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El día en que Bogotá ardió en llamas

Con la muerte del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, Colombia entró en una de las crisis políticas y sociales más profundas de su historia.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Machetes, palos, cuchillos y sacacorchos fueron empuñados. Sady González.

El pueblo armado

En medio del caos, miles de personas saquearon las licorerías y las ferreterías, tomando cualquier objeto que pudiera ser usado como un arma.

Era cerca de la una de la tarde. Jorge Eliécer Gaitán, acompañado por algunos amigos, salía de su oficina en el centro de Bogotá. Se disponía a almorzar con su amigo Plinio Mendoza Neira, quien caminaba unos metros atrás. De repente, sonaron tres detonaciones y Gaitán cayó al piso herido de muerte. El autor de los disparos, Juan Roa Sierra, intentó escapar mientras los emboladores de la zona gritaban: “¡Mataron al doctor Gaitán, mataron al doctor Gaitán! ¡Cojan al asesino!”.

A los pocos metros Roa fue capturado por un agente de la Policía, quien lo entró a una droguería para evitar que la multitud iracunda lo linchara. Según los testimonios de la época, uno de los empleados de la droguería le preguntó: “¿Por qué ha cometido este crimen de matar al doctor Gaitán? ”, a lo que respondió: “¡Ay, señor, cosas poderosas que no le puedo decir! ¡Ay, Virgen del Carmen, sálvame!”. Las rejas del establecimiento, hechas para evitar robos, no para resistir multitudes, solo aguantaron unos pocos embates. La multitud entró por fin y sacó a Roa para lincharlo entre patadas, golpes e improperios. Tristemente, se desencadenaba así una explosión social que destruiría buena parte del centro de la ciudad y partiría en dos la historia contemporánea de Colombia. Era el Bogotazo.

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Cadaver de Gaitán
La destrucción del tranvía
El tribuno del pueblo
Bogotá en ruinas
América en medio del Bogotazo
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  • Cadaver de Gaitán

    Cadáver de Gaitán en la Clínica Central.

    Fotografía: Sady González.

  • La destrucción del tranvía

    La multitud enardecida incendió los tranvías del centro de Bogotá y edificios oficiales como los ministerios de Gobierno y Hacienda, la Cancillería y la Gobernación de Cundinamarca.

    Fotografía: Bogotazo, Tranvía. Tito Julio Celis.

  • El tribuno del pueblo

    Gracias a sus discursos que congregaban enormes multitudes, Jorge Eliécer Gaitán se convirtió en el líder de las clases menos favorecidas. Una de sus frases era “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”.

    Fotografía: Manuel H. Rodríguez.

  • Bogotá en ruinas

    Días después del Bogotazo, cuando el gobierno pudo controlar la situación, se iniciaron los trabajos de reconstrucción que le darían una nueva cara al centro de la capital.

    Fotografía: Tito Julio Celis

  • América en medio del Bogotazo

    Los delegados de todos los países americanos a la IX Conferencia Panamericana se encontraban sesionando en el Capitolio Nacional cuando se iniciaron los disturbios en la Plaza de Bolívar.

    Fotografía: Tito Julio Celis.

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¿Qué significó la muerte de Gaitán?

La muerte de Gaitán significó el inicio de la llamada Violencia. El país vivía, por lo menos desde 1946, el recrudecimiento de la violencia partidista. De hecho, Gaitán se había convertido en uno de los principales denunciantes de la violencia de los conservadores contra los liberales, cuyos principales actos de denuncia fueron la Marcha de las Antorchas de julio de 1947 y la Manifestación del Silencio de febrero de 1948. En realidad, el asesinato de Gaitán fue la chispa que aumentó la guerra bipartidista. ¿Pero por qué?.

La respuesta tiene que ver con la frustración de una esperanza. Aunque no se puede saber si su gobierno habría colmado todas las expectativas que se tenían, lo que sí se sabe es que Gaitán representaba a un sector de la población que había sido excluido de la participación política del país. Para la época de su muerte, las masas populares solo eran importantes para las élites en los momentos de elección, pero eran poco tenidas en cuenta a la hora de gobernar. Durante la primera mitad del siglo XX, salvo las reformas llevadas a cabo por Alfonso López Pumarejo, los gobiernos no habían legislado a favor del pueblo. Gaitán, por sus actuaciones desde 1930 como abogado de casos que beneficiaban a los menos favorecidos, prometía cambiar las cosas. En sus discursos él se identificaba con el pueblo y decía que su mandato iba a ser un “gobierno para el pueblo”. Todo esto llenó de esperanza a las masas del país, que vieron en él una verdadera esperanza para salir de la exclusión a la que estaban sometidos. Por eso, ante su muerte, miles de campesinos y artesanos gaitanistas se acercaron aún más a las guerrillas para combatir un régimen que consideraban ilegítimo.

