La Regeneración

Aliado con los conservadores y con la Iglesia, Rafael Núñez frenó el caos al que los liberales radicales habían llevado al país. Pero no lo pudo salvar de la guerra ni de la barbarie.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Rafael Núñez. Grabado de Rodríguez. Papel periódico Ilustrado. Biblioteca Luis Ángel Arango.


El escudo de la Regeneración. El Zancudo. Santafé de Bogotá, julio 20 de 1890. Biblioteca Nacional de Colombia.

El Concordato ha sido el complemento obligado de la Constitución, por no decir su alma

“Regeneración o catástrofe” fue la frase pronunciada por el senador cartagenero Rafael Núñez en el Congreso en Bogotá, la misma que difundieron todos los periódicos del país. Con esas palabras el curtido político liberal pretendía que el presidente Julián Trujillo pusiera fin al Olimpo Radical. Culpaba a este grupo de llevar a la Nación al borde de la catástrofe con la defensa sin sentido del federalismo, el cual, según Núñez, no era el sistema más apropiado para la unidad y la paz de los colombianos. Sus críticas al liberalismo radical estaban dirigidas también contra el Estado laico, pues consideraba que discutir con la Iglesia era ir contra de la corriente en un país esencialmente católico. Por eso, acusaba al liberalismo radical de ser el responsable de todas las guerras por su matiz religioso.

La propuesta que presentó al presidente Trujillo en la tarde del 8 de abril de 1878 se basaba en el advenimiento del “fecundo reinado de la paz científica”, solo a través de la cual el país se podría liberar de la catástrofe. Núñez, un liberal independiente influenciado por el pensamiento positivista francés, consideraba que el camino del orden y el progreso era el indicado para acabar con la anarquía, las guerras civiles y el regionalismo. Por ello, sus ideas no tardaron en hacer eco en otros liberales moderados y en buena parte del conservatismo, lo que permitió que Núñez llegara a la Presidencia en 1880.

Núñez empezó de inmediato a cumplir su plan de gobierno. En una versión particular del positivismo latinoamericano, según el cual la religiosidad popular era un elemento de cohesión social e integración cultural, el Presidente electo echó reversa a muchas de las leyes que habían afectado los intereses y los bienes del clero, e inició una conciliación del Estado con la Iglesia. Esta perspectiva convenció a los liberales moderados, quienes vieron en la Regeneración el escenario ideal de tolerancia y concordia necesario para el desarrollo económico del país. En estas condiciones se creó la oportunidad perfecta para que los conservadores volvieran al poder.

El programa regeneracionista siguió su marcha. Para el periodo 1882-1884 fue elegido el liberal independiente Francisco J. Zaldúa, pero a causa de su muerte fue reemplazado por José Eusebio Otálora. Después, en 1884, Núñez, en alianza con los conservadores, regresó al poder, lo que empezó a sembrar la semilla de un nuevo levantamiento.

Esqueleto representa la República: todos con su hueso. Publicación El Amolador. Bogotá, 17 de mayo de 1879. Serie 3.

LA REGENERACIÓN SE RADICALIZA

En el Estado de Santander, en 1885, los liberales radicales empezaron con los alzamientos violentos contra el gobierno, que desencadenaron una guerra civil. Núñez, respaldado por amplios sectores del conservatismo, preparó un ejército nacional de reserva que, según una reforma a la Constitución de 1863, realizada en su primer mandato, podía intervenir en los asuntos de cualquier Estado de la Unión por “graves perturbaciones del orden público que amenazan la paz nacional”.

La guerra civil de 1885 fue ganada rápidamente por el gobierno central. El triunfo permitió a Núñez, en alianza con el doctrinario católico-conservador Miguel Antonio Caro, declarar la muerte de la Constitución de 1863, y con ella, el fin del Olimpo Radical. Además de las razones expuestas en años anteriores, la argumentación de Núñez para derogar la Carta política se sustentaba en que además de las fronteras externas, el país no podía tener nueve fronteras internas, nueve burocracias, nueve ejércitos y nueve agitaciones de todo tipo.

“La tolerancia religiosa no excluye el reconocimiento del hecho evidente del predominio de las creencias católicas en el pueblo colombiano. Toda acción del gobierno que pretenda contradecir ese hecho elemental encallará, necesariamente, como ha encallado, en efecto, entre nosotros”

Rafael Núñez, 1885.

EL CARRO DE LA LIBERTAD


La carreta de la Regeneración. Mefistófeles. Bogotá, martes 20 de Julio de 1897. Número 8. Biblioteca Nacional.


No en vano Aquileo
Tira el carro del progreso,
No puede arrastrar su peso
A pesar de su deseo
Pues el tronco inerte y feo
Que llaman Constitución,
y que por mas precanción (sic)
Clavaron con bayonetas,
No deja andar las carretas
Del carro de la Nación.

No es posible que jamás
Dé un paso para adelante,
Que hay otra fuerza constante
Que lo hace andar para atrás.
Por obra de Satanás
Nuestra Regeneración
Que luce con perfección
Su flux de revendedora,
Tira hacia atrás demora
La marcha del carretón.

