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La atracción de las haciendas

Los hacendados de la Nueva Granada, al contrario de otras colonias, no fueron tan poderosos y tuvieron que disputarse los mercados con campesinos libres.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Campesinos viajando en la Sabana de Bogotá: Auguste Lemoyne. 1835. Colección Museo Nacional de Colombia.

Un propietario de una casa de campo en las cercanias de Bogotá se prepara para montar a caballo. José Manuel Groot. 1835. Colección Museo Nacional de Colombia.

La historia agraria durante el periodo de la Colonia estuvo conformada por dos elementos que marcaron no solo el destino de la agricultura en ese periodo sino el de la historia del país.

Por una parte, los españoles impusieron en los nuevos territorios la dieta alimenticia europea, basada en cereales, carnes y azúcar. Para obtener estos productos la Corona impuso el modelo de grandes unidades productivas, que en un principio fueron las encomiendas y posteriormente las haciendas. Este modelo coexistió con los cultivos de los indígenas, que cosechaban principalmente maíz, papa y otros tubérculos.

Si bien las mejores tierras de la Nueva Granada fueron acaparadas por las haciendas, estas no terminaron por controlar la oferta de alimentos en el Virreinato. A la postre, tuvo que competir con la que se originaba en los resguardos y pequeñas propiedades. Por ejemplo, en Tunja y en las provincias de Santafé, Popayán y Antioquia los hacendados terminaron por permitir que peones, aparceros, concertados y arrendatarios explotaran parte de sus tierras para poder subsistir. A diferencia de lo que pasó en Cuba, México o Perú, entre otros países, donde las haciendas controlaban la oferta de alimentos y la mano de obra, en la Nueva Granada eran varios los actores que abastecían a las ciudades y controlaban la mano de obra.

En últimas, las haciendas en la Nueva Granada terminaron por ser, comparativamente con las de Hispanoamérica, pequeñas y medianas unidades productivas. Y a diferencia de las de otros Virreinatos, destinaba su producción al mercado interno, mientras que otras, como las de Venezuela o Cuba, producían azúcar, cacao, café o añil para enviar a la metrópoli.

El impacto de la guerra
Antes de la Independencia, en las haciendas de Casanare se sacrificaban 350.000 reses al año. Para 1821 la cifra se redujo a 50.000.

La plantación, una unidad productiva intensiva en capital, fuerza de trabajo y orientada a los mercados externos, tampoco estuvo presente en la Nueva Granada. Esto porque su zona Caribe, la más propicia para desarrollar este modelo, no contó con ninguno de esos elementos y además los capitales estaban orientados a explotar el oro, y no la incierta producción agraria.

Las otras barreras que tuvieron las haciendas para crecer como en otros Virreinatos fueron la geografía fragmentada, las dificultades de comunicación y la riqueza ambiental de cada provincia, que permitió cultivar localmente los productos necesarios para satisfacer las necesidades de esa población. Fue así como las haciendas quedaron limitadas a abastecer a las poblaciones cercanas, en donde competían con los productos de las pequeñas propiedades.

Si bien las haciendas de ganado dominaron en los valles del Cauca y Neiva, en las provincias del Caribe y en los Andes orientales existieron variantes según la zona. Un ejemplo de esto son las haciendas del Socorro, Vélez y Girón, donde cultivan caña de azúcar, plátano y maíz, y las haciendas de Pamplona, Tunja y Santafé, productoras de harina.

Una finca en tierra caliente. Diseño de É. Bayard. Charles Saffray, Voyage à la Nouvelle – Grenade. En: Le Tour de monde. Paris, Librería Hachette, 1869, p. 105. Biblioteca Nacional.

diferencia de poder

Mientras que las haciendas de Cuba o Venezuela estaban destinadas a surtir el comercio internacional, las de la Nueva Granada apenas abastecían el mercado interno.

Por otra parte, las haciendas de los jesuitas de los Llanos Orientales y en parte de las selvas del Orinoco, empezaron a ser rematadas a raíz de la Pragmática Sanción del rey Carlos III, que los expulsó del territorio en 1767. Si bien estas haciendas eran principalmente ganaderas, también hicieron lozas, mantas, pieles, especias o resinas naturales que enviaban a Santafé de Bogotá.

En las gobernaciones de Popayán, Cartagena, Neiva y Antioquia, así como en Mariquita y Tunja, las haciendas que estaban en manos de la Compañía de Jesús también fueron rematadas. Su producción agrícola y pecuaria, bajó ostensiblemente y, en algunos lugares, desapareció.

En definitiva, el limitado poder de los hacendados en la Nueva Granada hizo que en esta colonia no pasara lo que en muchas otras, en las que los señores de la tierra terminaron siendo en la República los señores de la guerra y por extensión de la política, convertidos en caudillos. En contraste, en el territorio que se convertiría en Colombia el poder residió en las ciudades y el campo estuvo siempre supeditado a las iniciativas urbanas.

Una arquitectura para el campo

Construcción de muros en Colombia. J.Brown delin., J.M. Castillo Pinx. Acuarela. Royal Geographical Society, Londres. Tipos y Costumbres de la Nueva Granada. Fondo de Cultura Cafetero. 1989.

El estilo arquitectónico de las haciendas está inspirado en las grandes casas del sur de España, que abarcan oratorios, trapiches y ramadas alrededor de un patio central, pero adaptado a la geografía del territorio neogranadino. De ese modo, se trata de construcciones de grandes espacios y balcones, cuyo objetivo es agradar la vista con los paisajes y hospedar a los propietarios durante largas estancias.

Las construcciones están influenciadas por el clima. En las zonas cálidas, las fachadas principales miran hacia el Norte o hacia el Sur, con el fin de obtener sombra la mayor parte del día. En climas fríos, en cambio, se alarga el frente de las haciendas de occidente a oriente. En estas, los espacios internos no se diferencian unos de otros, a excepción de las haciendas más grandes, que separan las zonas de alimentación, servidumbre y esparcimiento de las estancias para dormir.

Los esclavos de las haciendas del Cauca, del valle del Magdalena y de la costa representan la mitad de las expensas. Las habitaciones de los esclavos o peones son bohíos hechos de barro alisado, techo de paja, paredes de bahareque, puertas de madera y pisos de tierra pisada cubiertos con esteras de cabuya. Estas pequeñas cabañas significan para los hacendados un costo mínimo, al igual que las herramientas de uso cotidiano, como machetes, azadas, barras y cavadores. La tecnología agrícola empleada no se ha transformado en 200 años: la tierra se abonaba con excrementos de animales y se labraba a mano, mientras que el riego solo se utilizó en las haciendas de cacao y de caña.

el poder de la tierra

En las zonas rurales las haciendas fueron el centro de la organización social, y muchas veces político, de las provincias.

En las últimas décadas del siglo XVIII algunas familias se establecieron alrededor de las haciendas. Este hecho dio lugar a nuevas relaciones de los hacendados con los pobladores libres, entre ellos, el agregado, el cosechero, el arrendatario o el terrazguero, así como a otras modalidades de servidumbre, como el colonato (por el cual una persona si bien podía casarse y conseguir bienes, necesitaba del visto bueno del terrateniente para venderlos). Todas estas personas conformaron pequeñas parroquias o viceparroquias.

Los límites de los caseríos eran las orillas de las ciénagas, los montes y los bosques típicos de cada zona climática, en los que alternaban las pequeñas cosechas de hortalizas con la cría de marranos. Allí se agrupaban según su estatus: de un lado, los mulatos libres y los mestizos y, del otro, la población esclava. Este patrón de poblamiento dominaría en varias zonas del Virreinato.

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