Por otra parte, el Bogotazo y los levantamientos en todo el país -lo que ha hecho que muchos no hablen de Bogotazo sino de Colombianazo- le demostraron al gobierno que esas masas que habían protagonizado el hecho tenían la fuerza para derrocarlo.
Por eso el régimen, a punta de fuego y sangre, empezó a eliminar en muchas partes del país todo lo que sonara a oposición, incluidos el liberalismo y el comunismo, con tal de prevenir una revolución popular. De esta manera, a partir de 1948, se vivió una espiral de violencia que solo se redujo en parte desde 1954, con la dictadura de Rojas Pinilla.

Caos en Bogotá

Con el cadáver desfigurado de Roa a rastras, la multitud gritaba por la carrera Séptima: “¡A Palacio…! ¡A Palacio!”. Abandonaron el cuerpo frente a las rejas del Palacio Presidencial. Allí, los soldados que protegían al mandatario, Mariano Ospina Pérez, empezaron a disparar para evitar que el pueblo iracundo ganara la entrada. Con esos tiros se iniciaba la confrontación entre las masas gaitanistas y las fuerzas del orden.

Muchos policías seguidores de Gaitán empezaron a repartir armas a la multitud, que para esas horas ya tenía machetes, palos y pistolas. Miles de personas que venían de todas las zonas periféricas de la ciudad convergieron en el centro de Bogotá y, en especial, en la Plaza de Bolívar, que se convirtió en el epicentro. Esa turba, conformada por artesanos, obreros, desempleados, mendigos y vagabundos destrozados por la muerte de su líder, quería tomar venganza. Los actos vandálicos no se hicieron esperar: las tiendas de comercio de todo tipo fueron saqueadas y otros establecimientos, como el periódico El Siglo, fueron incendiados.
Nadie estaba a salvo, ni siquiera los participantes de la Conferencia Panamericana que sesionaba en las instalaciones del Congreso. La multitud entró al recinto y sacó todo tipo de muebles para alimentar las hogueras de la Plaza Simón Bolívar. Los tranvías fueron quemados. Ospina temía por su seguridad y su vida, pues de nuevo los insurrectos se dirigieron a Palacio con la intención de tomárselo. La fuerza armada respondió a fuego el avance de la multitud.

“Ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me mata porque sabe que si lo hace el país se vuelca y las aguas demorarán cincuenta años en regresar a su nivel normal”.

Jorge E. Gaitán

Entradas las horas de la tarde, la ciudad se encontraba en llamas. Los enfrentamientos entre el ejército, las masas gaitanistas, los propietarios que defendían sus posesiones y los saqueadores habían dejado más de un millar de muertos. Para esas, la Presidencia ya había sido salvada de ser tomada por los insurrectos y el movimiento de masas había degenerado en vandalismo y anarquía.

Pero los obreros y artesanos no fueron los únicos que hicieron parte de ese movimiento que casi logra ser revolucionario. Un grupo de estudiantes, en su mayoría de la Universidad Nacional, todos ellos de tendencia liberal y comunista, se tomaron la Radio Nacional y desde allí empezaron a llamar a la revolución y a la conformación de juntas populares. En sus alocuciones, promovieron los levantamientos no solo de Bogotá sino de toda Colombia. Frases como “El movimiento del pueblo está triunfante y el régimen oprobioso de Mariano Ospina Pérez ha caído para siempre” eran utilizadas por estos muchachos para alentar a las masas. Al poco tiempo, la estación radial fue recuperada y de inmediato inició la emisión de boletines oficiales.

Las negociaciones

En los momentos en que estalló el levantamiento, el Partido Liberal tenía que tomar una decisión crucial: negociar con el Ejecutivo y conformar un gobierno de unidad nacional o realizar un golpe de Estado contra Ospina, con el apoyo de los militares. Triunfó la primera opción y de inmediato la dirigencia liberal buscó contactos con el Presidente. Luego de haberse frustrado el segundo intento de toma de Palacio, Ospina recibió a la delegación liberal. En un inicio las negociaciones se centraron en convencer al Presidente para que renunciara y así conformar un gobierno de unidad nacional, propuesta que fue rechazada de tajo por Ospina.

Mediante el Decreto 1265 de 1948, el gobierno nacional honró la memoria de Jorge Eliécer Gaitán y consagró su casa como monumento nacional. Allí funciona la Casa Museo Gaitán que mantiene vivo el pensamiento político del caudillo.

Tiempo después, Ospina abandonó el despacho presidencial y se dispuso a atender en otro salón a la cúpula del Ejército, cuyos generales consideraban que la solución a la crisis debía ser militar y no política, posición respaldada por el líder conservador Laureano Gómez. Al igual que los liberales, los generales pusieron sobre la mesa a Ospina la posibilidad de su renuncia, a lo que él respondió con un certero no. Ospina había salido victorioso de las conversaciones tanto con los liberales como con los militares: su mandato presidencial continuaba y había logrado conformar un gabinete de unidad nacional, a pesar de la oposición de Gómez. Al día siguiente, el Presidente había solucionado la crisis política. Solo quedaba pacificar a las masas, que todavía causaban estragos en la ciudad.

Discurso de Jorge Eliécer Gaitán frente a la iglesia de Jesucristo Obrero, 1946. Crédito: Luis Alberto Gaitán, Lunga. Abajo, el mismo sitio en la actualidad.

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