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La ciencia en Colombia en 200 años de vida republicana

Luego de algunas iniciativas e hitos científicos de corta duración, desde mediados del siglo XX se consolidaron algunas instituciones científicas en el país. Sin embargo, hace falta un mayor compromiso estatal en cuanto a la financiación de este sector, y una mayor coordinación con las universidades e institutos privados dedicados a la investigación científica.

Por Moisés Wasserman
Bioquímico y exrector de la Universidad Nacional de Colombia


Fotografía: Trabajadora de la Unidad de Recursos Genéticos del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), ubicada en la ciudad colombiana de Palmira. 2009. Carlos Ortega. EFE.

La Expedición Botánica

La mayoría de los científicos republicanos que participaron en este proyecto para estudiar las riquezas naturales y mineras del país, fueron asesinados en la reconquista de Morillo. Si ellos hubieran participado en la construcción de la Nación, el papel de la ciencia y la educación hubiera sido diferente.
Crédito: Aristolochia. Dibujo de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. Jardin Botánico de Madrid.

Durante los 200 años de vida republicana en Colombia son pocos los momentos especialmente críticos en el desarrollo de la ciencia en el país, sobre todo en su construcción institucional y en su abordaje como una actividad profesional y no como una afición. Aquí me atreveré a interpretar esos momentos y algunas de las circunstancias que han condicionado, generalmente en forma negativa, ese desarrollo.

Los hechos que describo son en gran mayoría tomados de las descripciones que diversos autores como Olga Restrepo, Jorge Arias de Greiff, Luis Carlos Arboleda, Gabriel Poveda Ramos, Emilio Quevedo, y otros, recogieron en la Historia de la ciencia social en Colombia 1 producida por Colciencias.

Son hechos bastante bien establecidos y documentados por esos autores, profesionales de la historia, quines han hecho una excelente labor de búsqueda y recuperación en los archivos de la Nación. No se debe esperar entonces encontrar en este texto ninguna gran novedad; lo único que podría tener algo de original es la escogencia de aquellos momentos que me parece ejemplifican la problemática colombiana y por supuesto su interpretación, que espero no sea abusiva.

1er Momento- La independencia

Muy extensamente se ha estudiado la época precedente a la declaración y la guerra de la independencia y en ella sin duda la labor de Mutis y de su grupo de discípulos. Sin embargo, hay visiones diferentes y encontradas sobre él Y no es sorprendente, porque era un hombre lleno de paradojas y contradicciones a veces de difícil conciliación.

Fue médico pero prefirió la cátedra de matemáticas y la enseñanza de Newton, aunque no era muy fuerte en la materia, se le encomendó una empresa de ciencia aplicada pero su gran éxito estuvo en la ciencia básica su visión se centraba en la ciencia europea y generó un movimiento de construcción de ciencia americana, era un buen súbdito español pero infundió autoconfianza en sus discípulos criollos estaba muy lejos de ser un revolucionario político y construyó a su alrededor un grupo que promovió la independencia de la Nueva Granada. Posiblemente, esas paradojas se explican porque sí fue un innovador (al menos localmente) en ciencia y en pedagogía. Porque promovió el método científico basado en la duda metódica y porque combatió la enseñanza escolástica del Trivium y el Cuatrivium y promovió, en cambio, una basada en la indagación y la investigación.

José Celestino Mutis: Este médico español, introdujo al país el método científico y conformó un grupo de jóvenes criollos que luego participaron activamente en el proceso de independencia.

En ese momento y en ese círculo, aquello no podía dar ningún resultado diferente al que dio: gente inteligente educada en el desenvolvimiento de sus propias capacidades y con la premisa verdaderamente interiorizada de que la duda es el fundamento del conocimiento, y que, necesariamente, tenía que buscar la independencia en ese momento histórico, que fue también el arranque de la ciencia colombiana.

En realidad, como lo señalan algunos de los historiadores de la ciencia antes mencionados como Luis Carlos Arboleda y Gabriel Poveda Ramos, se trataba más de un proceso de difusión de la ciencia europea que de verdadera generación de conocimientos. Seguramente la excepción fue Francisco José de Caldas, quien adelanto desarrollos propios, a veces, adelantó muy imaginativos, aunque siempre temía que por la falta de comunicación con la metrópolis estuviera repitiendo sin saberlo cosas ya hechas “¡Qué suerte tan triste la de un americano! Después de muchos trabajos si llega a encontrar alguna cosa nueva, lo más que puede decir es: no está en mis libros”.

Sin embargo el ambiente era de un gran respeto por la ciencia y enormes esperanzas de lo que podía lograr. Ese respeto estaba necesariamente ligado un fuerte deseo de independencia política. Alexander von Humboldt describía así la atmosfera de la época: “En todas partes oigo hablar de la nueva filosofía, como se denomina aquí a la enseñanza de la moderna física, mecánica y astronomía. La juventud americana se halla impulsada por un movimiento intelectual profundo que ni siquiera se conoce en España. Aquí todo el mundo se queja del yugo de la Iglesia y del absurdo escolástico y quiere liberarse de las ataduras que los peripatéticos tratan de poner a la razón. En vano se prohibió a los profesores de las escuelas superiores la enseñanza de esta nueva filosofía puesto que la juventud la estudia por su cuenta”.


Instrumentos astronómicos utilizados en la Expedición Botánica. Colección del Museo Nacional de Colombia.


Francisco José
de Caldas: Llamado el “Sabio” Caldas, realizó inventos propios como el hipsómetro, un instrumento para determinar la altitud según el punto de ebullición del agua. Constancio Franco Vargas. Francisco José de Caldas. Ca. 1880. Colección del Museo Nacional de Colombia.

Y qué fue de las figuras líderes de esta generación de científicos o de admiradores de la ciencia: Don Francisco José de Caldas, astrónomo, fue fusilado el 29 de octubre de 1816; Don José Joaquín Camacho, botánico, fue ejecutado el 31 de agosto de ese año; Don José María Carbonell, secretario de la Expedición Botánica, fue ejecutado el 19 de junio; Don Jorge Tadeo Lozano, zoólogo, fue ejecutado el 6 de julio; Don Sinforoso Mutis, botánico y sobrino de José Celestino, fue condenado pero se le otorgó perdón; Don Miguel de Pombo, botánico, fue ejecutado el 12 de octubre; Don Enrique Umaña, minerálogo, se separó de la posición del grupo y fue nombrado posteriormente funcionario del Real Servicio, y Don Francisco Antonio Zea, botánico, se exilió en Europa. Más tarde fue vicepresidente de la Gran Colombia y embajador en Francia, donde tuvo una importante acción en ciencia, pero murió tempranamente para la República, en 1823.

