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Las huellas de la guerra

En tierras santandereanas ocurrieron los hechos más importantes de la guerra de los Mil Días, conflicto que dejó más de 30.000 muertos.

Carlos Eduardo Jaramillo C.
Sociólogo, autor del libro Los guerrilleros del novecientos.


Fotografía: Museo Nacional de Colombia

El artista Peregrino Rivera Arce

(1877-1940) hizo un álbum de dibujos, en el que plasmó la cotidianidad de sus años de combatiente liberal en los enfrentamientos librados en Santander.

La guerra de los Mil Días es, después de la de Independencia y de la violencia que aún padece el país, el periodo de confrontación armada más prolongado de la historia colombiana. Sin embargo, a pesar de que esta se extendió por casi tres años, realmente su suerte se decidió en Santander y en sus primeros siete meses. Esto porque tras la derrota de los ejércitos liberales en la batalla de Palonegro, la guerra cambio de carácter, al pasar de ser una contienda con ribetes de guerra regular a una confrontación de guerrillas por parte de los liberales.

Años antes de la guerra, Santander era un hervidero. La crisis económica y social por la que pasaba el país golpeó duramente la región, haciendo de ella una de las más beligerantes en contra del gobierno. Esto unido a la supremacía que tenía el liberalismo allí, su cercanía con Venezuela y su ubicación geográfica hicieron que los Santanderes fueran escogidos por el ala guerrerista del Partido Liberal como epicentro de la guerra.

Además, se sumaba que los liberales de la región habían apoyado en su mayoría la revolución que llevó al poder en Venezuela a Cipriano Castro en 1899. El partido, particularmente sus seguidores en este departamento, envió hombres y armas a la empresa del Gran Partido Liberal Amarillo, por lo que el agradecimiento de Castro lo comprometía con la causa liberal colombiana. Asimismo, su ubicación geográfica garantizaba un fácil y rápido desplazamiento de las tropas hacia el corazón de la república, a lo que se sumaba la extensa frontera con el río Magdalena, que de lograr dominarlo no solo sería garantía de una rápida propagación de la revolución hacia el centro y el norte del país, sino una comunicación directa con el resto del mundo.

Finalmente, la quebrada geografía santandereana hacía prácticamente imposible un uso racional de la artillería y la caballería gubernamentales, fuerzas de las que carecía el liberalismo, lo que permitiría mitigar en parte sus desventajas en este campo.

Errores fatales

En Santander se jugó la suerte de la guerra. Dos grandes batallas y dos torpes retiradas permitieron que la guerra pasara de ser pensada como una fulgurante campaña a una prolongada agonía en que las fuerzas liberales se iban extinguiendo por goteo.

Una vez comenzados los levantamientos, en octubre de 1899, a Santander llegaron voluntarios y fuerzas liberales, organizadas con anterioridad, particularmente desde Boyacá, Cundinamarca y Tolima. Lo que empezó siendo una fiesta revolucionaria pronto se convirtió en una carnicería que se prolongaría tres años.

Rafael Uribe Uribe: El líder del ala radical del Partido Liberal comandó la guerra en los Santanderes, aunque no fuera un experto militar. Esa inexperiencia, junto a la de los demás dirigentes, le causó grandes fracasos al liberalismo, entre esos la derrota en la batalla de Palonegro. Museo Nacional de Colombia

Los liberales perdieron su primer combate de importancia en Piedecuesta, el 28 de octubre de 1899. Luego, se prepararon para una nueva confrontación de mayores proporciones, que ocurrió en Bucaramanga, el 12 de noviembre. Allí, las fuerzas rojas, al mando del general Rafael Uribe Uribe, chocaron con el ejército conservador, dirigido por el general Alejandro Peña Solano, atrincherado en la ciudad. El resultado: otra derrota liberal.

Vencidos, los alzados en armas marcharon a Cúcuta, buscando la ayuda de Venezuela. Allí llegaron las fuerzas de los generales Uribe Uribe, Benjamín Herrera y Justo L. Durán, donde organizaron una fuerza para tomarse Bucaramanga. En su avance, y acorralados por 6.000 conservadores, los 3.400 liberales decidieron moverse para romper el cerco, iniciando una confrontación en cercanías del puente de la Laja, sobre el río Peralonso, el 15 de diciembre. En medio de la batalla, fue herido Benjamín Herrera, y con las municiones por terminarse y a punto de una nueva derrota, Uribe Uribe intentó una acción desesperada: pasó el puente con un puñado de liberales, tomando por sorpresa a las fuerzas conservadoras, que entraron en pánico y salieron en desbandada. El triunfo liberal fue total.

