Río, luego pienso

Durante casi toda la República, los caricaturistas ofrecieron a los colombianos una forma divertida de reflexionar sobre el acontecer político, a veces tan trágico.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Archivo Semana / Antonio Caballero

Detalle de caricatura de Chapete. 1960. Museo Nacional de Colombia.

Dicen algunos que desde que el artista José María Espinosa, en su celda en Popayán en 1816, retrató con gracia a Laureano Gruesso, su déspota carcelero realista, surgió la caricatura en Colombia. Un género que ofreció a los granadinos, primero, y a los colombianos, después, un recurso para mirar de una manera jocosa, pero crítica, la realidad de su vivir cotidiano, a veces tan duro.

Más allá del antecedente del ‘heroico’ dibujo de Espinosa, que nunca se publicó, el grabado anónimo Las nuevas Aleluyas de 1828, que mostró a su manera la lucha entre los partidarios de Bolívar y de Santander durante la Convención de Ocaña, fue la primera caricatura política de Colombia. En la década de 1830, Carlos Casar Molina, quien había llegado al país contratado por Francisco Antonio Zea como impresor del gobierno, publicó caricaturas políticas en Bogotá y Cartagena, casi todas contra Francisco de Paula Santander y José María Obando. Desde ese momento y hasta bien entrado el siglo XX, la caricatura giraría sobre cuatro tópicos: las pugnas partidistas por el poder, la figura del Presidente de la República, la religión católica y los símbolos patrios.

La historia de este género en el siglo XIX, como ha advertido la pintora e historiadora Beatriz González, estuvo ligada al desarrollo de la técnica. Con la aparición de nuevas imprentas y periódicos, empezó a tener más fuerza, e incluso reconocidos artistas, como José Manuel Groot, Ramón Torres Méndez y Justo Pastor Lozada, incursionaron en ella. Temas como el enfrentamiento entre liberales y conservadores, el fin de 12 años de hegemonía conservadora, el triunfo de los radicales, la conformación de una fuerza política de artesanos, las guerras civiles o los debates sobre las nuevas constituciones daban la oportunidad perfecta para criticar y ridiculizar.

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El Alcanfor
El día (1840-1951) - Caricatura Política
La Jeringa (1849) - Caricatura Política
La Guillotina
El Zancudo
Mefistofeles
Nuevas aleluyas
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  • El Alcanfor

    Trazo fino

    La caricatura iba de la mano de los avances de las técnicas de impresión. El Alcanfor (1877), de José Manuel Lleras, contrató al litógrafo Carlos Dorheim.

  • El día (1840-1951) - Caricatura Política

    El día (1840-1951) - Caricatura Política

    Periódicos como El Día (1840-1951) o La Jeringa (1849) no se resistieron a la tentación de incluir caricaturas políticas, como estas, en la que los liberales se defienden de las ironías conservadoras tras el triunfo de José Hilario López.

    El último Boabdil. Caricatura por RUMP. El Zancudo, 1 de junio de 1890.

  • La Jeringa (1849) - Caricatura Política

    Caricatura Política

    Periódicos como El Día (1840-1951) o La Jeringa (1849) no se resistieron a la tentación de incluir caricaturas políticas, como estas, en la que los liberales se defienden de las ironías conservadoras tras el triunfo de José Hilario López.

    La Jeringa Bogotá, diciembre 16 de 1849. Biblioteca Luis Ángel Arango.

  • La Guillotina

    Los Herederos

    Siguiendo la tradición, en el siglo XX aparecieron publicaciones como Bogotá Cómico (1917-1919), Semana Cómica (1920-1925), Fantoches (1926-1932) y La Guillotina (1934).

    El mono sabe en qué palo trepa. Pepe Gómez. La Guillotina, 27 de julio

  • El Zancudo

    Crítica aguda

    Una de las plumas más punzantes contra la Regeneración fue Greñas, quien por esto fue desterrado del país. Autorretrato en El Zancudo (1890-1891).

    Autorretrato. Alfredo Greñas. El Zancudo, septiembre 6 de 1891. Biblioteca Luis Ángel Arango.

  • Mefistofeles

    Gran maestro

    En la escuela de Alberto Urdaneta se formaron caricaturistas finos y agudos como Darío Gaitán de Mefistófeles (1897-1905), Greñas y José Ariosto Prieto

    Independencia de Panamá. Mefistófeles, marzo 3 de 1904.

  • Nuevas aleluyas

    Nuevas aleluyas

    Esta caricatura, que escatológicamente muestra el uso de la lavativa para criticar las luchas entre Bolívar y Santander durante la Convención de Ocaña, es considerada la primera caricatura política del país.