Es pues un hecho notable la exterminación de prácticamente todos los científicos republicanos antes de la consolidación y construcción de la República. Mientras que en los Estados Unidos personajes como Franklin y Jefferson participaron en la independencia y en la construcción temprana de ese nuevo Estado democrático y de avanzada, en Colombia esa generación de jóvenes, que tenía a la ciencia como su guía filosófica principal y como fundamento de sus aspiraciones independentistas, fue eliminada en forma sistemática. No es demasiado arriesgado imaginar que si esas personas valiosísimas hubieran tomado parte en la configuración de la Nación colombiana, el papel de la ciencia y de la educación en ella hubiera sido diferente.

Afirmaba Florentino Vezga el historiador: “El suelo neogranadino era ya un gran desierto: la guerra, los patíbulos y el destierro no habían dejado en su ancha superficie casi ningún hombre notable por e l talento y las armas. De los pocos habitantes que tenía en 1810 la Nueva Granada habían perecido 2.500 hasta 1818 y estos eran la flor del espíritu, del valor y del patriotismo”

2.° Momento – Los primeros años de la República

En esta época confusa y tormentosa se dieron unos hechos que por un lado muestran unos primeros intentos por promover la ciencia e implantarla en la institucionalidad colombiana, y por otro lado dejan ver algunos de los principales problemas que están en las bases de su desarrollo deficiente en el país.

Se esperaba que hubiera grandes transformaciones en la educación y el fomento de las ciencias, y, efectivamente, el general Santander en su vicepresidencia de la Gran Colombia dio pasos contundentes en esa dirección. Creó colegios en todas las regiones del país, algunos que funcionan hasta el día de hoy. Fundó las universidades centrales de Caracas, Quito y Bogotá, la Universidad del Cauca y la Academia Nacional y construyó un nuevo edificio para la Biblioteca Nacional. Sin embargo, lo sabemos bien, todos esos esfuerzos fueron revocados en medio de las tensiones de poder de los primeros años y cancelados definitivamente con su exilio después del atentado contra Bolívar la noche septembrina.

Me detendré un poco en una gran empresa que por encargo de Santander fue liderada por Francisco Antonio Zea cuando era embajador plenipotenciario en París: la organización del Museo de Ciencias Naturales y la Escuela de Minería 5. Ya el mismo Zea estando en París en 1802 había elaborado un ‘Proyecto para la Reorganización’ de la Expedición Botánica”. Los planteamientos que había hecho en el pasado le parecieron más que adecuados para la República aunque se hubieran proyectado para una colonia. Concibió el Museo de Ciencias Naturales teniendo en mente el Museo de Historia Natural de París. Con la ayuda y consejo de Humboldt, Arago y Cuvier contrató a cuatro franceses y a un peruano:

Mariano Rivero. Ingeniero de minas y químico de la Escuela Real de Minas de París, fue encargado de la organización y dirección de la Escuela de Minas y del Museo de Historia Natural. En Europa debía construir una colección mineralógica y adquirir un laboratorio químico y una biblioteca de ciencias naturales. Se le fijó un sueldo igual al del vicepresidente Santander ($4.000 al año) y un presupuesto de $3.000 para las compras.

Jean Baptiste Boussingault. Químico e ingeniero de minas, fue contratado por cuatro años. Su tarea consistiría en establecer cátedras de mineralogía y de química.

Francois Desiré Roulin. Médico, fue contratado por seis años. Debía establecer las cátedras de Fisiología y Anatomía Comparada y era responsable de la instalación del museo.

Jacques Bourdon y Joustine-Marie Goudot. Taxidermistas, contratados por seis años para la preparación de la colección del Museo. Bourdon era especialista en entomología y Goudot, en ictiología.

Los cinco llegaron a Bogotá en mayo de 1823, cuando se integró a ese equipo José María Céspedes, sacerdote colombiano, doctor en teología y naturalista apasionado, quien se encargó de establecer la cátedra de Botánica.


La ciencia y la nueva república: Bajo la iniciativa de Santander se organizó una Escuela de Minería con la convicción de que las ciencias naturales eran necesarias para el progreso agrícola y comercial del país. Sin embargo, se ignoró el legado de Mutis y sus discípulos. En las fotos: Instrumentos astronómicos de la Expedición Botánica.


El decreto que organizaba el Museo de Ciencias Naturales y la Escuela de Minería empieza mostrando una de esas situaciones que, como ya señalaba, han causado reiterativamente problemas en el desarrollo científico. Partía de la presunción de la inexistencia de una tradición de investigación previa y del desconocimiento de esfuerzos que antecedieron a la nueva y loable iniciativa. Comienza así el decreto: “Teniendo en consideración: primero: que al paso que han sido ignoradas en estas regiones opulentas las ciencias naturales, por una consecuencia precisa de la mala administración de su anterior gobierno, son absolutamente necesarias para el adelantamiento de su agricultura, arte y comercio, que son las fuentes productoras de la felicidad de los pueblos; y segundo: que ha venido ya la feliz oportunidad de que la república pueda promover y difundir las referidas ciencias naturales”. Es decir, un sorprendente desconocimiento de la Expedición Botánica y de ese grupo de próceres que hacía apenas unos siete años habían sido ejecutados.

Tal era el olvido (o la falta de reconocimiento) de la Expedición Botánica que Boussingault afirmó que era una fortuna que su colección habría sido llevada a Madrid, pues de otra forma se habría perdido.

El 4 de julio de 1824 se abrió el Museo de Historia Natural en la antigua casa de la Expedición Botánica en un acto al que asistió el vicepresidente Santander. Pero después de eso se hizo evidente otro de los grandes problemas que en Colombia han atentado contra el desarrollo de la ciencia: una gran diferencia entre el discurso político y las acciones presupuestales necesarias para hacerlo realidad.

