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El poder de las mujeres

Olvidadas por la Historia, las mujeres de la provincia de Cartagena combatieron al lado de los hombres y tuvieron que sufrir las desgracias de la guerra por defender los ideales de libertad y autonomía.

Por Adelaida Sourdís Nájera
Doctora en Historia, miembro de número de la Academia Colombiana de Historia y correspondiente de las de Cartagena, Bogotá, Barranquilla y de la Real Academia de Historia de España

Composición: La Cacica Gaitana en Neiva, Revolución en marcha en Valledupar, Antonia Santos en Socorro, Policarpa Salavarrieta en Guaduas, Munumento a las Banderas en Bogotá. Archivo Semana.

Las mujeres que con los hombres hicieron la independencia pertenecían a una sociedad en la que su papel era secundario y sumiso. “La mujer en la colonia -dice Sergio Arboleda-, era educada solo para la vida doméstica. Pasaba su existencia en un encierro semimorisco, mirando el mundo a través de estrechas celosías y no figuraba en la sociedad sino hasta que, unida al esposo, se convertía en la segunda persona de una nueva familia”. No obstante, en tiempos de la independencia, muchas abandonaron su reclusión, abrazaron la causa patriota y ofrecieron vidas, familias y posesiones para conseguir la libertad. 

Homenaje a la libertad: Una mujer, que representaba el sueño de la libertad, siempre fue una inspiración para los patriotas cartageneros. Estatua Noli me tangere, Cartagena de Indias. Fotografía de Andrés Rozo y Catalina Jiménez.

En Cartagena de Indias y su provincia las mujeres soportaron durante este periodo condiciones de extrema dureza, porque la Plaza Antemural del Reino y su provincia sufrieron el mayor castigo y destrucción por la causa libertaria que recibió provincia alguna en la Nueva Granada. Sus gentes murieron por millares o fueron arrojadas de sus hogares a un medio geográfico hostil con adversas condiciones climáticas. 

La provincia de Cartagena estaba cubierta por densas selvas húmedas, ríos, lagunas y ciénagas de clima ardiente y malsano, habitadas por innumerables plagas –mosquitos sobre todo–, fieras y reptiles. Súmese a esto las dificultades, si no la inexistencia, de los caminos, y se tendrá idea de las terribles condiciones que sufrieron los desplazados. La contribución de las cartageneras a la independencia fue ante todo el tremendo y aceptado sufrimiento por hambre, epidemias, mientras huían por montes, ríos y pantanos, para salvar a hijos pequeños o a padres ancianos, pues los maridos y compañeros estaban en el frente de batalla. Al final para muchas fueron su destino el exilio a lo desconocido, el mar en manos de corsarios desalmados y, para otras, el patíbulo. Desafortunadamente, existen pocos registros que permitan conocer sus vidas, pero con los que pocos que se conservan de Cartagena, Mompox, Barranquilla y Sabanalarga, se puede acercar que dan fe del proceso histórico.

Mompox declaró su independencia el 6 de agosto de 1810, lo que fue duramente reprimido por Cartagena que aún reconocía al Consejo de Regencia. Una expedición militar partió a castigar a la revolucionaria ciudad. Se desató entonces la primera guerra civil entre granadinos. Durante tres días los momposinos resistieron fieramente en la batalla del campo de Las Quintas, del 21 al 23 de enero de 1811. En la lucha acompañaron a sus maridos María Ignacia Vásquez Mondragón, esposa del líder Vicente Celedonio Gutiérrez de Piñeres, quien mandó a sus jóvenes hijos a que acompañaran a su padre. María Josefa Fernández de Silguero, esposa del coronel Nicolás Valest, también envió a sus hijos a la pelea. Su hermana Inés, esposa del capitán Vigil, quien posteriormente se distinguiría al lado de Bolívar, sufrió también los rigores del ataque. Petronila Germán Ribón de Jiménez, hermana de Pantaleón de Germán Ribón, ofreció sus joyas para que se utilizaran como proyectiles de los frágiles cañones. 

Declarada la independencia absoluta de Cartagena y su provincia el 11 de noviembre de 1811, estas mujeres continuaron apoyando la lucha por la libertad. Sufrieron el terrible asedio de Morillo en 1815 y fueron arrojadas de sus hogares, perseguidas por las fuerzas realistas. 

En la guerra que libró Cartagena contra la realista provincia de Santa Marta en 1812 y durante la reconquista en 1815 se dieron fuertes combates en el río Magdalena. La historia recuerda a Encarnación Larios combatiendo al lado de su marido, N. Trespalacios. Ofreció a los patriotas al hijo que le quedaba, pues otro había muerto en la lucha. El 6 de mayo de 1815, en el combate contra Ignacio de la Rus, se recuerda a Santos Larios, apodada La Manchada, quien daba fuego al cañón de proa del bongo de guerra del cual era remero su marido. Ocupada Mompox por De la Rus, las casas de Ribón y los Piñeres fueron saqueadas y perseguidos sus moradores. Las señoras Piñeres tuvieron que huir por el río. Doña Marcelina del Corral, esposa de Pantaleón de Germán Ribón, extrañada de su casa con su tierna familia pasó miseria y penalidades, fugitiva en los montes durante cinco años.

