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Soy mujer y me hago sentir

El voto femenino marcó el fin de una larga lucha de las mujeres por ser reconocidas como ciudadanas, pero el comienzo de otro camino por la igualdad.

Por Editorial
Bicentenario


Fotografía: Voto de la mujer. Manuel H. Rodríguez.

Educación para las mujeres

Poco a poco la mujer fue incursionando en campos como la educación, gracias a la reorganización de las escuelas normales y a que se autorizó su ingreso a las universidades en la década de 1930.

El primero de diciembre de 1957 fue una fecha histórica para Colombia. Ese día no solo se aprobaron los acuerdos para crear el Frente Nacional, sino que por primera vez en la historia del país las mujeres acudieron a las urnas a ejercer su derecho al voto. Culminaba así un largo proceso de lucha por el reconocimiento de sus derechos civiles y políticos, y se abría una nueva oportunidad de participación y reivindicación de su papel en la sociedad. Sin embargo, para llegar a este día fue necesario un largo proceso.

La moral cristiana y la estricta educación que recibieron las mujeres del siglo XIX las sujetó a la devoción de su esposo y de sus hijos, a la cocina y a las labores hogareñas. Esa era la norma, aunque muchas otras vivían al margen de las reglas de la sociedad, como madres solteras o en relaciones poco aceptadas para el momento.

Los cambios políticos y económicos ocurridos en los primeros años del siglo XX transformaron el modelo familiar en Colombia y el papel de la mujer en la sociedad. Con la Guerra de los Mil Días (1899-1902), gran cantidad de familias se desplazaron del campo hacia las ciudades en busca de nuevas formas de subsistencia –como empleados domésticos u obreros–, gracias a que comenzaba el proceso de industrialización. Estas circunstancias permitieron que la mujer se vinculara al mundo laboral en busca de mejores condiciones económicas para ella y su familia, pese a los bajos salarios y las largas jornadas.

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Voto

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Archivo particular

Voto femenino

Voto femenino

Efraín García “Egar”. 1957.

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Indígenas de la comarca colombiana de la Campaña acuden a votar en las elecciones para elegir al nuevo gobernador del departamento de Guambra. 1966. desconocido. EFE.

Voto de la mujer

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Manuel H. Rodríguez.

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    Voto femenino. Efraín García “Egar”. 1957.

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    Indígenas de la comarca colombiana de la Campaña acuden a votar en las elecciones para elegir al nuevo gobernador del departamento de Guambra. 1966. desconocido. EFE.

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    Voto de la mujer. Manuel H. Rodríguez.

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Participación sin representación

Aunque desde 1957 las mujeres pudieron votar, sus posibilidades de representación eran escasas, ya que muy pocas eran incluidas en las listas para las corporaciones públicas o nombradas por el gobierno para instituciones del Estado.
En la educación, las reformas de 1903 favorecieron la libre enseñanza en todos los niveles escolares, aunque por razones económicas las mujeres siguieron excluidas del ambiente escolar. Esta libertad educativa se limitó en 1928, cuando se crearon escuelas domésticas en todo el territorio nacional para enseñar a las mujeres oficios considerados ‘propios de su sexo’, tales como la cocina, los tejidos y algunas labores caseras.

Hitos de la participación femenina

Primera universitaria. Paulina Beregoff, de nacionalidad rusa. Graduada en Medicina y Ciencias Biológicas en la Universidad de Cartagena (1925).
Primera universitaria colombiana. Gerda Westendorp Restrepo. Ingresó a Medicina en la Universidad Nacional de Colombia (1935).
Primera abogada y magistrada. Rosita Rojas Castro, doctora en Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Externado de Colombia (1942). Nombrada juez tercero del Circuito Penal de Bogotá (1943).
Primeras cédulas femeninas. Carola Correa y María Eugenia Rojas, esposa e hija del general Gustavo Rojas Pinilla (1954).

Cédula de Doña Carola Correa de Rojas. Registraduría Nacional del Estado Civil

Primera gobernadora. Josefina Valencia de Hubach. Departamento del Cauca (1955-1956).
Primera ministra. Josefina Valencia de Hubach. Ministerio de Educación (1956-1957). (Foto)
Primera senadora. Esmeralda Arboleda. Partido Liberal (1958).

Primera mujer en el gabinete. Sady González.

Por otra parte, las mujeres participaron activamente en las protestas y huelgas que exigían mejores condiciones laborales y jornadas de ocho horas. Gracias a estas experiencias, ellas conformaron organizaciones exclusivamente femeninas, como el Sindicato Nacional de Obreras de la Aguja, en 1917, la Sociedad de Obreros y Artesanos de Montería y la Sociedad de Obreras Rendición de la Mujer. Todas estas instituciones fueron creadas para concientizar a otras agrupaciones gremiales de la condición social y política de la mujer.