Apenas un año después de iniciado, el gran proyecto Rivero estaba donando una cuarta parte de su sueldo para su sostenimiento. Se creó un impuesto sobre los oros que se amonedaban (qué coincidencia con nuestras solicitudes actuales y permanentes de adjudicación de un porcentaje de las regalías a Ciencia y Tecnología) pero la presión de los interesados hizo que se aboliera en 1825. Y el presupuesto fue descendiendo de $9.200 en 1824 a $6.600 en 1826, a $4.900 en 1827, a $1.800 en 1828 y a apenas $900 en 1833.

Con el retiro de Rivero en 1825 empezó a desintegrarse el equipo, el museo se convirtió en un depósito de curiosidades, la flora y el herbario que reunió Céspedes se perdieron. En 1837 se vendió la casa y el museo se trasladó a un cuarto en la Secretaría del Interior y de Guerra y en 1845 a un local en el Colegio de San Bartolomé.

Este momento breve, que fue pensado por un verdadero estadista para generar un impacto modernizador importante, fue un fracaso debido a vicios que se han convertido en constantes de nuestro quehacer científico. El primero de ellos, la reversión de actos bien pensados con decisiones basadas en impresiones personales sin profundidad ni reflexión. El segundo, el desconocimiento de lo que se había hecho anteriormente, lo que llamamos ahora jocosamente el complejo de Adán, que condena a abandonar logros e iniciar reiteradamente las empresas en un esfuerzo sisífico. El tercero, la incapacidad para convertir las decisiones en hechos sostenibles a término largo con sustento presupuestal: un divorcio entre los discursos y los hechos.

3er Momento.- La Comisión Corográfica y la Universidad Nacional de colombia

Agustín Codazzi (1848). Atribuido a Ramón Torres Méndez. Colección del Museo Nacional de Colombia.

A mediados del siglo XIX la ciencia se encontraba en un estado de verdadera postración. Iniciativas bien intencionadas y con visión se habían visto frustradas en la realización misma y como resultado de conflictos políticos y personales. Esa sensación de frustración, la necesidad de círculos intelectuales y políticos para entender la Nación que estaba en gestación y sus potencialidades y por último el carácter federalista del radicalismo, con su acento en la diversidad y heterogeneidad de las regiones, produjeron un ambiente propicio para que se pensara en un gran proyecto de adquisición de conocimiento sobre todo el país.

Sin duda en el círculo de intelectuales de la época influyó grandemente el rescate de escritos y pensamientos de Francisco José Caldas, quien en su obra Estado de la Geografía del Virreinato de Santafé con relación a la Economía y el Comercio hacía un gran énfasis en el conocimiento de la geografía como base del desarrollo político y económico de una Nación.

La cartografía era además un asunto de primordial importancia en la definición de las fronteras físicas. Era importante identificar los recursos físicos y facilitar su explotación. Así mismo, se buscaba la forma de animar mercados interiores y exteriores y para eso se había puesto en marcha un plan de construcción de vías de comunicación.

En esas circunstancias se constituyó por el Estado, en el gobierno de José Hilario López, la Comisión Corográfica que funcionó entre 1850 y 1859 con el fin de explorar el territorio nacional. Fue a la vez heredera de la Expedición Botánica pues asumió la continuación de algunas de sus labores, pero con un carácter diferente que, más de acuerdo con las necesidades políticas y económicas del momento, se proponía un redescubrimiento del país, una descripción e inventario de sus riquezas físicas y humanas y una cartografía que facilitara el desarrollo.

Agustín Codazzi.

Militar, geógrafo y cartógrafo, participó en las guerras de independencia donde obtuvo gran conocimiento del territorio de Colombia y Venezuela, dirigió los trabajos para la elaboración del “Atlas Geográfico e Histórico de la República de Colombia”.

Se nombró como director de la comisión al ingeniero y coronel Agustín Codazzi. Era un hombre práctico sin aureola de sabio, muy eficiente en sus realizaciones. Por la época había aceptado una oferta del general Mosquera para trabajar de geógrafo en el Colegio Militar (que por cierto tuvo una muy breve duración). Fue un militar y participó en la guerra de independencia, pero tenía muy clara la importancia de la tarea que se le encomendaba. En su contrato anexó una cláusula que decía: Si hay trastornos políticos no estaré obligado a tomar las armas, ni nadie podrá distraerme de mis obligaciones científicas, no porque tema perder la vida sino perder el tiempo. Sus esfuerzos fueron definitivos para mantener la empresa funcionando incluso en sus peores momentos y amenazar con el retiro por falta de recursos, e incluso salir a expediciones sin ellos. Murió en una expedición a la Sierra Nevada de Santa Marta. Otros miembros de la Comisión terminaron el Atlas de los Estados Unidos de Colombia y más tarde el Atlas geográfico e histórico de la República de Colombia.

La investigación social fue responsabilidad de don Manuel Ancízar. Intelectual, comerciante y funcionario de los gobiernos radicales (Secretario de lo Interior y de Relaciones Exteriores) y posteriormente nombrado rector fundador de la Universidad Nacional de Colombia. Su temor por una falta de apoyo claro a la Comisión se ve en la siguiente cita: “Nuestra situación no puede ser más desamparada y desagradable; y si el gobierno no establece bien claramente el carácter de la Comisión y los deberes perfectos de las autoridades locales para con ella, nos entregará a la merced de los caprichos y necedades de cuanto lugareño descortés, sea Alcalde y Jefe Político, y nos pondrá en el caso de no poder cumplir nuestros compromisos o lo que es lo mismo, de renunciar a la Comisión antes de quedar por badulaques”.


Mesa de Herve, Ruíz, Tolima, Santa Isabel y gran cráter. Provincia de Córdoba. Henry Price. 1852.
Colección de la Biblioteca Nacional de Colombia.


La Comisión Corográfica

Con el objetivo de facilitar el desarrollo del país, mediante el estudio de sus riquezas físicas y humanas, la Comisión Corográfica intentó establecer cuáles productos agrícolas tendrían ventajas comparativas en su exportación.

Esas afirmaciones, así como la anterior de Agustín Codazzi, mostraban las dudas de los miembros de la Comisión sobre el apoyo que esta iba a recibir del gobierno y de los funcionarios locales. Dudas muy sustentadas, por cierto, en una gran indiferencia e incomprensión por los asuntos científicos.