    Nuevas Aleluyas, Anónimo. 1829. Biblioteca Nacional de Colombia.

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A finales del siglo XIX ya estaba claro que la caricatura era un arma que se podía esgrimir tanto en las guerras civiles o como en tiempos de paz. Periódicos como El Alcanfor (1877), de José Manuel Lleras; El Mochuelo (1877), de Alberto Urdaneta; El Amolador (1878), de Lázaro Escobar; El Fígaro (1882), del venezolano Salvador Presas y particularmente El Loco (1890), El Zancudo (1890-91) y El Barbero (1892), entre otros, dejaron claro que muchas veces era más demoledora una imagen satírica que una bala.
Uno de los mayores exponentes de la caricatura en el siglo XIX fue Alberto Urdaneta, quien se enfocó en el radicalismo liberal, especialmente del gobierno de Aquileo Parra.
Urdaneta fundó una escuela de grabado, a la que llegarían caricaturistas como José Ariosto Prieto de El Mago (1891-92), Darío Gaitán de Mefistófeles (1897-1905) y Alfredo Greñas, quien trabajaría en El Zancudo y otros diarios. La lucha contra la censura de prensa y los excesos de poder de La Regeneración hicieron que Rafael Núñez, Caro, Reyes y Marroquín sufrieran cada semana el impacto de las inclementes ilustraciones. Greñas fue tal vez el único caricaturista sometido al destierro, debido a un dibujo que hizo saltar la ira de Rafael Núñez.

El comienzo de siglo fue recibido con un sinnúmero de publicaciones anónimas y regionales. En Bucaramanga, Cartagena, Manizales y Medellín se animaron a estampar caricaturas políticas. Los autores fustigaban el oportunismo de los Estados Unidos, la traición de Panamá y la incompetencia del presidente José Manuel Marroquín, al que se le atribuyó haber sido incapaz de evitar que el istmo se separara.

Terminada la primera década de esa centuria, aparecieron publicaciones periódicas dedicadas al humor que ofrecieron un espacio único para dibujantes inconformes. Desde 1909, impresos como Zig-Zag, Moscardón, El Trueno, La Revista Cómica, El Clarín, El Lábaro y Don Quijote dedicaron sus páginas a ridiculizar al dictador Reyes y su gobierno represivo, y llegado el momento celebraron con algarabía su renuncia. El general hizo las delicias de caricaturistas que usaban seudónimos para no ser víctimas de la ira real del Chacal o del Banano, motes con los que se referían al Presidente, los mismos con los que la sociedad de entonces se refería a su gobernante.

Estos feroces críticos reflejaban el sentimiento antiimperialista que entonces los medios profesaban ante el Tío Sam; despuntado el segundo decenio del siglo XX, los autores de las principales caricaturas eran estudiantes o egresados de la Escuela de Bellas Artes: Moreno Otero, Leudo, González Camargo, Gómez Leal y Pepe Gómez, quienes se vincularon a publicaciones como El Gráfico, Cromos, Sansón Carrasco y Bogotá Cómico.

La figura de Pepe Gómez (José María Gómez Castro) comenzó a sobresalir por sus creaciones y sus firmas (Lápiz, Mickey Mouse, entre otros) aparecían en varias publicaciones que lo buscaban por su trazo y sus agudos cuestionamientos, como crítico de una sociedad capitalina que parecía adormilada y de una ciudad que carecía de casi todo.

La Hegemonía Conservadora permitió brillar a Ricardo Rendón, quien a su paso por los principales diarios de la capital hizo de su lápiz un arma temible. Desde la perspectiva liberal apuntó siempre a las trincheras conservadoras y a la Iglesia por cultivar la mojigatería y participar con frecuencia y de manera indebida en política. La revista Fantoches, que contó con la participación de Rendón, Pepe Gómez, Lisandro Serrano, Adolfo Samper, Jauncé, Scandroglio y Jorge Hernández Posada, denunciaba a los políticos colombianos que se vendían a los capitales de las empresas petroleras norteamericanas.

Desde El Tiempo, Rendón arreciaba sus críticas contra el Estado, primero por la masacre de las bananeras y luego por las actuaciones de ministros como Ignacio Rengifo y Arturo Hernández. Rendón señaló con mayor ahínco que cualquiera los defectos de un gobierno ya desprestigiado como el de Miguel Abadía Méndez, hasta el punto que por la época se afirmaba que fue Rendón quien tumbó dicho gobierno a punta de dibujos, y se llevó junto con él la Hegemonía Conservadora.