Desde ese día hasta hoy, mucha tinta ha corrido para tratar de explicar esta victoria a todas luces inexplicable: “Que el gobierno quería prolongar la guerra, que existió un telegrama que ordenaba a los conservadores retirarse a Pamplona y dejar pasar la revolución, que días antes los conservadores se habían dejado coger varias mulas cargadas con munición para que los liberales pudieran iniciar el combate…”. Cualquiera sea la verdad, lo cierto es que los liberales salieron victoriosos y con más pertrechos, armamento y municiones del que habían podido soñar en toda la guerra.

Justo cuando el combate estaba terminando, llegó el generalísimo Gabriel Vargas Santos para cobrarse una victoria, que no era suya, y para tomar el mando liberal. Su primera decisión y gran error fue impedir la persecución de los derrotados y la continuación de la ofensiva, que había podido llevar a los liberales a las cercanías de Bogotá, dejando así pasar la única y real oportunidad que tuvieron de ganar la guerra.

Como normalmente un error conlleva otro, Vargas Santos decidió retirarse a Cúcuta, a esperar un cargamento de armas que pronto les llegaría de Venezuela. Allí, el formidable ejército liberal, que logró reunir 10.000 hombres, empezó a languidecer en el sopor de la ciudad y las enfermedades, mientras que Vargas Santos, con título de presidente provisorio de la república, imprimió su propia moneda, creó impuestos y ordenó las rentas. Así pasaron cuatro largos meses en que los conservadores, repuestos de la derrota, se prepararon, bajo el mando del general Manuel Casabianca, quien llevó a sus tropas casi a cercar a los liberales.

Después de dos victorias en cercanías de Cúcuta, los liberales marcharon hacia el centro del país. El 11 de mayo de 1900 llegaron cerca de Bucaramanga, donde las avanzadas conservadoras estaban apertrechadas en las estribaciones de la llamada cordillera de Canta. Así se inició una batalla de posiciones y de desgaste, con un despliegue de valor y saña que pronto cubrió de cuerpos mutilados e insepultos los 26 kilómetros del frente. Entre avances y retrocesos de ambas partes se combatió día y noche, hasta el 26 de mayo. Vargas Santos se rehusó a hacer un ataque masivo y se aferró a una táctica de desgaste de la que no tenía como salir victorioso. El general Próspero Pinzón hizo lo mismo, sabiendo que tenía con qué aguantar.

En esa batalla, los dos generales compitieron en su torpeza táctica haciendo de este combate una prolongada agonía que al final ganaron los conservadores, quienes tenían la mejor logística y más hombres en el campo. El 26 de mayo, después de 15 días de diario combatir, sin hombres y sin fuerzas físicas, el general Vargas Santos dio la orden de retirada hacia Cúcuta.

Para evitar que en un futuro los liberales pudieran armar una nueva rebelión, el gobierno conservador dividió al Gran Santander.

Si la orden de retirada hacia Cúcuta, meses antes tras la aplastante victoria de Peralonso, desvió al liberalismo del camino de la victoria mayor, la segunda retirada lo condenó definitivamente a perder la guerra. El haber escogido la vía de Torcoroma y su travesía por las selvas del Carare y el Opón, para su huida, fue el puntillazo final. Las fieras y las alimañas, el clima, las enfermedades y las plagas, lejos de los campos sembrados y cerca del infierno, llevaron a que los liberales convirtieran esta ruta en un cementerio de hombres, pertrechos y esperanzas. Allí, lo que restaba del gran ejército de Santander terminó derrotándose a sí mismo. Luego de este gran fracaso, los jefes liberales se desparramaron por Colombia, ya no para ganar la guerra, sino para buscar una paz honorable.

En Santander, en los primeros siete meses, el liberalismo perdió la guerra. Y si bien por allí no volvieron a marchar grandes ejércitos, las guerrillas tapizaron su geografía y la llenaron de sangre y de miseria. Este departamento, rico y promisorio, lleno de valientes, terminó siendo uno de los alambiques en los que se continuó destilando por tres años el jugo amargo de la guerra.

Al final, la guerra de los Mil Días puso al país al borde del abismo, facilitó la separación de Panamá y multiplicó la división política interna; adicionalmente, favoreció la división del gran Santander para evitar, en un futuro, que los liberales pudieran armar una nueva guerra y usar este territorio como centro de operaciones. La derrota también posibilitó el ascenso del conservatismo en buena parte de esta región.

Vea también: Mil días que marcaron un siglo

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