Los años del ruido

En pocas décadas el país pasó del tranquilo letargo del campo a la velocidad de las ciudades, del poder conservador al liberal y de una tensa paz a la Violencia.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Telares de los Hernández. 1917. Benjamín de la Calle. Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina.

El ruido de las máquinas

Lentamente las fábricas e industrias irrumpieron en el escenario nacional, mejoraron los procesos de producción y propiciaron que los trabajadores se organizaran para exigir mejores condiciones laborales.

El centenario de la Independencia fue la partida para la transformación de la política en Colombia y el nacimiento de un nuevo país: los años del ruido, del progreso, del país rural al urbano, pero también de la barbarie.

En 1910 fue aprobada la elección directa del Presidente de la República, y aunque solo un poco más del 6 por ciento de los colombianos pudo votar, este fue el primer paso para una serie de reformas y avances políticos que gradualmente fueron profundizando la democracia en el país. Con los años, los comicios fueron incluyendo a más personas y los ciudadanos ya no solo participaron como carne de cañón en las disputas partidistas, sino que comenzaron a definir el futuro de la Nación.

De los enfrentamientos de ejércitos partidista a inicios del siglo XX, la violencia tomó nuevas formas con el surgimiento de bandas de ‘pájaros’ y la policía conservadora, enfrentada a las guerrillas liberales a mediados de siglo.

Sin embargo, más allá de los partidos, otra realidad transformaba al país. El café se extendió por los Andes desde finales del siglo XIX y le dio un impulso a una nueva economía que dominaría la primera mitad del siglo XX. Los empresarios del grano comenzaron a adquirir cada vez más poder y, al fundar la Federación de Cafeteros en 1927, se convirtieron en un gremio determinante.

Pero no solo el café cambió al país. Los vientos de la Revolución industrial y la agricultura tecnificada imprimieron un nuevo ritmo a la vida de los colombianos, que poco a poco tuvieron que acostumbrarse al ruido de los automóviles, buses, aviones y algunas pequeñas industrias que funcionaron con base en maquinaria importada. Aunque ni el ferrocarril ni la navegación por el Magdalena perdieron importancia, el automóvil se robó el protagonismo, y el Estado tuvo que asumir la responsabilidad de construir carreteras que conectaran los diferentes centros de poder del país.

Eran los años del ruido. El país se transformaba aceleradamente, y vivía un proceso de urbanización desbordado. Ahora los campesinos vivían en las grandes ciudades y los ciudadanos intentaban insertarse en el acelerado ritmo del siglo XX. Grandes cantidades de trabajadores comenzaron a formar una nueva clase media y a hacer sentir sus reivindicaciones laborales en las calles, en las fábricas y en las empresas extranjeras dedicadas a extraer el petróleo y exportar el banano. En muchos casos recibieron apoyo internacional, sobre todo de las corrientes que se habían afincado en la Unión Soviética, que indirectamente propiciaron las conquistas laborales logradas en los años 30, concedidas por las élites temerosas de una eventual revolución socialista.

Las urbes en El siglo XX: Varios símbolos de la modernización se empezaron a ver en las calles colombianas. Los alumbrados públicos, la extensión de las redes de acueducto y alcantarillado, y el tranvía en Bogotá, son ejemplo de una nueva época de crecimiento urbano en el país. Tranvía atestado. 1947. Sady González.

El ruido no solo se concentró en los centros urbanos. Con la relevancia que adquirió para la industria automotriz la explotación del caucho, el sur del país adquirió un protagonismo económico que no tardó en combinarse con viejas disputas binacionales no resueltas, especialmente con el Perú. El ruido de la guerra llegó a la frontera en 1932 y enfrentó a dos países extremadamente débiles en el campo militar. La movilización nacional para la guerra y las necesidades de la clase media emergente sirvieron de preámbulo al gobierno de Alfonso López Pumarejo, quien bajo el lema de la Revolución en Marcha impuso un hito en la modernización del país.

Aunque la Guerra de los Mil Días había dejado como saldo el fortalecimiento del Estado central y la derrota militar definitiva de los liberales, la violencia estaba lejos de ser superada. En áreas rurales, liberales y conservadores comenzaron a asesinarse. Ajustes de cuentas, disputas por el poder local y por el control de tierras motivaron una guerra que enfrentaba familias contra familias a punta de machetes y azadones, las mismas herramientas que utilizaban para expandir la frontera agrícola del país y colonizar buena parte de la cordillera. Poco a poco, la espiral de violencia fue tomando dimensiones mayores e involucró a gran parte del territorio y de la población, que se fue organizando en cuerpos de autodefensas y guerrillas campesinas en varias zonas del país.

El cenit del lento derramamiento de sangre llegó con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, el abogado bogotano que un par de décadas atrás había denunciado la llamada Masacre en las Bananeras y se había convertido en el líder indiscutible de las masas liberales y candidato fijo a la Presidencia en 1950. Su muerte se sintió en todo el país. Nació el ruido salvaje de la Violencia, una guerra partidista tomó un nuevo aliento y se propagó rápidamente, a tal punto que algunos creyeron que una revolución tendría lugar por esos días para derrocar al presidente conservador Mariano Ospina Pérez. Las élites partidistas se pusieron de acuerdo y mantuvieron a Ospina en el poder, aunque la piedra ya había sido lanzada. Vendría una guerra a muerte entre liberales y conservadores, guiada más por el odio y la venganza que por el afán de tomarse el poder.

Para detener la intolerancia y apagar las llamas que incendiaron grandes regiones del país, las botas militares impusieron su ritmo en el solio presidencial el sábado 13 de junio de 1953. Ese día el general Gustavo Rojas Pinilla, apoyado por líderes políticos opositores al Presidente, perpetró un exitoso golpe de Estado contra Laureano Gómez. Asumió el poder hasta el 10 de mayo de 1957, cuando una Junta Militar se lo arrebató para entregarlo a los partidos tradicionales. Estos habían llegado meses atrás al acuerdo de repartirse el poder en partes iguales durante los 16 años siguientes. El Frente Nacional aplacó las sangrientas disputas entre liberales y conservadores, pero al cerrar los caminos políticos a la disidencia abrió un nuevo capítulo de la lucha armada.

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