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El sitio de Cartagena

Mientras en el Caribe un pueblo luchaba por sostener el sueño de una patria, nacida el 11 de noviembre de 1811 y bautizada como Estado Soberano de Cartagena, del otro lado del mar el imperio español trataba de rescatar su grandeza perdida en manos de los franceses y recuperar sus antiguos dominios en América.

Por Moisés Álvarez Marín
Historiador, director del Museo Histórico de Cartagena


Fotografía: Fusilamiento de próceres en Cartagena 1816. Colección Museo Nacional. Obra de Generoso Jaspe.

Fusilamiento

En 1886, Generoso Jaspe, pintor especializado en recrear episodios históricos, rindió con esta litografía homenaje a los nueve patriotas cartageneros fusilados.

Desde octubre de 1813, el presidente del estado de Cartagena, Manuel Rodríguez Torices, ya lo sabía. Por eso, le envió un mensaje al presidente de la Unión para comunicarle la noticia de que a La Habana arribaron “6.000 hombres de tropa de la España, de los cuales algunos serán destinados a esta costa y se conocerá que hay motivos para recelar un próximo ataque. Cartagena tiene agotados todos sus recursos, se halla con poca tropa buena; la deserción es muy numerosa y si no se sirve tomar algunas activas providencias, tanto de la remisión de los reclutas pedidos, como para que venga a esta plaza alguna tropa veterana, nuestros medios de resistencia no serán bastante para rechazar al enemigo”. Casi un año después, en julio de 1814, Rodríguez Torices mandó un nuevo mensaje de alerta, que tampoco fue escuchado.

Del otro lado del mar, la suerte estaba echada. Desde el momento mismo de su regreso al trono, Fernando VII decidió desconocer el sagrado principio de la igualdad entre americanos y españoles, proclamada en la Constitución de Cádiz y, en cambio, ordenó emprender la primera y más cruel de las represiones militares contra sus extinguidos dominios de ultramar. Por eso, Pablo Morillo, advirtió que “si el rey quiere subyugar estas provincias, se deben tomar las mismas medidas que al principio de la Conquista”.


Trabuco oriental, arma de gran calibre y boca ancha, su disparo a quemarropa era equivalente al de un pequeño cañón.

Armamento recuperado por Morillo en Cartagena

Luego de entrar victorioso a la ciudad, Morillo se apoderó de los siguientes pertrechos:

  • 366 cañones de varios calibres y municiones
  • Más de 9.900 bombas de 7 a 16 pulgadas
  • 3.380 fusiles
  • 1.900 carabinas
  • 680 sables
  • 3.440 quintales de pólvora en barriles
  • 4.727 cartuchos de cañón de varios calibres
  • 135.800 cartuchos de fusiles
  • 200.000 piedras de chispa

Datos tomados de José Manuel Restrepo. Historia de la Revolución de la República de Colombia.

El 17 de febrero de 1815 zarparon de Cádiz sesenta embarcaciones con cerca de diez mil hombres del llamado Ejército Expedicionario, para reconquistar a la Nueva Granada y Venezuela. El 5 de abril desembarcaron en Carúpano y en isla Margarita, en las costas venezolanas. A finales de julio entró a Santa Marta sin mayores dificultades y desde allí organizó la toma de Cartagena.

Tras arrasar la resistencia que por tierra y por agua habían intentado las poblaciones vecinas a Cartagena, las tropas de Morillo iniciaron formalmente el bloqueo a la ciudad el 22 de agosto de 1815. Así fue tomando, uno por uno, los puntos estratégicos de su bahía interior, mientras rodeaba su exterior con la mayor parte de su flota desplegada desde Punta Canoa hasta el frente de sus murallas.

La toma de la ciudad tuvo cinco fases escalonadas: primera, la invasión, que fue la gran movilización de tropas por tierra y agua; segunda, el bloqueo y control de los principales puntos estratégicos de la bahía interior, que fue el sitio propiamente dicho; tercera, los bombardeos para presionar la caída; cuarta, las emigraciones por tierra y mar de los sitiados y quinta y última, la pavorosa represión después del bloqueo.