Un ejemplo notable de esta incomprensión es el caso del geólogo alemán Herman Karsten, quien trabajó en la Comisión acompañando en sus expediciones al botánico José Jerónimo Triana, pero sin formar parte oficial del equipo porque no había recursos para contratarlo. Así, cubrió él mismo sus gastos y publicó en Berlín y en alemán la Geología de la antigua Colombia Bolivariana: Venezuela, Nueva Granada y Ecuador que tenía la primera interpretación geológica de los Andes y el primer mapa geológico y estratigráfico de Colombia. Se le encargó tardíamente un informe en castellano por el cual se le pagó la suma de $1.000 y que finalmente se perdió.

Por otro lado, entre 1850 y 1861 ocho mensajes presidenciales al Congreso, así como siete informes de la Secretaría de Relaciones Exteriores y once de la Secretaría de Gobierno se refirieron a los trabajos de la Comisión. Muy claramente se nota otro de los grandes problemas en el desarrollo de nuestra ciencia: una brecha muy grande entre el discurso oficial y las acciones que lo llevan a la realidad. El caso de Karsten es notable en ese sentido: se organiza la Comisión completa con expediciones de alto costo y no hay los recursos para adicionar a alguien que está dispuesto, en la misma expedición, a hacer un estudio en profundidad de la geología del país. Siempre faltando el centavo para completar el peso.


Mapa de Agustín Codazzi. División de Archivo y Registro. Universidad Nacional de Colombia.


Mapa de Agustín Codazzi

Uno de los propósitos de la Comisión Corográfica fue ayudar a la definición de las fronteras, para así poder luego administrar y controlar el territorio nacional.

Otra limitación muy grande en la concepción de la Comisión fue su carácter transitorio. Duró algo menos de 10 años, y cuando se obtuvieron los resultados inmediatos se disolvió. No se pensó que estos esfuerzos debían ser continuos y permanentes, no se vio la necesidad de generar una escuela de pensamiento o una línea de investigación. Aquello que en su concepción inicial parecía ser una empresa para conocer y definir la Nación se convirtió en un esfuerzo limitado a la obtención de unos resultados inmediatos útiles para la coyuntura.

El espíritu y las inquietudes de un grupo élite de colombianos se vieron reflejados en varios intentos de institucionalización de la ciencia en la época en la que se concibió y funcionó la Comisión Corográfica. Con un decreto de 1847, el general Mosquera creó un Instituto de Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas que tendría tres secciones. En Bogotá, la principal y las seccionales, en Cartagena y Popayán. Se le asignó al Instituto el manejo del Observatorio Astronómico, el gabinete de Historia Natural y el Laboratorio Químico. Sin embargo el Instituto no funcionó porque no se le dieron las condiciones materiales mínimas para que lo hiciera.

Las políticas cambiaban de gobierno a gobierno, más aún si el cambio era de partidos o grupos políticos. Esto está muy posiblemente detrás de la falta crónica de institucionalización de la ciencia y la educación superior. El Colegio Militar que oscilaba entre énfasis en formación de ingenieros militares y civiles fue fundado y cerrado tres veces en pocos años (1848-1854, 1866-1867, 1883-1885). Los liberales reemplazaron el Colegio Militar con un Conservatorio Nacional de Ciencias y Artes al cual le trasladaron gran parte de las responsabilidades del Colegio que a su vez las había recibido del Instituto (es decir el Observatorio Astronómico, el Laboratorio de Química, el Gabinete de Historia Natural, etc.).

Desde el siglo XIX las actividades científicas fueron vistas como un lujo que no debía ser financiado por el Estado, por lo cual sólo se consolidó una institucionalidad científica desde finales de la década de 1960.

En 1856 se creó el Liceo Granadino, que tenía una amplia gama de estudios en las ciencias humanas, sociales y naturales, y en las artes. Un año después se fundó la Academia Nacional, que tenía como principal objetivo el estudio de la historia y la lengua, pero no únicamente ellas pues también le competían ciencias y técnicas. En 1859 se fundó la Sociedad de Naturalistas con 12 secciones en las diversas ramas de la ciencia, casi el mismo número de sus socios. Pero la sociedad no contó con apoyo oficial y pronto dejó de existir.

En este caso nuevamente se ven iniciativas de muy corta duración. Instituciones que no se consolidan por falta de definiciones claras, por cambio en los gobiernos y, en este caso, también por una situación política inestable (la guerra de 1860 a 1861) y posiblemente por el hecho de que la actividad científica no era el principal interés de los socios.

Este hecho señala otro de los factores que han condicionado el poco éxito de la Ciencia en Colombia: la dependencia de las grandes empresas en una persona apasionada y no en una institución consolidada.

En ese momento histórico surgió una institución duradera y sólida contraria a las demás descritas: la Universidad Nacional de Colombia. Su primer rector, don Manuel Ancízar, había sido responsable de los estudios sociales de la Comisión Corográfica. Tenía una mente preclara, visión de futuro, conocimientos amplios sobre lo que pasaba en otros lugares del mundo. Eso, pero seguramente más la necesidad apremiante de un centro educativo republicano del más alto nivel y de gran autonomía pueden ser las razones para que este esfuerzo sí haya perdurado hasta nuestros días.

La Universidad, fundada por los radicales en el régimen federalista de los Estados Unidos de Colombia, no podía ser una Universidad Central. Su carácter nacional lo garantizaba la visión amplia y de futuro, y la obligatoria participación de las regiones. En su mismo acto fundacional se establecieron dos becas para estudiantes de cada uno de los nueve estados de la unión. Es decir, el 40% de los estudiantes iniciales habían sido escogidos con un criterio regional pero con conciencia de identidad nacional. En palabras del mismo Ancizar: “Los estudiantes habrán de aprender que la patria es algo más grande que el hogar doméstico y el nativo Estado”.


Santa Rosa de Osos tal como se veía en la segunda mitad del siglo XIX, acuarela sobre papel, 16×24,8 cm. 1852. Biblioteca Nacional de Colombia, Colección Comisión Corográfica. Henry Price (1819–1863)


No fueron fáciles los inicios. En los Anales de la Universidad Nacional en 1869 se queja Ancízar del impacto de presupuestos insuficientes, así: “Con todo no habrá exageración en decir que lo más sensible fue la eliminación de la Escuela de Artes y Oficios, cuyo planteamiento exigía un gasto extraordinario de 24.000 pesos en disponer los salones para talleres-modelos y la compra de maquinarias y herramientas; gasto de que el país se indemnizaría con ganancias indefinidas mediante la instrucción teórica y práctica de los artesanos y la consiguiente mejora de los procedimientos en la producción que traería por resultado la baratura de los artefactos perfeccionados. Lejos de llegar a este deseado punto, que sería también la solución natural de ciertas dificultades sociales hubo de suprimirse aquella escuela trasladando a la de Literatura y Filosofía los alumnos que en ella estudiaban”.