En este contexto, los cambios sociales y políticos impulsados por las asociaciones y organizaciones sindicales femeninas fueron también promovidos mediante conferencias, artículos de prensa y revistas, manifiestos, discursos y programas radiales que un grupo de mujeres usaron para difundir sus puntos de vista y lograr la aceptación popular. Revistas en todo el país como Mujer, dirigida por Soledad Acosta de Samper; Cyrano, cofundada por María Cano; Hogar, dirigida por Ilba Camacho, y el periódico Heraldo Femenino, dirigido por Marzia Lusignan, presentaban artículos que reivindicaban la igualdad de derechos y de oportunidades políticas sin distingo de clase o sexo.

Una de las principales reivindicaciones era el derecho a elegir y ser elegidas, ya que la posibilidad de votar estaba prohibida para las mujeres por la Constitución de 1886, la cual otorgó la ciudadanía exclusivamente a los varones mayores de 21 años que ejercieran profesión, arte u oficio. En 1922, año de elecciones presidenciales, las mujeres participaron en las campañas políticas, como lo hacían desde mucho tiempo antes, a través de discursos públicos. En ese mismo año, gracias al espacio político alcanzado por las mujeres y a la presión de entidades internacionales como la Organización Internacional del Trabajo, se introdujeron modificaciones en el Congreso sobre el derecho civil, con las cuales la mujer pudo empezar a administrar libremente sus bienes de uso personal, y no en ‘potestad marital’, como sucedía en décadas anteriores.

Luego, en 1929, se celebró en Bogotá el IV Congreso Internacional Femenino, en el cual participó como delegada colombiana Ofelia Uribe de Acosta. En esta reunión se discutió el papel de la mujer en el sistema educativo, en la medicina, en el matrimonio y en la historia. Además, se aprobó una comisión para presionar a la Cámara de Representantes y al Senado de la República para que aprobaran el proyecto de Régimen de Capitulaciones Matrimoniales, que había sido presentado por Ofelia Uribe. Este proyecto buscaba la total despersonalización de la mujer frente al matrimonio, el reconocimiento de sus derechos civiles y políticos y, posteriormente, la aprobación del matrimonio civil y la reforma del Concordato.

Los debates entre los parlamentarios y las mujeres, desde las barras del Congreso, crecieron con los días y desembocaron en acaloradas discusiones. Las opiniones se dividieron no solo entre los manifestantes, sino también entre el gobierno: mientras que unos abogaban por incluir a la mujer en la vida pública del país, otros denunciaban el fin de las virtudes y de las buenas costumbres. Así, se logró la aprobación de la Ley 83 de 1931, que autorizó que la mujer recibiera el pago de su trabajo directamente, esto es, sin necesidad de un representante legal. Luego siguieron llegando memoriales firmados por mujeres de Bogotá, Neiva y Manizales, hasta que la Ley 28 de 1933 concedió parcialmente a la mujer la administración de sus bienes.

Gracias a su movilización en el Congreso de la República, las mujeres consiguieron también la posibilidad de terminar el bachillerato y de acceder a la universidad. Entre 1934 y 1944, el Ministerio de Educación fundó universidades exclusivamente femeninas con el objetivo de profesionalizar a las mujeres en campos considerados propios de su condición, como la enfermería. Una excepción fue la Universidad Nacional de Colombia, primera en aceptar mujeres para todos sus programas. En 1935 Gerda Westendorp fue la primera mujer en ser admitida en la carrera de Medicina y, un año más tarde, Gabriela Peláez ingresó a la carrera de Derecho. Sin embargo, pese a este avance, muchas de las bachilleres recién graduadas eran presionadas para volver a su hogar, lo que dejaba en la práctica el desarrollo profesional a los hombres.

En 1944, organizaciones como la Unión Femenina de Colombia, fundada por Rosa María Moreno e Hilda Carriazo, y la Alianza Femenina de Colombia, dirigida por Lucila Rubio, solicitaron de nuevo el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Los medios escritos y algunos representantes de la Cámara y del Senado se opusieron, con el argumento de que eso significaría la ruina moral de la sociedad y la destrucción de los valores y de la vida familiar. La reforma constitucional de 1945 le concedió la ciudadanía a la mujer, pero le reservó el derecho del sufragio y la posibilidad de ser elegidos solo a los hombres.

De nuevo, las mujeres continuaron con su lucha en un movimiento sin distingos de clase social, y siguieron con estrategias como las cartas, los manifiestos, las intervenciones desde las barras del Congreso, los escritos en la prensa y los programas de radio. Sin embargo, fue durante la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957) cuando comenzó la participación de las mujeres en el poder. Esmeralda Arboleda y Josefina Valencia fueron nombradas en la Asamblea Nacional Constituyente, y desde allí, junto con el apoyo y la participación de otras mujeres como Bertha Hernández de Ospina y María Currea de Aya, se logró la aprobación del Acto Legislativo N.° 3 de 1954, que le concedió a la mujer el derecho al voto y a ser elegida.

Ya que no se realizaron elecciones durante la dictadura, tan solo hasta el primero de diciembre de 1957, en el plebiscito que aprobó el pacto del Frente Nacional, las mujeres en Colombia pudieron ejercer por primera vez su derecho al voto. A partir de ese momento aumentó su participación en los debates electorales, su presencia en cargos administrativos o políticos y su intervención directa en la toma de decisiones en las siguientes décadas.

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