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Las casas en la Colonia

Al final del periodo colonial, las personas pasaban gran parte del tiempo en su casa. La calidad de sus materiales y de la construcción, así como el lugar donde estaba ubicada, marcaban las diferencias sociales.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Mapa de Bogotá Joseph Aparicio Morata 1772. Colección Óscar Monsalve.

Los neogranadinos eran muy caseros. Salvo cuando participaban en los servicios religiosos, cuando iban al mercado o a las fiestas en la plaza principal, la mayor parte de la jornada transcurría en las viviendas de tapia, bahareque, ladrillo o paja. El día comenzaba con las primeras oraciones del ángelus, en la madrugada, y concluía con las últimas oraciones al comenzar la noche, puesto que muy pocos eran los que podían iluminar sus viviendas. Los horarios hogareños estaban marcados por el sonido de las campanas de las iglesias.

Así, la casa era al tiempo un lugar donde vivían, trabajaban y oraban. Entre los enseres domésticos más preciados estaban los objetos de culto religioso, como estampas, pequeñas estatuas y, en las casas de las élites, cuadros de imágenes sagradas.

Otra actividad central era la alimentación. Preparar alimentos y consumirlos exigía disponer de espacios específicos para ello. Además, en muchos patios se cultivaba parte de los alimentos que la familia consumía, como frutas y verduras, además de gallinas y cerdos. La cocina, que en general también funcionaba como comedor, era el lugar central del hogar, entre otras razones, porque se comía en casa. Las ciudades, por su escaso tamaño, eran recorridas a pie y no había restaurantes, salvo, si acaso, alguna fonda en algunos centros urbanos ubicados en la vera del camino real o del río Magdalena.

El orden social

Las casas de las familias más ricas estaban en el marco de la plaza mayor o muy cerca de ella.

El rancho

Construida en bahareque y con techo de paja, era la vivienda de los indígenas, mulatos y mestizos. Estaba conformada por un solo espacio que servía de sala, comedor y habitación. Su cocina, constituida por solo una hornaza, estaba ubicada en la parte posterior.

La casa de una planta

Eran construcciones de un solo piso que formaban una L alrededor de un patio central. Contaban con un espacioso corredor que comunicaba a la sala, al comedor y a las habitaciones, que por lo general no eran más de dos. Su techo era de teja. En este tipo de casas vivían familias con ingresos medios: artesanos, mestizos y blancos empobrecidos.

El interior de los hogares

El interior de los hogares

La mayor parte de las casas coloniales eran poco ostentosas. La pobreza de la gran mayoría de los neogranadinos y la poca circulación de dinero hacían que solo las clases más adineradas compraran ornamentos para las casas. Las habitaciones de los ricos contaban con camas de pabellón, colchones a base de lana, armarios, reclinatorios y espejos. Sus salas eran adornadas con pinturas, a veces numerosas, tenían sillas de cuero y lámparas que colgaban del techo.

Los blancos menos pudientes y los mestizos tenían muy pocos muebles, que por lo general eran bastante toscos. Por último, la gente pobre tenía por todo mobiliario una que otra silla, una mesa rústica y un camastro en el que solía dormir toda la familia.

Las casas de dos pisos

Este tipo de casas eran poco comunes en la Nueva Granada, y generalmente se ubicaban alrededor de la plaza central. En ellas vivían las personas más importantes y pudientes de la sociedad: desde el virrey hasta los altos funcionarios de la Corona y de la administración de la ciudad, grandes hacendados y comerciantes. Podían tener uno o dos patios, según el tamaño del lote. Alrededor del primero se encontraban las áreas aptas para las actividades sociales: salones, comedores y demás. En el segundo patio estaba la cocina, el lugar para los esclavos y la servidumbre, y el depósito de la leña y de los demás elementos necesarios para el correcto funcionamiento de la casa. En el segundo piso se ubicaban las habitaciones familiares.

El uso de esteras era un símbolo de distinción, que permitía anotar la ausencia de tapetes. Igualmente, a pesar del frío en las ciudades de los altiplanos, no se usaban las chimeneas. Así mismo, solo unas pocas tenían vidrios en sus ventanas pues era común que se cerraran con hojas de madera.

Un lugar para comer

Un lugar para comer

Al comenzar el siglo XIX, a medida que las ciudades y las villas comenzaban a cambiar, con la aparición de nuevos espacios públicos, como alamedas y paseos, la casa también empezó a sufrir transformaciones. En algunas aparece el comedor, independiente de la cocina. Esto permitó introducir muebles para guardar las vajillas y otros enseres. Igualmente, también apareció la biblioteca en casos excepcionales, como se registra en la casa de Antonio Nariño, en Santafé de Bogotá. En 1790 el comerciante e intelectual santafereño construyó su biblioteca en su residencia, y luego se convirtió en librería.

  • El orden social

    Las casas de las familias más ricas estaban en el marco de la plaza mayor o muy cerca de ella.

  • El rancho

    Construida en bahareque y con techo de paja, era la vivienda de los indígenas, mulatos y mestizos. Estaba conformada por un solo espacio que servía de sala, comedor y habitación. Su cocina, constituida por solo una hornaza, estaba ubicada en la parte posterior.