“Perecieron a manos del hambre 6.613 individuos, es decir la tercera parte de la población”.

Según el relato de Pedro Laza, uno de los que emigró el 5 de diciembre de 1815, durante el bloqueo de Morillo

La crueldad de los invasores se hizo patente desde la primera alocución lanzada por Morillo en Sabanilla, pocos días antes de su llegada, para conminar a los cartageneros a una rendición anticipada: “Pueblos de Cartagena. Vais a salir de la opresión, vuestros bienes serán protegidos, vuestras personas no serán arrancadas de los brazos de vuestras mujeres y padres… Este Ejército, del más amado de los reyes os cubre con su poder y aterrará a quien se atreva a molestaros; pero si os hacéis los sordos, si os atrevéis a volver vuestras armas contra las de Su Majestad, vuestro país será en breve un vasto desierto”. No había términos medios. A los cartageneros les esperaba la muerte segura por el hambre, por el candente fuego de los fusiles, o por el helado filo de las bayonetas.

El sitio

Para defenderse Cartagena contaba con una guarnición de 2.600 veteranos y unos mil más bisoños, apoyados por 360 cañones de diversos calibres y una pequeña flotilla compuesta por una corbeta y siete balandros y goletas. Pero, sobre todo, su gran defensa eran las murallas, esa monumental obra de ingeniería militar que la hacía una plaza casi inexpugnable. Los primeros “encuentros” como los registró el informe de los invasores, se produjeron en Malambo y Santa Catalina, en los que sus habitantes fueron físicamente arrollados. Poco después, según el relato de Lino de Pombo, para desconectar a Cartagena y aislarla de cualquier ayuda “el pueblo de Turbaco fue incendiado integralmente… al igual que las poblaciones de Ternera, Santa Rosa, Turbana y Pasacaballos”.

En fase del bloqueo a la bahía, la memoria registra la ‘Acción de Pasacaballos’ como una de las primeras, que fue realmente una emboscada a una flotilla al mando del entonces alférez de Fragata José Padilla, de la que milagrosamente se salvó pues todos sus subalternos se ahogaron. A comienzos de noviembre, los defensores perdieron la isla de Tierrabomba. Según Jiménez Molinares, ante la inminente caída de la ciudad, “Francisco Morales quemó los pueblos, inclusive el lazareto, cuyos enfermos pasó a cuchillo junto con los hombres útiles y los oficiales… La situación a fines de noviembre tomó aspectos infernales”. Pero a Bocachica la esperaba una matanza mayor unos pocos días después.

Cartagena resiste el sitio

Desde las murallas y con poca munición los soldados patriotas intentaron repeler las tropas españolas ubicadas en la bahía de Cartagena. Archivo particular.


El 11 de noviembre de 1815, asegurada Tierrabomba, quedó prácticamente blindado el cerco asfixiante sobre la ciudad. Para terminar de asegurarla, las tropas invasoras intentaron una ofensiva sobre el cerro de La Popa, que fue valientemente repelido por los defensores, en un acto que ha pasado a los anales del heroísmo cartagenero por la famosa frase de un arrojado militar patriota que, ante los gritos triunfantes de la arremetida invasora, exclamó: “No estando Piñango vivo”. Aquella pequeña victoria les dio enorme suspiro moral a los exhaustos soldados defensores y un alivio muy leve a quienes, aún atrincherados en las murallas, esperaban el milagro de salvarse.

Los bombardeos

Lino de Pombo.
Político y diplomático cartagenero que a sus 18 años fue testigo del sitio de Cartagena. Esta experiencia le sirvió para escribir su texto ‘Reminiscencias del sitio de Cartagena’.
Galería de notabilidades colombianas, José Joaquín Pérez, formada por José Joaquín Herrera Pérez, 1800. Libros raros y manuscritos Biblioteca Luis Ángel Arango.