La primera renuncia de Manuel Ancízar es muy significativa. Muestra su carácter profundamente liberal, pero deja ver aún más las dificultades de una institución que desde sus comienzos debió defender su autonomía ante embates internos y externos. Renunció por la decisión del Senado de imponer textos “que realicen una intención política, prescindiendo de los resultados científicos”. Estos textos estaban basados en la filosofía radical de la época que por demás Ancízar compartía, pero para él la defensa de la libre cátedra era más importante que la utilización de la universidad para adelantar intereses ideológicos, así fueran los propios.

Ancízar señalaba que la de la Universidad Nacional fue más una reorganización que una creación: “El agrupamiento de varias enseñanzas científicas que ya existían, pero aisladas y sin un régimen común que unificara sus métodos”. Se integraron en ella la escuela de literatura y filosofía y la escuela de jurisprudencia del Colegio de San Bartolomé, el Colegio Militar y la Facultad de Medicina de Bogotá. Sí fueron nuevas las escuelas de ciencias naturales y de artes y oficios que él consideraba esenciales, y que le costó mucho establecer.

Los ataques contra la Universidad por personas que pensaban que era elitista y no debía ser pagada con dineros públicos eran constantes. Ancízar argumentaba en contra de esa posición y a favor de las ciencias naturales, pues sentía que sin ellas la universidad no sería sino la mitad de lo que debe ser. Esta discusión con la sociedad se ve en la siguiente cita del segundo rector, don Antonio Vargas Vega: “… de ahí se ha deducido argumento para señalar que la enseñanza universitaria es patrimonio de algunas clases privilegiadas, sin reflexionar que la ciencia es como un río, que avasalla a todos los obstáculos, crece sin cesar, y difunde por dondequiera la fecundidad y la vida”.


Piedra con jeroglíficos, que se halla cerca de Aipe. Provincia de Neiva. Manuel María Paz. 1857. Colección de la Biblioteca Nal. de Colombia.


La gente en las provincias

Los miembros de la Comisión Corográfica realizaron observaciones sobre las personas y sus costumbres en las regiones que visitaron, e identificaron las diferencias regionales en cuanto a vestido, viviendas y actividades cotidianas.

Ancízar citaba el acto Morrill, recién sancionado por Abraham Lincoln en Estados Unidos, diciendo que mientras en Colombia había quienes calificaban de superfluo el gasto de $4.000 anuales para sostener la Escuela de Ciencias Naturales, los Estados Unidos de América destinaban $96.000.000 solo para fundar escuelas de agronomía.
La posición de Ancízar no era solitaria. Muchos de los políticos liberales y federalistas de la época respaldaban un acento técnico y regional para la educación superior. Así, el congreso aprobó en 1870 entre cuatro y ocho becas para estudiantes (dependiendo de la situación fiscal) para cada Estado, con la condición de que los becarios realizaran sus estudios en Ciencias Naturales, Ingeniería o en Artes y Oficios.

Para ese año había en la Universidad Nacional 51 estudiantes de Medicina, 44 de Ciencias Naturales, 29 de Ingeniería y solo 8 de Jurisprudencia.Pero esa política de impulso a las ciencias y a la ingeniería no duró mucho. En 1874 las becas dejaron de ser condicionadas y podían usarse en cualquier facultad. Muy rápidamente la jurisprudencia y la medicina recuperaron su gran preponderancia.

En ese momento se vio nuevamente una gran inestabilidad y una muy corta vida para las instituciones, un apoyo fluctuante pero generalmente pobre a las actividades científicas vistas como un lujo que no debía ser financiado por el Estado. Proyectos con fines de corto término, sin formación de escuelas ni continuidad. Pero también una gran excepción y un principio de institucionalización de la ciencia de la República en su Universidad.

Esta institución, como sabemos, sí perduró en el tiempo y evolucionó con él. Posiblemente el valor agregado de la educación en el desarrollo personal, el prestigio social que ella genera a sus estudiantes y a sus profesores y un impacto más visible en el desarrollo económico, protegieron a la Universidad Nacional en un ambiente en el que los proyectos y las instituciones científicas no perduraban.

4.° Momento – La consolidación de la institucionalidad científica: Academia e Institutos de Investigación

Este cuarto momento va desde principios del siglo XX hasta el gobierno del presidente Carlos Lleras Restrepo (1966-1970). En este periodo fueron consolidándose instituciones en diversas áreas de la ciencia que confluyeron en la formación de institutos de investigación, o al menos en institutos que usan activamente el conocimiento para llevar a cabo su misión. Se desarrollaron también dos instituciones de carácter general, no disciplinar, una independiente del gobierno y que representa ante la sociedad a la comunidad científica en general: la Academia, y otra adscrita al gobierno y que tiene como misión financiar proyectos científicos y fomentar el crecimiento y el papel de la ciencia en el país.

En muchos países del mundo las Academias de Ciencias son las instituciones que definen la identidad de la ciencia nacional y en gran medida proyectan la actividad científica como una legítima acción de la sociedad y a sus actores como miembros prominentes de ella. Es generalmente un ámbito honorífico pero lo es también de acción y de integración. La historia de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales acompaña en gran medida los momentos que describo.

El primer intento para establecer una academia, la Academia Nacional de Colombia fue del General Santander en la Ley Orgánica de Educación Pública de 1826. Santander nombró en esa academia a lo más granado de la élite intelectual del momento, la mayoría con cargos de gobierno importantes, muy pocos con una obra científica en su haber. Más tarde fueron vinculadas personalidades científicas, pero la Academia desapareció por las contradicciones políticas de la época, en la misma forma en que fue radicalmente reformado el plan de educación pública.

En 1847 un nuevo decreto creó el Instituto de Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas y sus fundadores fueron muchos de aquellos que habían pertenecido a la Academia Nacional. No tuvo gran vida y en 1859 se creó la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos, en gran medida como consecuencia del ambiente generado por la Comisión Corográfica, y seguramente en un intento personal de los científicos de darle a ella alguna continuidad. Nuevamente los conflictos políticos causaron la disolución de ese intento de organización. Entre 1871 y 1873 funcionó la Academia de Ciencias Naturales y entre 1873 y 1891 la Sociedad de Ciencias Naturales y Medicina.