Grita Rudas: ¡adelante!
iDemos un salto! ¡energía!
Si el remedio es la sangría
De nada sirve el calmante!
Ya no hay paciencia que aguante
Esta pachorra de Parra;
Pero éste que ve la garra
Con sus uñas tan agudas
Contesta: “paciencia, Rudas
Que otra cosa es con guitarra”.

Para acordar una nueva Constitución, el gobierno convocó un Consejo de Delegatarios de liberales moderados y conservadores, quienes se agruparon en una nueva colectividad política: el Partido Nacional. Una de las primeras decisiones que tomó el Consejo fue reelegir al Presidente cartagenero por seis años más, de 1886 a 1892. Posteriormente, proclamó el 5 de agosto de 1886 una nueva Constitución. El texto, elaborado en su mayor parte por Miguel Antonio Caro, cambió el nombre de Estados Unidos de Colombia por el de República de Colombia, eliminó el sistema federalista y adoptó el centralismo, aumentó el poder del Presidente y reconoció a la religión católica y a la Iglesia como los soportes esenciales del orden social y de la Nación.

La Constitución no solo significó recortar las libertades individuales consagradas en la de 1863, sino que eliminó el carácter laico de la educación pública, la cual debía en adelante seguir los principios católicos. Pero la nueva Carta no era suficiente para sellar la alianza entre la Iglesia y el Estado, pues se debían restablecer las relaciones con el Vaticano para garantizar en la práctica la adopción dogmática y doctrinal del catolicismo ecuménico. Fue así como a través de un concordato firmado en 1887, el clero colombiano recibió la patente para perpetuar los modelos tradicionales de enseñanza, de mando y obediencia, y poder mantener los viejos canales de ascenso social, las pautas de aprobación o reprobación social de la conducta, el control de la vida cotidiana y sus espacios de reproducción públicos o privados.

Así mismo, el Estado colombiano se comprometió a pagar compensaciones monetarias por las expropiaciones hechas al clero durante los años del radicalismo liberal, se consagró el catolicismo como la religión oficial del país y se le cedió a la Iglesia la administración del sistema educativo, no solo al restaurar la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, sino también al asegurar que todo programa educativo fuera acorde con la moral católica. Así, el poder que se le dio a la Iglesia a través del aula, los textos escolares, la prensa, el confesionario y el púlpito frenaron el proceso de laicización de la sociedad y la separación Iglesia-Estado iniciados a mediados del siglo XIX.

Con esto, el Estado entregó parte de su soberanía institucional y territorial a la Iglesia católica, y convirtió al clero en agente rector, educador, socializador y censor de la vida social, política, económica y cultural de la Nación. Así las cosas, el Estado le entregó a la Iglesia prácticamente medio país: lo que hoy son los departamentos de Caquetá y Putumayo; y al oriente, los que serían los Antiguos Territorios Nacionales. En esas zonas, habitadas por indígenas de diversas etnias, la Iglesia debería desplegar su labor evangelizadora, para dar paso a la difusión del modelo teológico, religioso y filosófico consagrado en la educación católica para la fe. No obstante, el ausentismo estatal, el abandono y la exclusión a los que fueron sometidos esos territorios sirvieron de caldo de cultivo en la segunda mitad del siglo XX para que surgieran allí otras sociabilidades, actores armados al margen de la ley y los flagelos del narcotráfico y el desplazamiento masivo.

Si bien la Regeneración tuvo logros institucionales importantes y le dio un ordenamiento jurídico al país, no fue suficiente para borrar los vestigios de las contiendas militares. La llegada de los conservadores al poder y su decisión de aferrarse al mismo terminaron por llevar al país a la más cruenta de las guerras civiles del siglo XIX y comienzos del siglo XX: la Guerra de los Mil Días.


Rafael Núñez

Considerado por unos el salvador de la Patria y por otros un traidor político, Núñez es, sin duda, el dirigente más importante de la segunda mitad del siglo XIX. Fue él, en asocio con liberales moderados y conservadores, el líder del movimiento regenerador que en 1886 creó la Constitución que más tiempo ha regido al país.

Abogado, en su juventud participó en la Guerra de los Supremos en el bando liberal, y sufrió a lo largo de su vida varias transformaciones ideológicas. A mediados del siglo XIX se mostró como liberal radical y cercano a las ideas socialistas. Durante los gobiernos del Olimpo Radical, aplicó las medidas de desamortización de los bienes de la Iglesia y defendió el libre comercio. Luego de una estancia por Europa en la década de los 70, Núñez se acercó al pensamiento positivista, y a su regreso al país se alineó en el bando independiente de su partido. Desde allí empezó a difundir el proyecto regenerador, que, al ser la antítesis del proyecto social de los liberales radicales, fue apoyado con entusiasmo por los conservadores. Se podría decir que el pensamiento de Núñez se ‘conservatizó’ con los años, pero nunca se afilió al partido. De hecho, para evitar hacerlo creó su propia colectividad, el Partido Nacional, que era una coalición de liberales moderados y conservadores regeneracionistas. Núñez creyó que la Regeneración salvaría al país, pero tan solo un año después de su muerte comenzó una guerra civil que fue el preludio de la más grande que tuvo el país en el siglo XIX: la de los Mil Días.

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