El duro invierno de aquel año acompañó a la serie sucesiva de bombardeos entre los meses de octubre y noviembre que cayeron sobre los hambrientos habitantes como otra forma de presionarlos para que entregaran la ciudad. El general O’Leary, otro testigo de la tragedia, registró que “no será posible omitir la relación del memorable día 30 de noviembre, en cuya madrugada fue (por) segunda vez bombardeada la plaza. Tres faluchos enemigos, situados frente al baluarte de Santo Domingo, rompieron fuego a las tres y media de la mañana y lo suspendieron a las diez y media del día… habiendo introducido 299 bombas”.

¿Frente al bloqueo total, al hambre y al poderío de las fuerzas invasoras, por qué no se entregaban los cartageneros y acababan de una vez con esa pesadilla? Diversas versiones coinciden en que hasta el último momento los cartageneros se aferraron a una esperanza mayor, que era en realidad la suma de varias esperanzas: la primera, que en algún momento aparecería un ejército amigo, tantas veces solicitado a los poderes centrales, que sorprendiera por la espalda y acabara con Morillo. Y la segunda era que los salvara alguna potencia extranjera que, como la inglesa, había sido pedida a través de una misión negociadora. Entre tanto, no tuvieron más remedio que mantenerse parapetados en su defensa militar, a expensas de los cargamentos de alimentos que pudieran burlar el cerco, muchos de los cuales fueron interceptados.

Cuando cada una de las esperanzas se fueron desvaneciendo, llegó el momento crucial en que algunos defensores, como José María García de Toledo, llegaron a proponer como solución terminal que, ante la cercanía del enemigo que ya les respiraba en la nuca, volaran con explosivos toda la plaza, para borrar de un solo tajo a tirios y troyanos.

También, en la línea de las esperanzas, por los días en que los escuadrones expedicionarios comenzaban a rodear la plaza, circuló una interesante Proclama a las Mujeres Cartageneras, firmado por La Colombiana, que hablaba muy positivamente del papel de las mujeres en la independencia.

Las dos emigraciones

El hambre durante el sitio

El bloqueo a la ciudad por mar y tierra ordenado por Pablo Morillo causó una grave escasez de alimentos que debilitó a los defensores de Cartagena y facilitó la propagación de enfermedades. La situación fue descrita por Lino de Pombo, militar perteneciente a las tropas patriotas y testigo de la situación, el 11 de noviembre de 1815: “Carnes y harinas podridas, bacalao rancio, caballos y burros en detestable salmuera, perros, ratas, cueros, eran el recurso de la generalidad desvalida; y escasas dosis de arroz con camarones secos y chocolate era el de las familias acomodadas que habían salvado algo de las pesquisas domiciliarias”.

Una parte importante de los relatos sobre el sitio de 1815 se han centrado sobre la emigración por mar. Han sido publicadas, inclusive, listas completas de quienes se embarcaron en esta riesgosa aventura y hasta se ha llegado el número aproximado de los embarcados, los destinos, las duras penalidades de todo tipo que debieron sufrir. La otra, menos conocida, fue el de las personas que decidieron salir de las murallas.

“En los últimos días de noviembre eran ya tan espantosos los efectos del hambre, que sobre dos mil personas se resignaron a salir de las murallas… Más de las dos terceras partes de la emigración pereció en los alrededores de Cartagena y pocos pudieron arribar a los puestos enemigos”, relató Jiménez Molinares.

El 4 de diciembre Morillo lanzó su ultimátum: “entregar la Plaza dentro de tres días… (porque, según sus propias palabras) ni aún entre los bárbaros se sacrifica ya inútilmente un pueblo entero”. A esas alturas, ya se había sacrificado casi la mitad y faltaba aún el desenlace final.