En los siguientes años al menos tres sociedades o academias agruparon a los naturalistas por sus profesiones: la Academia de Medicina en 1891, la Sociedad Colombiana de Ingenieros en 1887 y la Sociedad Geográfica de Colombia en 1903. La Sociedad de Ciencias Naturales de La Salle, fundada a principios del siglo XX, se transformó en la Sociedad Colombiana de Ciencias Naturales hacia el año de 1919, liberándose de su dependencia de una comunidad religiosa. De todas formas esa sociedad de naturalistas tenía una fuerte relación con los gobiernos conservadores. De ella surgió en 1929 una sociedad de transición: la: Academia Colombiana de Ciencias, también muy relacionada con el gobierno conservador. En el gobierno de Alfonso López Pumarejo en 1937, esta organización privada fue reemplazada por la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que tenía tareas específicas asignadas por el gobierno así como un presupuesto. La Academia adquirió un gran nivel de autonomía con reglamentos propios y mecanismos para nombrar sus miembros. Su calidad de asesora del gobierno pero no adscrita a él le confiere neutralidad y, posiblemente por primera vez, una institucionalidad basada en la ciencia misma y no en su dependencia a un gobierno.

La Academia perdura hasta hoy, ha pasado por diversas épocas con mayor o menor apoyo gubernamental y social pero es, sin duda, un evento de institucionalización estable de la ciencia colombiana.

Varias disciplinas se fueron desarrollando en formas diversas en esos años como mezcla de iniciativas oficiales y privadas, de organizaciones y de individuos apasionados. Personas bien formadas regresaban del exterior y trataban de reproducir las instituciones bien establecidas en los países donde estudiaron.

La geología tiene antecedentes tempranos. Se planteó la necesidad de realizar estudios geológicos en la Expedición Botánica y en la Comisión Corográfica, aunque realmente ninguna lo hizo. En 1886 el Congreso de la República fundó dos escuelas de minas a través de la Ley 60. Una en Ibagué, que no prosperó, y otra en Medellín, con muy importantes realizaciones y que en 1940 fue incorporada a la Universidad Nacional Sede de Medellín.
En 1917 se creó la llamada Comisión Científica Nacional, que era en realidad un servicio geológico nacional. Hasta 1934 fue dirigida por el geólogo alemán Robert Scheibe, continuó despué s muy pasivamente por seis años y, en 1940, fue reemplazada por el Servicio Geológico Nacional, que llevó a cabo estudios importantes para la minería del carbón, la explotación de petróleo y la construcción de hidroeléctricas. También hizo investigaciones básicas importantes sobre la geología de las cordilleras y una compilación de todos los estudios geológicos sobre Colombia.

Un problema constante en el desarrollo científico nacional ha sido la debilidad institucional y la tendencia de cada gobierno a cambiar los criterios, objetivos y funciones institucionales, de acuerdo con las coyunturas y sin visión de futuro.

El Servicio Geológico Nacional permaneció activo entre 1940 y 1969. Llevó a cabo importantes estudios estratigráficos y, desde 1963, trabajó con el Inventario Minero, una institución paralela más dedicada a la cartografía que a la minería, y con el Laboratorio Químico Nacional. De 1964 a 1969 nacieron las facultades de Geología de la Universidad Nacional en Bogotá y de la Universidad Industrial de Santander y el Instituto Geofísico de Los Andes.

En 1969 se fusionaron el Servicio Geológico Nacional y el Laboratorio Químico Nacional en un Instituto Nacional de Investigación, adscrito al Ministerio de Minas y Petróleos y que sería denominado en adelante el Instituto de Investigaciones Geológico Mineras, Ingeominas. Confluyeron, pues iniciativas de distintas vertientes que por una decisión gubernamental se fusionaron en una institución oficial de ciencia y tecnología, que funciona desde entonces con presupuestos gubernamentales como institución rectora del sector, con funciones de investigación, pero también con otras de fomento del sector y de vigilancia y control no solo de la explotación minera, sino también de fenómenos geológicos que pueden afectar la vida de los ciudadanos.


Foto Luis Ángel Murcia Revista Semana.


Ingeominas

En 1969 se fundó este instituto para apoyar la investigación en el sector minero, y para vigilar y controlar actividades geológicas en el país como erupciones volcánicas y terremotos.

Se puede decir que en ese momento se consolidó la institucionalidad de la investigación en el sector geológico y minero. Ha habido cambios durante estos años y se han alternado épocas de mejor y peor apoyo gubernamental, pero la institución ha permanecido y pareciera que es una institución estable. Esta área del conocimiento tuvo importantes pérdidas durante los últimos años, cuando en 1997 se cerró el Instituto de Asuntos Nucleares y Energías Alternativas y se le transfirió a Ingeominas el cuidado del reactor nuclear y algunas pocas de las funciones que tenía. Poco antes (en 1993) había sido cerrado el Instituto de Investigaciones Tecnológicas, que atendía a este sector pero también a otros relacionados con la producción y la industria. Dos pérdidas muy notables que alertan al hecho de que aún no se ha superado la fragilidad de las instituciones de Ciencia y Tecnología y que persiste esa tendencia a cambiar radicalmente sus rumbos con los cambios de criterio de un gobierno que muchas veces actúa más como respuesta a coyunturas que con una visión de historia y de futuro.

El segundo campo que me parece interesante examinar es el de las ciencias agropecuarias, tradicionalmente relegadas en el país. La inestabilidad de las exportaciones de carácter agrícola generaban iniciativas que incentivaban y desincentivaban en periodos de tiempo breves esa actividad. Los incentivos no eran tampoco a la actividad misma sino más bien a las necesidades logísticas para que sus productos fueran exportados. Por ejemplo, mientras que el comercio del tabaco de Ambalema (entre 1845 y 1860) era importante, se planteó la construcción de una carretera y se constituyó el Banco Británico, pero en el momento en que las exportaciones descendieron, se abandonó la carretera y se cerró el banco. Así pasó también con la quina, el algodón, el cacao y otros productos.