  • La casa de una planta

    Eran construcciones de un solo piso que formaban una L alrededor de un patio central. Contaban con un espacioso corredor que comunicaba a la sala, al comedor y a las habitaciones, que por lo general no eran más de dos. Su techo era de teja. En este tipo de casas vivían familias con ingresos medios: artesanos, mestizos y blancos empobrecidos.

  • El interior de los hogares

    El interior de los hogares

    La mayor parte de las casas coloniales eran poco ostentosas. La pobreza de la gran mayoría de los neogranadinos y la poca circulación de dinero hacían que solo las clases más adineradas compraran ornamentos para las casas. Las habitaciones de los ricos contaban con camas de pabellón, colchones a base de lana, armarios, reclinatorios y espejos. Sus salas eran adornadas con pinturas, a veces numerosas, tenían sillas de cuero y lámparas que colgaban del techo.

    Los blancos menos pudientes y los mestizos tenían muy pocos muebles, que por lo general eran bastante toscos. Por último, la gente pobre tenía por todo mobiliario una que otra silla, una mesa rústica y un camastro en el que solía dormir toda la familia.

  • Las casas de dos pisos

    Este tipo de casas eran poco comunes en la Nueva Granada, y generalmente se ubicaban alrededor de la plaza central. En ellas vivían las personas más importantes y pudientes de la sociedad: desde el virrey hasta los altos funcionarios de la Corona y de la administración de la ciudad, grandes hacendados y comerciantes. Podían tener uno o dos patios, según el tamaño del lote. Alrededor del primero se encontraban las áreas aptas para las actividades sociales: salones, comedores y demás. En el segundo patio estaba la cocina, el lugar para los esclavos y la servidumbre, y el depósito de la leña y de los demás elementos necesarios para el correcto funcionamiento de la casa. En el segundo piso se ubicaban las habitaciones familiares.

    El uso de esteras era un símbolo de distinción, que permitía anotar la ausencia de tapetes. Igualmente, a pesar del frío en las ciudades de los altiplanos, no se usaban las chimeneas. Así mismo, solo unas pocas tenían vidrios en sus ventanas pues era común que se cerraran con hojas de madera.

  • Un lugar para comer

    Un lugar para comer

    Al comenzar el siglo XIX, a medida que las ciudades y las villas comenzaban a cambiar, con la aparición de nuevos espacios públicos, como alamedas y paseos, la casa también empezó a sufrir transformaciones. En algunas aparece el comedor, independiente de la cocina. Esto permitó introducir muebles para guardar las vajillas y otros enseres. Igualmente, también apareció la biblioteca en casos excepcionales, como se registra en la casa de Antonio Nariño, en Santafé de Bogotá. En 1790 el comerciante e intelectual santafereño construyó su biblioteca en su residencia, y luego se convirtió en librería.


    Ilustración: Andrés Barrientos.

    Las casas de dos pisos, residencia de las élites neogranadinas, eran mantenidas por la servidumbre, que estaba compuesta por indios en el altiplano, y por esclavos africanos en las ciudades y villas de las provincias de Popayán y Cali, y en los puertos del Caribe.

    Ellos preparaban los amasijos, mantenían la huerta, cuidaban los animales de corral, arreglaban la ropa y abastecían de agua. En las viviendas de otros estamentos sociales diferentes, el funcionamiento de la vida hogareña recaía en los miembros de la familia, en especial, en las mujeres de la casa.


    Pero no todos vivían en casas como tales. No es exagerado decir que las tiendas, como se llamaba a las piezas que se alquilaban, y los bohíos eran muy frecuentes en todos los núcleos urbanos. En ciudades consolidadas como Santafé de Bogotá, de los habitantes del barrio La Catedral, el más distinguido de la ciudad, según el censo de 1801 realizado durante la epidemia de viruela, el 58 por ciento vivía en tiendas y el 20 por ciento, en bohíos. El 42 por ciento de los habitantes del barrio más distinguido eran pobres, lo que significa que las fronteras de la distinción social eran difusas.

    Si en las tierras altas, como en el altiplano cundiboyacense, Los Pastos y Pamplona predominaban las casas de adobe y tapia pisada, en las tierras bajas prevalecían las casas de bahareque, con cubiertas de teja de barro o simples bohíos de precaria factura con techo de palma. Eran casas de tierra cruda, las menos con pisos de baldosas de barro cocido, y la mayoría con piso en tierra.

    Si eran más o menos cercanas a la plaza mayor, el tipo de construcción, si eran de un piso o de dos, si tenían balcón o no, eran condiciones que generaban distinciones y diferencias sociales importantes. Las formas del vestido, las labores realizadas en los días de mercado y hasta la ubicación en el templo a la hora de la misa mostraban la posición social y la función que realizaba cada uno de los individuos en esa sociedad de finales del siglo XVIII e inicios del XIX. Por eso no era raro que las clases pudientes se esforzaran al máximo para construir grandes y vistosas casas, comprar y lucir lujosos atuendos, y, en últimas, llevar a cabo una serie de comportamientos y actitudes que los diferenciaran del resto de la población.

    ciudades, iglesia, poder, sociedad, urbanismo

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