“El pensamiento dominante en aquella hora dramática –según relata Lemaitre– fue el que resultaba preferible arrostrar los peligros y azares de una emigración marítima… Y vino la hora suprema… En 13 barcos, capitaneados, en su mayoría por corsarios… más de dos mil personas salieron por la puerta principal de la Boca Puente para lanzarse con rumbo desconocido a los azares del mar, y colmaron más allá del cupo razonable las cubiertas, las cámaras, los camarotes y hasta las sentinas de las embarcaciones…”

Los puñales de la locura

El 7 de diciembre de 1815 las tropas de Morillo entraron a la ciudad en medio del escenario apabullante de los cientos de cadáveres insepultos y de sobrevivientes a punto de morir. Entonces se inició el Régimen del Terror, que no descansaría ni daría tregua a los infelices habitantes de la ciudad ni de la Nueva Granada durante los cinco años siguientes. Como parte esencial de la reconquista, se restableció la institución del virreinato y se reactivó el Tribunal de la Inquisición.

Después de recoger los muertos y restablecer los poderes en nombre de Fernando VII, Morillo y sus comandantes pusieron en marcha todo un aparato con ciertas formalidades jurídicas y facultades muy amplias para darle fundamento para investigar hasta el último detalle cada una de las actuaciones de quienes tomaron parte activa en los hechos revolucionarios y sentenciar a muerte a los responsables.

“Para juzgar a los desgraciados patriotas –registra J. M. Restrepo– se formó el llamado Consejo Permanente de Guerra y se creó otro tribunal militar llamado Consejo de Purificación: su tarea era juzgar a los reos que no merecían la pena capital… La Junta de Secuestros fue la tercera invención de Morillo… Los bienes de todos los patriotas fueron embargados con el mayor rigor, y sus familias inocentes quedaron en la orfandad”.

Boca de puente
La legendaria entrada del corralito de piedra que otorgaba seguridad a la ciudad de los ataques piratas, durante el bloqueo de Morillo se convirtió en una trampa mortal. Boca de puente y desembarcadero del muelle de víveres. Lente de la Nostalgia II, Dorothy Johnson de Espinosa/ Fundación Fototeca Histórica de Cartagena, Banco de la República, 2006.

En esos términos se abrió el ya conocido proceso de los llamados Mártires de Cartagena: el 24 de febrero de 1816 fueron fusilados nueve de los considerados cabecillas del movimiento. Se les sindicó de ser los responsables de la muerte de más de dos mil personas, no solo por el hambre y la peste, sino que “hicieron que se apoderara de sus cabezas una especie de vértigo para que corrieran, sin conocer su error, unos contra otros los mismos paisanos, a derramar su sangre como si fueran mortales enemigos y permitían sin piedad la repetición de esas escenas crueles, en que los habitantes arrebatados de un furor funesto clavaban sus puñales sobre el pecho de sus hermanos sin saber por qué…”

Esto significa que en el extremo ya letal del pavor colectivo, casi en los límites insospechados de la demencia provocada por la zozobra desbordada, los cartageneros terminaron linchándose los unos a los otros, en una situación que ya no tiene nombre. “Después de este ruidoso proceso (el de los Mártires) –afirma otro historiador–, cayeron tantos otros, todos asesinados con sevicia, cruelmente, sin consideración a sus altas dotes intelectuales y morales, sino como perros de los que hay que huir a prisa. El garrote, la horca, la metralla, el degüello, la jaula infamante, todo al mismo tiempo y a un mismo cuerpo inanimado, sirvió para desplegar y desconocer a aquellos seres valerosos, esencias de la patria. Así se repetían las escenas de estos nuevos conquistadores”.