En realidad hasta 1930 no se puede decir que hubiera habido ningún tipo de desarrollo tecnológico en la agricultura. Ni siquiera tenía el pequeño grupo de visionarios defensores que tenían las ciencias naturales y las ingenierías. Durante el siglo XIX se puede afirmar que no había en Colombia ciencias agropecuarias. Apenas sobrevivía un Departamento de Agricultura bajo la dirección de Carlos Michelsen. Como señal de la importancia que se le asignaba en el gobierno y de la forma como cambiaba de acuerdo con el comportamiento de los mercados, es diciente el hecho de que su presupuesto en 1880 fue de apenas $120.000 y en 1882, dos años después, había bajado a $45.000.

En 1914 la Ley 3 ordenó la creación del Instituto de Agricultura y Veterinaria. La Ley 75 de 1915 estableció estaciones experimentales y el Instituto cambió a Instituto Nacional de Agricultura. En 1918 hubo un reordenamiento del instituto en secciones y se conformó la Escuela Superior de Agronomía, con centros de enseñanza media y práctica y con haciendas anexas a los centros de experimentación. En 1924 se creó el Ministerio de Industrias y se le adscribió el Departamento de Agricultura con los centros. Hacia 1925 todas las partidas fueron canceladas de modo que los centros experimentales y las escuelas se cerraron.
Durante 1931 se creó el Consejo Nacional de Agricultura y se constituyeron tres institutos de investigación, uno en Bogotá, otro en Palmira y un tercero en Medellín. Los dos últimos finalmente fueron trasladados a la Universidad Nacional, el de Palmira en 1946 y el de Medellín en 1932, y han tenido continuidad hasta hoy como facultades de ciencias agropecuarias. El de Bogotá, en conjunto con la Oficina de Investigaciones Especiales, patrocinada por la Fundación Rockefeller, dieron origen al Instituto Colombiano Agropecuario, ICA.

En los años de institucionalización, durante la presidencia de Carlos Lleras Restrepo, se consolidó el ICA como Instituto de Investigación con funciones múltiples de control y vigilancia, y el Instituto Zooprofiláctico, que entonces funcionaba en la Universidad Nacional, se convirtió en una empresa para producir vacunas y biológicos de uso veterinario.


Las ciencias agropecuarias: Todas las funciones de investigación en el sector agropecuario, necesarias para el desarrollo del campo colombiano, están a cargo de CORPOICA. Foto: Ruben Dario Romero


CORPOICA

En la actualidad, la entidad cuenta con 1555 ofertas tecnológicas, las cuales presentan los resultados obtenidos por la investigación en términos de conocimiento científico, tecnología, productos y servicios en los sistemas de producción.

Esas instituciones han ganado solidez y son la base del sistema institucional del área agropecuaria hasta hoy. Algunos cambios hubo en los últimos años. Vecol se convirtió en una industria privada con participación estatal, la función de investigación del ICA fue mayoritariamente delegada en Corpoica, corporación pública sin ánimo de lucro que funciona, de acuerdo con la Ley de Ciencia y Tecnología, como un ente privado de investigación. El impacto de esta separación sobre la investigación agropecuaria y sobre la comunidad científica del área es un tema de debate para el futuro.

Es importante señalar durante los últimos años una gran actividad científica por parte de los gremios productores. El primer y notable esfuerzo fue la granja de Esperanza de la Federación de Cafeteros en 1939, que se convirtió en su importante centro de investigación, Cenicafé. Iniciativas parecidas han tenido los cultivadores de caña con Cenicaña, los de palma africana, con Cenipalma, entre otros.
El tercero de los temas que quiero tratar es el de las ciencias de la salud, pero trataré solamente el caso de la institución nacional más central e importante en la investigación científica sobre salud en el país: el Instituto Nacional de Salud.

Su origen fue un laboratorio privado fundado en 1917 por Bernardo Samper Sordo y Jorge Martínez Santamaría. Los dos, médicos educados en el exterior, se asociaron como consecuencia de problemas de salud que aquejaron a familiares cercanos y que no pudieron ser resueltos en Colombia por la ausencia de la tecnología adecuada. El laboratorio implantó entonces las tecnologías para producir vacuna antirrábica y toxoide antidiftérico, y técnicas diagnósticas avanzadas en bacteriología y microbiología que no estaban disponibles en el país. Diez años después el gobierno compró el laboratorio y con la asesoría científica y técnica de la Fundación Rockefeller lo convirtió en el Instituto Nacional de Higiene Samper-Martínez.

Durante la primera mitad del siglo XX se desarrollaron otras iniciativas independientes, varias patrocinadas por instituciones y fundaciones internacionales, otras financiadas por el gobierno para resolver problemas de salud pública que se hacían evidentes. Entre estos, los más notables fueron el Parque de Vacunación que producía la vacuna para la campaña antivariólica; el Instituto de Estudios Especiales Carlos Finlay, que hacía vigilancia de casos y producía vacuna contra la fiebre amarilla; el laboratorio BCG, que vigilaba y producía la vacuna contra tuberculosis; el Laboratorio de Higiene Industrial, predecesor de estudios de salud ocupacional y medioambiental, y el Laboratorio de Control de Productos Farmacéuticos.

En 1968, en el marco de la reestructuración del sector salud, y bajo la filosofía de institucionalización de las actividades científicas del presidente Lleras Restrepo, todas esas pequeñas instituciones, a las que se sumaron el Programa de Saneamiento Básico Rural del Ministerio de Salud, encargado del diseño y construcción de acueductos rurales, y la Dirección de Programas Especiales, que investigaba problemas de salud pública, conformaron el, Instituto Nacional de Programas Especiales en Salud (Inpes).

Este hecho concentró en un Instituto con un gran capital científico y con toda la fuerza institucional del gobierno nacional las iniciativas de investigación y fomento en programas de salud, la producción de biológicos para las campañas de salud pública, los programas de saneamiento rural y el control de calidad de medicamentos, alimentos y agua.

En 1975 se le cambió el nombre al Inpes por INS (Instituto Nacional de Salud) y a lo largo de los años ha venido generando nuevas instituciones, como el Invima, para control de medicamentos y alimentos, con lo que el programa de saneamiento fue descentralizado. La institucionalidad permanece aunque el Instituto se ha visto sometido a altibajos, cambios de orientación permanentes y en ocasiones ha sido dejado en manos de personas más relacionadas con la política que con la ciencia.