La década de 1930 sería el marco para La Guillotina, revista de humor gráfico que ocupó sus páginas para cuestionar los sucesos de la guerra con el Perú y para atacar al liberalismo. De otra parte, desde Anacleto, El País y El Siglo, Pepe Gómez lanzaba dardos a los liberales, especialmente contra el gobierno de Alfonso López Pumarejo, a los que respondía desde El Espectador, con estilo y gracia, Alberto Arango, que plasmaba en sus trabajos, con la perspectiva liberal, las facetas de lo que serían las reformas de 1936.

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Osuna
Ricardo Rendón
Gaitán
Hernán Merino
J. Linares
Vladdo
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  • Osuna

    Trazo único

    Tras Rendón y Pepe Gómez, Osuna se convirtió en el heredero de la caricatura y la crítica política.

    Tirofijo estuvo como ausente. Silla Vacia.

  • Ricardo Rendón

    El puñal ilustrado

    Ricardo Rendón abrió la época dorada de la caricatura con su poderosa mirada al poder.

    Archivo Semana

  • Gaitán

    El Mago

    Una de las ilustraciones más completas, por los elementos que involucra y la calidad del dibujo es esta sobre La Regeneración aparecida en El Mago en 1898.

    El monstruo, la Regeneración. Darío Gaitán. El Mago, marzo 27 de 1898. Biblioteca Luis Ángel Arango.

  • Hernán Merino

    Nueva bandera

    Tras la dictadura, los caricaturistas pudieron dar su mirada crítica al papel del general Gustavo Rojas y la Anapo.

    Nueva Bandera. Hernán Merino. 1969. Colección del Banco de la República.

  • J. Linares

    Otro humor

    Pese a que el dibujo ha tendido a desaparecer de los medios impresos, algunos han logrado mantenerse, incluso haciendo humor del humor.

    Jaime Garzón, la gracia de un irreverente. El Tiempo, revista Elenco, julio 29 de 1993. Colección particular.

  • Vladdo

    Sello propio

    El humor ácido y su crítica mordaz han hecho de Vladdo un referente de la caricatura moderna del país.

    Archivo Semana

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  • Vladdo

Arango, quien fue catalogado por muchos como el sucesor de Rendón, afiló sus plumillas contra “el monstruo”, término que empleó para referirse a Laureano Gómez, de quien decía que manejaba el Congreso a su antojo. También dirigió sus caricaturas contra Los Leopardos, grupo de intelectuales de extrema derecha que promovían ideas fascistas.

Comenzada la época de la Violencia en Colombia y debido a los controles estatales, se volvió complejo continuar con el enfrentamiento satírico entre las fuerzas políticas. Por esa razón la caricatura giró hacia una especie de costumbrismo para reflejar la sociedad a través de personajes anónimos. Este fue el parapeto de Adolfo Samper, contradictor de las medidas contra la libertad de prensa, tomadas cuando el conservatismo regresó al poder en 1946 con Mariano Ospina Pérez. Con Don Amacise, Misia Escopeta, Así somos y Música, comenzó el género de la historieta en el país, que le permitió saltar a la palestra a un nuevo grupo de caricaturistas como Hernando Turriago Riaño (Chapete), Hernán Merino y Carlos López Ruiz.

Con la dictadura de Rojas Pinilla, el espacio de la caricatura política se restringió casi al mínimo, salvo figuras como Merino y Chapete. Por lo mismo, otros temas ocuparon los lápices y mesas de dibujo, en especial aquellos que se presentaban fuera de las fronteras nacionales.

Algunos caricaturistas extranjeros como Peter Aldor y el español Antonio Mingote, cuyos trabajos se inscriben en la representación del momento político de Europa y América Latina, trabajaron en El Tiempo, El Intermedio y El Espectador, y le dieron un bálsamo a la caricatura colombiana tan maltrecha por los brazos de la represión.

La caída de ‘Gurropín’ fue motivo de fiesta en la prensa en general. Con el inicio del Frente Nacional, la caricatura recobró nuevos bríos; las figuras de Merino, Héctor Osuna y José María López (Pepón) hacían de la política internacional y de los sucesos locales elementos de crítica constante. Estos fueron los padres de la caricatura moderna en Colombia.

Hoy, casi dos siglos después del dibujo de Espinosa, los propios Osuna y Pepón, junto con Vladdo, Chócolo, Papeto, Matador, Mico, Beto, Nieves, Jarape, Garzón, Bacteria, Magola, Ricky y otros siguen, con su talento y sus dibujos irreverentes, haciendo reflexionar a la opinión pública, entre el rechazo de los afectados de turno y la risa de la mayoría.

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