Si bien la mayor parte de las víctimas perecieron por cuenta de Morillo, también en sus filas hubo otras bajas que podrían merecer su mismo calificativo, como el caso apuntado por Jiménez Molinares. “Antes de que hubiera perecido el primer republicano a manos de la gente de Morillo, ya un solo hombre español había producido más de cuatrocientas bajas, sin ruido, sin lucha: las víctimas murieron llenas de gratitud y de ternura hacia su matador, José Carbonero, un residente antiguo, casado en el país y con hijos; empleado durante veinte años como enfermero en los hospitales militares, asesinó con arsénico más de 400 enfermos en los hospitales de Turbaco y Baranoa, dándoselo con las medicinas y los alimentos. Agobiado por el remordimiento, después de haber declarado espontáneamente sus crímenes, se degolló en el hospital de Sabanalarga”.

Por una de esas terribles coincidencias de la historia, Rodríguez Torices fue de una de las víctimas más visibles de la desenfrenada represión de Morillo: en octubre de 1816, ocho meses después del sitio de Cartagena, logró escapar de la capital a Popayán, donde fue apresado y devuelto a pie hacia Bogotá junto con Camilo Torres. Sus cuerpos fueron despedazados para exhibirlos en varios lugares y sus cabezas fueron dejadas por nueve días a la entrada de la ciudad, en una canasta de hierro. Al momento de su muerte, Torices tenía apenas 28 años.

Antes de fusilar a los nueve mártires de la élite cartagenera, Morillo mandó a matar a 35 personas de origen humilde. Desafortunadamente no se sabe nada de ellos.


Pablo Morillo, El Pacificador

Pablo Morillo. Pedro José Figueroa, Óleo sobre tela 1815. Museo Nacional de Colombia.

Nació el 5 de mayo de 1775 en Fuentesecas, Castilla, y en 1791 se enlistó en la Armada Real. Su primera acción de guerra fue contra la Francia revolucionaria durante el desembarco español en auxilio de Cerdeña en 1793. Más adelante, en la guerra contra Inglaterra, participó en la batalla naval de Trafalgar en 1805.

En el contexto de las luchas contra la invasión francesa, Morillo participó en la batalla de Bailén (mayo a junio de 1808), primera en la que los ejércitos españoles propinaron una fuerte derrota a los soldados de Napoleón. Luego participó en la campaña de Galicia (enero de 1809 a febrero de 1810), por la que obtuvo el grado de coronel, y continuó por tres años hostigando a los enemigos franceses, reclutando hombres, consiguiendo víveres y reprimiendo a los guerrilleros que no seguían las órdenes de la Junta Suprema que gobernaba en ausencia del rey Fernando VII.

Cuando el rey retornó al poder en 1814, la junta de generales postuló a Morillo como jefe de la expedición de reconquista de las colonias españolas de ultramar. El 14 de agosto Morillo llegó a Cádiz, y el 17 de febrero de 1815, como teniente general en jefe del Ejército Expedicionario, zarpó al mando de un poderoso ejército: luego de bloquear y asediar la ciudad por más de cien días.

Inició la Pacificación sembrando de terror a los patriotas. Su participación en la guerra concluyó el 25 de noviembre de 1820, con la firma de los ‘Acuerdos de Suspensión de las Hostilidades y Regularización de la Guerra’ con Simón Bolívar, y con el encuentro en Santa Ana, Venezuela, entre los dos comandantes dos días después. Morillo murió el 27 de julio de 1837.


Los mártires

El 16 de febrero de 1816, el Consejo de Guerra, finalizó el proceso en contra de nueve criollos cartageneros por insurrección. Su veredicto fue implacable:
“Todo bien examinado, el Concejo (…) ha condenado y condena a los referidos Manuel del Castillo y Rada, Martín José de Ayos, José María García de Toledo y Miguel Díaz Granados, a la pena de ser ahorcados y confiscados sus bienes por haber cometido el delito de alta traición (…) y condena el Concejo a Manuel Anguiano a ser pasado por las armas, por la espalda, precediendo (…) y finalmente condena a José María Portocarrero a la misma pena de ser ahorcado, y confiscados sus bienes”

Tomado de Leimaitre Eduardo, Historia general de Cartagena.


Postal conmemoración centenario 1911 con mártires. Archivo particular.

Cartagena, Pablo Morillo

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