Estas tres experiencias son distintas y seguramente no pueden representar a toda la época, pero tienen características comunes que sugieren tendencias generales y tal vez permiten interpretar y explicar al menos parcialmente el desarrollo de las instituciones científicas durante algo más que la primera mitad del siglo XX. Hubo una tendencia a generar instituciones estatales, pero estas no se derivaban de políticas de desarrollo, de análisis prospectivos ni de ejemplos internacionales. Eran el resultado de iniciativas confluentes, todas derivadas de personas de visión y pasión, muchas de ellas hechas en forma particular y que luego fueron adoptadas por el Estado, algunas desde cargos públicos.

Estas instituciones han sido mucho más sólidas y estables que experiencias del siglo XIX, pero aún conservan gran fragilidad, como lo demuestran el cierre del Instituto de Asuntos Nucleares o del Instituto de Investigaciones Tecnológicas. Todavía están sujetas a virajes políticos dependientes de situaciones coyunturales o necesidades de corto término.

Pero queda claro que las instituciones que se vincularon a las universidades han sido mucho más estables. La investigación científica se concentra cada vez más en las universidades y muy especialmente en las universidades públicas.

5.° Momento: Colciencias y el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología.

Los desarrollos descritos anteriormente y muchos otros no descritos pero similares mostraban una clara conciencia sobre la necesidad de la investigación científica y de organizaciones que la soportaran. Esa conciencia no era solo nacional; la región toda avanzaba en dirección parecida. La declaración final de la reunión de presidentes de Latinoamérica en Punta del Este (Uruguay) en abril de 1967 planteaba la necesidad de aumentar la inversión en ciencia, que en ese momento era de 0,2% a 1 ó 1,5% del PIB (hoy, 43 años después, en Colombia es apenas de 0,4% y la meta para el próximo cuatrienio es aumentarla a 1%).

En 1968 se organizó un Seminario de Ciencia y Tecnología en Fusagasugá (Cundinamarca) bajo los auspicios del entonces ministro de Educación, Gabriel Betancur Mejía. En noviembre de 1968 un decreto creó el Fondo de Ciencia que debía tener 0,2% del PIB y le tocó al siguiente ministro, Octavio Arismendi Posada, dar vida a Colciencias.

Este Instituto (en sus primeros años era un fondo de financiación) es un giro cualitativo en la institucionalización de la ciencia. Por primera vez el gobierno creó un organismo para el fomento y la financiación de la ciencia, con un presupuesto específico (que ha variado con los años pero que al menos siempre ha existido) con una visión prospectiva. La institución debía –y efectivamente lo hizo– ser el centro de un verdadero sistema que incluyera a todos los que desde universidades o institutos estuvieran dedicados a la investigación científica. Colciencias fue el centro alrededor del cual se generó con apoyos diversos la aprobación por parte del Congreso de dos leyes que regulan la actividad científica, la primera en 1991 y la segunda en 2009. Esas leyes son la culminación de los procesos históricos descritos y sellan una verdadera institucionalidad.

Las cosas no han sido fáciles durante la segunda mitad del siglo XX y principio del XXI. Las políticas de financiamiento han sido débiles y oscilantes. Apenas este año se está logrando el nivel de inversión de 1996. Nunca se han cumplido las metas propuestas. Pero a pesar de eso hay que reconocer que este momento es diferente a todo lo anterior y que la ciencia dejó de ser un acto heroico de aficionados apasionados para convertirse en una actividad profesional y legítima.

Conclusiones

  • IAN: En 1956 se creó el Instituto Colombiano de Asuntos Nucleares, el cual en 1958 adoptó el nombre de IAN, Instituto de Asuntos Nucleares. Esta entidad fue clausurada por el gobierno nacional el 31 de marzo de 1998, luego de 30 años de labores. Instituto de Ciencias Nucleares. 1970. Manuel H. Biblioteca Nacional de Colombia.

    Este recuento, aún con lo breve, parcial y sesgado que es, permite esbozar algunas conclusiones generales que pueden ser útiles para comprender el desarrollo, o poco desarrollo de la ciencia en Colombia, pero que da también alguna posibilidad para pensar en estrategias futuras.

  • El inicio de la construcción de la Nación está signado por la exterminación sistemática de una generación de hombres de ciencia de pensamiento avanzado. Eso afectó, en una forma que hoy no es evaluable, el papel que la ciencia hubiera tenido en los desarrollos iniciales. Es un hecho que no se puede revertir pero que sugiere la importancia de la presencia de hombres y mujeres de ciencia en la conducción del Estado, o en el asesoramiento a sus conductores. No porque ellos sean mejores personas sino porque sus instrumentos sí lo son.
  • La institucionalidad de la ciencia fue inexistente prácticamente hasta mediados del siglo XX y aún hoy es frágil. Hay muchísima más estabilidad en las universidades y en las academias pero ni las unas ni las otras han sido reconocidas en la realidad como agentes legítimos de los gobiernos. Ese hecho es patente hoy en sus dificultades para lograr un adecuado financiamiento. Las universidades han sido mucho más importantes para el desarrollo que los institutos de investigación, y las academias mucho más que las asociaciones profesionales y gremiales. Esto posiblemente debido a la calidad de sus miembros: profesores y académicos, y a muchos productos colaterales de su actividad.
  • Muchos de los hitos científicos han correspondido a iniciativas puntuales de corta duración y que generalmente se plantearon desconociendo los antecedentes.
  • El fenómeno del cambio que es fundamental para el progreso, en la historia de la ciencia colombiana ha tenido con frecuencia efectos retardatarios. Esta afirmación aparentemente contradictoria se deriva del hecho de que muchas iniciativas e instituciones han sido terminadas o devaluada su acción, no como resultado de una reflexión racional y un análisis prospectivo, sino por reacción a situaciones coyunturales y con base en una muy mala información.
  • Ha habido a lo largo de toda la historia una contradicción entre el discurso de los mandatarios y los hechos que ellos generan; sobre todo en lo que atañe al financiamiento de la ciencia y de la educación.
  • Es importante reconocer que estamos viviendo una época diferente desde el establecimiento de instituciones del Estado cuyo objeto es la investigación científica o la acción basada en alto contenido de conocimientos, con la constitución de Colciencias y con el surgimiento de leyes y un sistema normativo específico para la actividad. El que estas nuevas circunstancias cambien la situación histórica dependerá de las acciones que tomen los gobernantes, es decir, de la coherencia que ellas tengan con los discursos.

Agustín Codazzi, ciencia, Corpoica, Ingeominas, investigación científica, Misión Corográfica

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