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Una casa, muchas vidas

Tras su destrucción en 1552, Cartagena empezó a tomar aspecto de ciudad gracias al uso de materiales resistentes y al trabajo de indígenas, esclavizados y artesanos.

Por Monika Therrien
Antropóloga, magíster en Historia, profesora de la Universidad Javeriana.


Fotografía: Cartagena de Indias, Turbaco y Arjona, Francisco Angulo Guerra, Fundación Universidad Jorge Tadeo Lozano, 2008.

Casa esquinera

Frente a la ausencia de arcilla cerca de Cartagena los materiales eran traídos de Mompox. Incluso las tejas eran trasladadas de otras ciudades del Caribe como lastre de los barcos.

El voraz incendio de 1552 que arrasó prácticamente con todos los bohíos pajizos de Cartagena de Indias, casi veinte años después de su fundación, quizás haya sido el detonante principal para convencer a los habitantes de la necesidad de edificar sus casas en materiales duraderos. Una decisión no tan fácil si se consideran las condiciones en las cuales se erigió el poblado: una isla de arena coralina, tupida de manglares y sin ríos o quebradas que la surtieran de agua consumible. Los nativos que allí vivían al momento de la conquista habían sorteado estas dificultades con viviendas hechas en un entramado de cañas verticales y horizontales recubierto de barro y rematado con una techumbre de palma, un sistema constructivo fresco y de bajo costo.

Estas casas de bahareque y también las de madera o tablazón, basadas espacialmente en el modelo básico del rectángulo usado en Europa, fueron del todo favorables para aquellos colonos que aún no se hacían a la idea de permanecer en suelo cartagenero o americano. Fue así como el poblado fue paulatinamente tomando forma de asentamiento urbano con el trabajo de los indígenas, quienes en sus canoas traían los materiales de caña, palma y madera de islas vecinas como Barú y, con su mano de obra, construyeron una a una las casas de sus conquistadores.

Reconstruida: Tras un voraz incendio, sus habitantes decidieron construir las nuevas casas en materiales durables, lo que selló el nacimiento de Cartagena.

Estas edificaciones sencillas, de un piso y sin mayores divisiones en su interior, se erigían en medio de una ciudad de baja densidad, pero con problemas, como las de sus calles de arena donde los habitantes botaban la basura, las vacas transitaban sin control, y la maleza invadía todos sus rincones, o la falta de agua, que obligó a construir pozos y jagüeyes para surtir a la población de tan necesario líquido.

Heredero afortunado

“El cura de la iglesia de la Santísima Trinidad fue el afortunado heredero de un vecino fallecido en Cartagena de Indias en 1706, pues le legó una casa alta de piedra, madera y teja en la calle del cuartel, donde había vivido con su esposa e hijos. En vida ocupó el segundo piso donde además de su dormitorio, la sala y el estrado de la esposa, tenía una biblioteca con libros de temas religiosos, pinturas y objetos de plata. Detrás, en la cocina, la servidumbre compuesta por esclavos de casta congo y arara, los criollos zambos y mulatos, y los negros de palenque, se encargaba de alimentar con leña los fogones, preparar los pescados atrapados por los indígenas y sacar el agua del aljibe para el aseo de los trastos provenientes de la locería de los jesuitas. En el traspatio otros hacían labores de carpintería y ebanistería, además de atender la huerta con sus plantas y frutales o las caballerizas. En el primer piso funcionaban las tiendas, a las que solo se podía entrar por la calle para comprar zapatos, platería o las telas traídas por un mercader español, quien vendía paños de Bretaña, angaripolas de Barcelona, sedas de Génova y fajas, pañuelos, cintas, medias, encajes, entre otras”.
Final de la calle Real, 1910. Lente de la Nostalgia II, Dorothy Johnson de Espinosa, Fundación Fototeca Histórica de Cartagena, Banco de la República, 2006.

La labor de construir en materiales resistentes al fuego, la humedad, la lluvia o a los ataques de los piratas, dependía de encontrar depósitos naturales de piedras. Las casas se hicieron de diferentes materiales. Al estar el poblado en un entorno marítimo en el que abundaban las de formación coralina, un elemento no muy sólido, se requería el refuerzo de ladrillos y maderas finas, de las que existían varias especies. Terminada la estructura, esta se coronaba con tejas. Para fabricar ladrillos y tejas se necesitaba de buena arcilla, la que no era tan fácil de conseguir en las inmediaciones de Cartagena. Se traían de sitios lejanos como Mompox o incluso en las embarcaciones que navegaban por el mar, pues servían de lastre en las naves. Así mismo, los ladrillos y tejas junto con la cal, que mezclada con arena servía como pega de los materiales, requerían de hornos para cocerlos. Varios de ellos fueron levantados en las islas de Tierra Bomba y de Barú, operados por los africanos esclavizados.