Mártir de la libertad

Eugenia Arrázola fue ejecutada por Pablo Morillo el 30 agosto de 1815 acusada de espionaje. Como ella, numerosas mujeres a lo largo de la Nueva Granada pagarían un alto precio durante la cruenta pacificación

Otra desplazada fue María Josefa Ahumada, esposa de Manuel José Tatis, natural de la Plaza Fuerte y avecindado en Sabanalarga, donde poseía una rica hacienda ganadera. Comprometido con el movimiento del 11 de noviembre, pasó a servir al ejército en Cartagena, dejando a su esposa y a cuatro hijos pequeños en la hacienda. Perseguidos por las tropas de Morales tuvieron que huir de un pueblo a otro: Sabanalarga, donde murió un chiquillo, Arroyo Hondo, Usiacurí, donde estuvieron a punto de ser degollados y finalmente la ciudad amurallada donde estaba Tatis prisionero. Eugenia Arrázola, joven que veraneaba en cercanías de Torrecilla, hacienda cercana a Cartagena donde Morillo tenía su cuartel, fue fusilada allí mismo por pasar información a los patriotas de la Plaza. María Josefa Fernández, mujer del negro Eugenio Dimas, apresado por llevar alimentos y recados a los sitiados de la ciudad, estando embarazada fue capturada con él. Dio a luz en la prisión. 

Los horrores del sitio de Cartagena son bien conocidos. Ante la imposibilidad de seguir resistiendo, los cartageneros evacuaron la ciudad. El 5 de diciembre de 1815 centenares de personas se embarcaron en una flotilla de corsarios hacia el exilio. Mujeres de todas las clases sociales con sus familias salieron en la mayor miseria. Unas murieron de hambre en playas extranjeras, como Ana Pombo, esposa de Vicente Lecuona, quien falleció en la playa panameña de Coclé. Otras, hechas prisioneras fueron devueltas a Cartagena. Fue el caso de 23 capturadas en Portobelo y regresadas, como Josefa Pombo y sus dos niñas de pecho. 

En una lista de emigrados figuran 58 mujeres. Entre ellas Ana, Rita y Juana Manuela Amador, abandonadas con sus familiares en la isla de Providencia después de robarles sus pertenencias. Salvadora Aldao, baleada cuando el buque atravesaba el fuego enemigo de Bocachica. Con ella iban su esposo y sus hijas menores Juana Teresa, Manuela, Micaela y Mercedes. María Ignacia Vásquez Mondragón de Piñeres, antes mencionada, junto con su octogenaria madre, Sebastiana Félix de Godoy de Mondragón, y sus pequeñas hijas Micaela, María de la Paz y Nicolasa Piñeres. Se unieron con sus familiares a la expedición de Bolívar hacia Venezuela. Allí les tocó la defensa de la Casa Fuerte de Barcelona en donde todas, excepto Nicolasa, fueron degolladas. Esta se salvó por creérsela muerta de un bayonetazo. Vicenta de Narváez, su esposo Germán Gutiérrez de Piñeres y sus hijos, Salvador, María de la Paz y Trinidad, murió empobrecida al igual que su marido, en Haití, donde sus hijos quedaron en la mayor miseria.

Barranquilla era una población de cerca de tres mil habitantes en 1815, puerto estratégico de Cartagena en la desembocadura del Magdalena. Atacada por las fuerzas de Valentín Capmani en 25 de abril de ese año, sus habitantes se defendieron con bravura hasta que casa por casa la villa fue incendiada. Se conservaron los nombres de siete mujeres que soportaron el asedio transportando pertrechos hasta los puestos de defensa. Fueron ellas: María Josefa Cárdenas, Benedicta Vargas, Eugenia Cantillo, Úrsula Puente, Juliana Miranda, María Josefa Gutiérrez y María Concepción Martínez.

Los nombres de estas mujeres que se distinguieron por su valor y comprometimiento con la causa de la independencia figuran en la historia, pero seguramente son las menos. Muchas debió haber cuyo recuerdo se perdió en la noche de los tiempos, ya porque no eran de ilustre prosapia, porque su origen étnico no mereció la atención de narradores y escribanos, o simplemente porque sus acciones y sufrimientos fueron siempre abnegados y callados.

La heroína de Valledupar 

María Concepción Loperena. Autor desconocido. 

Al igual que sucedió con muchas mujeres protagonistas de la independencia, como Policarpa Salavarrieta, no se conoce la fecha exacta en que nació María Concepción Loperena. Se presume que lo hizo a mediados del siglo XVIII en Valledupar. Fue hija de don Pelayo Loperena, un sargento mayor de las milicias del rey adscritas a la Gobernación de Santa Marta. Gracias a sus orígenes familiares y a su matrimonio en 1775 con José Manuel Fernández de Castro, María Concepción se convirtió en una de las personas más poderosas e influyentes de la región. Al quedar viuda, se hizo cargo de los negocios de la familia, que incluía varias haciendas. 

Hacia 1812 Valledupar, al igual que el resto de la Gobernación de Santa Marta era realista. Sin embargo, un puñado de criollos, liderados por María Concepción, abrazaron los ideales revolucionarios.

El 20 de enero de 1813, María Concepción se reunió en Chiriguaná con el Libertador Simón Bolívar, quien se comprometió a apoyar la independencia de la ciudad. María partió a su tierra natal y el 4 de febrero de 1813 declaró la independencia absoluta no solo de España sino de la provincia de Santa Marta. No obstante no duró mucho, pues un mes después Valledupar cayó bajo el poder de los realistas hasta 1819. Durante estos años María fue declarada culpable de traición y perseguida. A diferencia de otros mártires, nunca fue capturada, aunque sus bienes fueron incautados. En sus años de clandestinidad estrechó sus lazos con Bolívar, al que apoyó con soldados, mulas y caballos. En sus últimos años de vida, con sus bienes y riquezas restituidos, María impulsó la educación en Valledupar hasta que murió el 21 de diciembre de 1835.

Cartagena, mujer, Patrimonio

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