Samper.

Sin embargo, la tecnología apareció como un paliativo frente a la fragmentación regional del federalismo. Eran los tiempos de la navegación a vapor por el río Magdalena, una novedad que transformó la manera en que se relacionaban los ciudadanos de las diferentes provincias. Si bien la navegación por esta arteria se venía haciendo desde la Conquista a través de los bogas, estas nuevas embarcaciones acortaron los tiempos de recorrido y facilitaron la integración de algunas poblaciones andinas con las de la costa atlántica. A pesar de ello, en el resto de las provincias andinas las vías de comunicación eran precarias.

Un mapa por un tesoro

El 16 de marzo de 1891, luego de casi seis años de iniciado el proceso de definición de límites entre Colombia y Venezuela, la reina española María Cristina pronunció la sentencia arbitral. Carlos Holguín, quien presidía la República de Colombia, decidió obsequiar el más importante hallazgo arqueológico reciente a la reina: el tesoro Quimbaya, un conjunto de piezas de orfebrería que habría pertenecido al cacique indígena del mismo nombre, y que fue descubierto por un grupo de antioqueños que emprendieron una migración hacia el sur, justo pocos meses antes de la conmemoración del cuarto centenario del Descubrimiento de América.

Archivo particular.

Los exportadores intentaban obtener mayores ingresos mediante diferentes productos sin encontrar uno que permitiera definir claramente la inserción del país a la economía mundial. Solo hasta finales de siglo XIX, los exportadores renunciaron a los avatares del tabaco, la quina y el algodón, para preferir el café, un cultivo que durante el último tercio de siglo se extendió progresivamente en el país, básicamente desde la provincia de Santander hasta la cuenca del río Cauca. Mientras comenzaba a extenderse el café, otro próspero negocio florecía, aunque de manera tardía si se le compara con su desarrollo en Europa: aparecieron los primeros bancos comerciales en las ciudades de Medellín y Bogotá, principalmente, y luego de manera incipiente en Barranquilla, Bucaramanga, Cali, Cartagena y Neiva, con capacidad para emitir billetes.

Casi al mismo tiempo los radicales liberales comenzaron a perder su poder, mientras ganaba terreno el proyecto moderado de Rafael Núñez y la Regeneración, construido sobre la base de una concepción contraria al federalismo y mucho más cercana a la idea del orden y el centralismo político. En el fondo, este proyecto estaba fundamentado en la necesidad de superar las profundas diferencias que había provocado el federalismo de los radicales y buscar la cohesión social a través del restablecimiento de la religión católica como elemento clave de la identidad y las relaciones sociales de la República.

Pero todas estas transiciones no fueron pacíficas. Al igual que en gran parte del siglo XIX, los partidos políticos se seguían enfrentando de manera violenta por el control de cada provincia, y sin ejércitos profesionales propiamente dichos. Fueron los campesinos los que se armaron de rudimentarios armamentos, pensados más como herramientas de autodefensa que como instrumentos modernos para hacer la guerra.

El episodio más generalizado de violencia tuvo lugar en la llamada Guerra de los Mil Días, que arrojó como resultado la derrota definitiva de los liberales y con ello la imposibilidad de que se pudieran tomar el poder en el corto plazo. La guerra significó el triunfo incuestionado de la Regeneración y sirvió como base y hoja de ruta para la agenda que debió seguir el país durante el siglo XX. Atrás quedó el federalismo y el anticlericalismo, para dar paso a un largo periodo de centralización y del más rancio conservadurismo, y aunque la idea de construir una país más justo y liberal no desapareció, debió esperar hasta la década de 1930, cuando Enrique Olaya Herrera y Alfonso López Pumarejo asumieron la Presidencia.

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