El uso de estos materiales transformó la estructura y espacialidad de las casas y con ellas de la imagen de ciudad. La piedra, el ladrillo y la madera hicieron real la idea de echar raíces. El poblado pajizo dejó de ser un sitio de aspecto transitorio y deslucido, y condujo a aumentar la preocupación por mantener y proteger la emergente ciudad-puerto. Pero también se empezaron a hacer distintivas unas casas de otras, lo que diferenciaba así también una familia de otra: las de los encomenderos descendientes de los conquistadores; de los escribanos, médicos, barberos, boticarios, plateros, herreros, sastres, zapateros, entre otros. Con esos materiales resistentes se pudieron construir casas de dos y tres pisos, ampliar y modificar sus espacios según los gustos y necesidades de sus moradores, engalanar sus fachadas con ventanas y balcones volados a la manera que se lucían en España. De igual manera adornar sus interiores con azulejos y pinturas murales, estos últimos de cuidadosa factura representativos de motivos religiosos y mundanos, y de las embarcaciones que daban cuenta de la condición de puerto de la ciudad.

Incluso, en algunos casos, permitieron construir un aljibe propio para almacenar las aguas lluvias. Todo ello fue posible por la presencia de albañiles y canteros expertos en el trabajo en piedra, oficios que en su mayoría dominaban los inmigrantes españoles. También se requería de diestros carpinteros, tejeros y caleros, trabajos artesanales que fueron aprendidos o perfeccionados por los esclavos y horros traídos de África y, en menor número, por los indígenas.

El panorama, al entrar a la ciudad en cualquier momento de la época colonial reflejaría esa variedad de casas, desde aquellas pajizas o de tablas bajas hasta las altas de materiales nobles, que coexistían unas al lado de otras y consolidaban nuevas áreas urbanas, como Getsemaní. Bajo estas condiciones se pusieron en marcha otras dinámicas que contribuyeron al cambio. Construir un segundo o tercer piso posibilitó a algunos vecinos poseer “casas altas”, es decir, ser propietario de dichos pisos, del resto del solar y sus huertas, mientras que el primer piso se destinaba para tiendas, las cuales se conformaban de un espacio cerrado al cual su propietario o arrendatario solo se tenía acceso por la calle. Frecuentemente, estas tiendas también funcionaban como sitio de habitación, divididas en dos, hacia la calle para la venta al público y la parte posterior como dormitorio.

Arquitectura social: Las casas, de acuerdo con su ubicación, materiales y belleza, eran un claro diferenciador de clase social.

Aunque las casas aparentaban ser muy distintas, la forma del rectángulo básico fue común. En Cartagena de Indias, fue siempre suficientemente amplio y generoso en altura, acorde con las medidas de las maderas que lo hacían posible, lo que procuraba así al lugar un ambiente fresco. Internamente este rectángulo podía ser subdividido por tabiques para dar lugar a distintos espacios, el de la sala, el dormitorio y el zaguán, y al agregarse otros más, dispuestos de forma perpendicular y paralela, resultaban nuevas áreas como el patio claustrado, organizado con arcos, tras del cual se ubicaban la cocina, la despensa, los depósitos y el de la servidumbre junto al traspatio, al cual seguía la huerta.

Plano de una casa
Pese a que muchas casas en Cartagena eran de dos pisos, las más comunes durante la Colonia fueron de una planta, como se muestra este plano de construcción del año 1800.

Las casas de dos y tres pisos tendrían algunas variaciones que incluirían el vestíbulo, la escalera, un ‘tinajero’ donde se almacenaba el agua fresca y los corredores de acceso a los dormitorios, hasta un mirador en lo más alto de ellas. Sobre esta base de construcción también se fueron subdividiendo los solares y casas; los que en un principio contaron con sus huertas y corral, terminaban por ocupar lo mínimo indispensable en el proceso por el cual se densificaron las cuadras y los centros de manzana.

Pero la casa no solo era estructura, espacio e imagen. También se conformaba por quienes la habitaban, unidos por lazos de parentesco, alianza, sujeción y negocios. Generalmente estaba compuesta por una familia de padres e hijos, pero también podía morar en ella una tía viuda, un primo o un conocido en tránsito. La servidumbre se componía de los esclavos que demandaba un lugar de habitación, así como corral y huertas. En algunos casos había indígenas, para lo cual se estipulaba que estas debían ser solteras, trabajar de a dos y por un término de hasta dos años a riesgo de que terminaran casándose en la ciudad. Así mismo, llegaban a la casa los aguadores que surtían de agua fresca, los indígenas que ofrecían lo obtenido de la caza y pesca, o los libertos que vendían frutas y dulces. En los distintos espacios de la casa se definían las jerarquías de cada uno de sus miembros, si se podía o no entrar, si se permitía tal o cual actividad, y el papel que le correspondía a cada uno desarrollar dentro de esa estructura, si era hombre o mujer, joven o adulto, esclavo o sirviente. Los ropajes y el menaje doméstico de todos estos miembros fueron los elementos complementarios que reafirmaron el orden social de la casa y reflejaron también
el de la ciudad.

Casa en la calle del estanco de Tabaco.

El uso de arcos y marcos tallados en piedra en las puertas de la casa era símbolo de riqueza y prestigio social. Cartagena de Indias, Turbaco y Arjona, Francisco Angulo Guerra, Fundación Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, 2008.


 

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